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martes, 5 de junio de 2007

¿Qué tal si probamos con escribir?, por Alejandra Levrand

Alejandra Levrand es Profesora de Enseñanza Primaria y Preescolar, egresada del Instituto “María Grande”, actual estudiante avanzada del Profesorado de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, ejerce como docente desde hace cinco años luego de haber trabajado un importante período de tiempo en diversos jardines de Infantes. Se desempeña como docente en 6to. año (Segundo Ciclo) de la Escuela Normal Superior “José María Torres” de Paraná, en la cual tengo el gusto de ser su colega, además de ser su orgullosa ex profesora, ya que acompañé el desarrollo de sus excelentes cualidades para la educación cuando fuera mi alumna tres años consecutivos en el Instituto. La labor que realiza como docente es increíble. El esmero, el empeño, la preocupación, el cuestionamiento permanente, el deseo de seguir aprendiendo y la humildad de creer sinceramente que siempre es poco lo que hace, son elementos que logran que sea un placer trabajar con ella y compartir a su lado nuevos proyectos; además de la indudable pequeña vanidad de pensar que tal vez una huellita he dejado en mi hacer de profe de Lengua. Quisiera que cada alumno egresado del Instituto como ella fuese capaz de volver a preguntar, a proponer, a cuestionar, a pedir ayuda, a exigirme seguir colaborando en su formación. Me da mucho gusto presentar a continuación un escrito de su autoría elaborado para fundamentar el Proyecto de Trabajo Áulico de Lengua de 6to. año de la Escuela Normal Superior “José María Torres” de Paraná.
Gabriela Monzón

¿QUÉ TAL SI PROBAMOS CON ESCRIBIR?

Que “se aprende a escribir, escribiendo” es un enunciado archiconocido que tiende en las instituciones a convertirse en una especie de slogan que, sabemos está bien explicitar y decir, si en teoría acordamos con una idea activo-reflexiva de la didáctica de la lengua o, si se quiere, “constructivista”[1]. Pero, hay que tener muy claro cuando usamos esta expresión que la misma remite a una conceptualización particular de –por nombrar algunos– sujeto de aprendizaje, sujeto docente, aprendizaje, objeto de conocimiento, enseñanza, etc. Es por esto que nuestros presupuestos deben necesariamente ser revisados para no cometer incoherencias dentro de nuestras experiencias de enseñanza.

Es así como, desde esta pretensión de coherencia, me someto a realizar este ejercicio mental, que a su vez me permite ir haciendo consciente mis recorridos con el objeto de enseñanza y con los sujetos con los que comparto la enseñanza y el aprendizaje.

Como primer análisis quiero dejar plasmado que la enseñanza o mejor dicho las “experiencias de enseñanza” tienen sentido en tanto y en cuanto hay “un sujeto que sabe antes”[2], es decir el docente, pero que de ninguna manera significa que el sujeto que aprende no posea conocimientos –si se quiere de “sentido común”– que se ponen en juego en estas situaciones para generar con lo “conocido” nuevas formas de relacionarse con lo “nuevo” del objeto en cuestión: la lengua. El aprendizaje por tanto tiene que ver con que las interacciones en la enseñanza generen conflictos en los conocimientos de cada uno y que permitan una reorganización de los mismos, lo cual significa que el aprendizaje es un proceso “recursivo”, esto es, siempre se está volviendo al lugar desde el cual se partió para revisar lo que sabemos y poder mejorarlo.

Pero, ¿qué quiere decir lo anterior respecto de la escritura? Implica reconocer que ese “otro” conoce claves de la lengua, que aprendió a partir de la interacción con sus familiares y otros usuarios del código, que le permiten desenvolverse intuitivamente respecto de la escritura. De esta manera, nuestras “clases” deberían convertirse en verdaderas experiencias, lo que significa que en las mismas deben darse verdaderas situaciones de escritura con un fin comunicativo claro y real para los niños. Estas “clases” deben aportar las herramientas para planificar, textualizar y revisar el escrito para hacerlo comunicable. Es en estas revisiones donde los conceptos lingüísticos adquieren relevancia, ya que permiten la reelaboración de las primeras escrituras.

A partir de lo expuesto anteriormente, el sujeto docente se convierte en un guía de estas situaciones, “un guía” debido a que supo antes esto que está enseñando. Con esta afirmación queda al descubierto que el docente no es “el saber”, en el sentido de estar “investido” de sabiduría, lo cual implicaría una cierta prepotencia y pretensión de “saberlo todo”. Como si el “saber” pudiera alojarse, ocupar un espacio cualquiera, sin reconocer la verdadera naturaleza del mismo. Debo hacer de todas maneras una última salvedad, y es que como guía el docente tiene la obligación y responsabilidad ineludible de intervenir y generar esos espacios donde se construya saber.

En esta necesidad de intervenir es que, en mis experiencias particulares, todos los proyectos de escritura van a partir, en una primera etapa, de una “sensibilización” hacia género discursivo a abordar y por las características del mismo, ya que estos dos aspectos se convertirán en desafíos a ser superados en la producción del escrito.

La segunda etapa, tendrá que ver con la escritura propiamente dicha que será motivo de trabajos de revisión posteriores en los cuales se sistematizarán aspectos relevantes de ese texto en particular. Para hacer evidentes los aspectos a tener en cuenta en la reflexión metalingüística, en cada género discursivo y para organizar el trabajo realicé gráficos que explicitan los aspectos posibles de ser analizados en cada formato textual, a los que Josette Jolibert denomina “tramas para el docente”.[3]

La tercera etapa, estará orientada a hacer uso o a enviar a los verdaderos destinatarios del escrito la producción. La misma en algunos casos se orienta a organizar la biblioteca, a anexar material a un libro de Historia (comenzado el año anterior) y en otros a socializar con sus pares sus descubrimientos.

Para finalizar, quiero destacar el carácter político de la educación, carácter que va marcando recorridos y elecciones en nuestras experiencias de enseñanza; por este motivo es que intento aclarar que la pretensión del presente escrito se enmarca en la necesidad de explicitar mi postura ante otras posibles; si bien intenta ser actualizada, pertinente, adecuada a los actuales requerimientos de la educación lingüística. Por lo tanto, ya que esta producción es demasiado acotada, no aspira a realizar una democratización de saber respecto de esta postura teórica construida.

LEVRAND, M. ALEJANDRA

DOCENTE DEL ÁREA DE LENGUA
ESCUELA NORMAL SUPERIOR “JOSÉ MARÍA TORRES
[1] CONSTRUCTIVISTA: (PIAGET, 1977): concepto derivado de la perspectiva desarrollada por este autor que tuviera su auge entre los años 1960-1970. Desde su teoría se considera que los sujetos construyen sus conocimientos sobre la base de esquemas previos, que van a reacomodarse a partir de la asimilación de conocimientos nuevos.
[2] CHEVALLARD, Y.: “Topogénesis del saber” en La transposición didáctica. Del saber sabio al saber enseñado. s/d.
[3] JOLIBERT, J.: Formar niños productores de textos. Chile, Dolmen Ediciones (Ediciones Pedagógicas Chilenas S.A.), 1994.

miércoles, 16 de mayo de 2007

¿Cuánto tiempo más nos puede llevar...?

Hay ocasiones en que me pregunto… ¿cuánto tiempo más nos puede llevar producir cambios significativos en las experiencias áulicas vinculadas a la enseñanza y el aprendizaje de la lengua?
Ya llevo quince años percibiendo a mi alrededor tan escasas revisiones, tan arraigados y fosilizadas prácticas, tan acendrada negativa a modificar/cuestionar/poner en duda contenidos que tal vez están más cerca de la gramática de Nebrija (1492) que de las tendencias actuales del saber lingüístico… que me dan sinceras ganas de tener una pataleta, un buen berrinche como los de mi infancia.
Sí, es para reírse, pero una sólo logra que se le suba la presión y las cosas siguen igual…
Mis practicantes me dicen: “Pero me dijeron que haga elaborar oraciones para aprender la letra s”, “Me dieron como tema la clasificación de los sustantivos”, “Tengo que preparar análisis de oraciones”…
Y yo los miro desalentada y les pregunto: ¿qué me dicen sobre lo que aprendieron y acordamos poner en práctica?, ¿qué leímos ayer?, ¿qué tienen para argumentar el respecto?, ¿les parece que es posible trabajar esos contenidos?... ¿yo les enseñé a hacer eso? Y ellos me miran, pobres, más desalentados que yo…
No se asombren de que mi lema en relación con mis ex alumnos ya docentes sea: “Yo no me hago cargo de lo que andan haciendo por el mundo”, porque la verdad es que me niego a avalar ciertas prácticas que evidencian que el sistema los devoró, que tres años de esforzado proceso de análisis no fue suficiente y no tuvieron el valor de defender lo que sabían… Ah, sí, tengo por allí unos pichones maravillosos, creativos, osados, irreverentes que se atrevieron a romper las reglas, a desafiar directivos y al status quo, que piensan, y crecen y crecen y siguen creciendo.
Gracias, Alejandra, por hacer tanto porque tus chicos aprendan, y por entibiarme el corazón con la certeza de que es posible cambiar la educación…
Gabriela

sábado, 31 de marzo de 2007

ENFOQUES DE LA DIDÁCTICA DE LA LENGUA

MONZÓN, Gabriela, Fragmento de “Escritores que aprenden leyendo. Una experiencia didáctica de lectura y escritura de historias de terror” (fragmento).Tesis correspondiente a la Licenciatura en Lenguas Modernas y Literatura. U. N. E. R. - FACULTAD DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN, Paraná, abril de 2002.

“(…) Cómo se enseña y se aprende a leer y escribir

Graciela Alisedo y otras autoras, en la Didáctica de las Ciencias del Lenguaje[1], realizan un análisis de las prácticas escolares de enseñanza y aprendizaje de la lengua y revelan con lucidez las mudanzas entre las que aún se debaten las acciones referidas a la escritura. Coincidentes con paradigmas didácticos históricamente reconocidos, las autoras diferencian tres enfoques: el tradicional, el activo y el activo-reflexivo.

El primero, el modelo tradicional, obedece a una concepción canónica de la didáctica de la lengua como enseñanza de la lengua “culta”, cuyo modelo está dado por las obras de escritores prestigiosos. Se produce un estudio descontextualizado y memorístico de cuestiones gramaticales y normativas y, por otro lado se instaura la escritura como una cuestión aislada, centrada en la copia de un modelo, lo cual no se vincula con los otros aprendizajes lingüísticos. La escritura es un producto ofrecido a la supervisión externa del docente.

El segundo, el modelo activo, aunque con saludables propuestas flexibilizadoras en torno de los roles estandarizados y rígidos del modelo anterior, cae en un vacío de contenido. No hay un rígido modelo gramatical a reproducir, pero no hay tampoco contenidos alternativos. En cuanto a la escritura, el alumno vuelve a estar instalado ante la página en blanco y en este caso ni siquiera tiene un molde para copiar; se privilegia la creatividad, pero se cae en la desorientación, en el dejar hacer. El escrito es igualmente corregido desde afuera por el adulto, pero en este caso no queda muy claro -ni para el alumno ni para el docente- qué objetivos se persiguen.

El modelo activo-reflexivo instaura desde el inicio principios claros que derivan de las investigaciones que se han realizado en el último siglo acerca del lenguaje, la lectura y la escritura. En primer lugar, entiende que toda práctica lingüística vehiculiza una intención comunicativa, posee un destinatario y precisa de recursos lingüísticos adecuados a la intención. La eficacia comunicativa no crece espontáneamente sino que se desarrolla como aprendizajes específicos en un contexto social. Por lo tanto, desde esta perspectiva la escuela debe proveer situaciones verdaderas de comunicación en las que se hace necesario el uso de la lengua, y en la que su aprendizaje se da en el entrecruzamiento de la observación de los propios textos, la orientación del docente y los aportes de los pares.

En este último modelo, las autoras proponen una alternativa que denominan metodología de la descentración. Esta consiste en el ofrecimiento de textos escritos desviados en algún nivel de representación, los que -sometidos al análisis por parte de los alumnos- pueden ser corregidos a partir de la puesta en funcionamiento de sus competencias lingüísticas y comunicativas, y de esta manera se puede acceder a la sistematización de regularidades y a la formulación explícita de las reglas del código. Esta metodología brinda una instancia en la que el aprendiz se instala “desde afuera” a observar y corregir un texto ajeno, lo que le permite volver posteriormente con otra mirada sobre sus propios textos. (…)”

[1] ALISEDO, Graciela y otras. Didáctica de las ciencias del lenguaje. Buenos Aires, Paidós, 1994.

jueves, 29 de marzo de 2007

PPS Proyecto "Nuestro libro de historias" (Madrid, 2005)

Esta presentación Powerpoint acompañó mi lectura de la ponencia "Nuestro Libro de Historias" en el III Congreso Internacional de EducaRed, Madrid, noviembre de 2005. Se las ofrezco, espero que sea de alguna utilidad ya que si bien se refiere a la escritura de un libro de cuentos, presenta conceptos de didáctica de la lengua referidos a toda situación didáctica de escritura de textos.

miércoles, 7 de marzo de 2007

10 MALENTENDIDOS DE LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA

Ponencia presentada en las Primeras Jornadas de Lectura y Escritura del Litoral, Universidad Nacional del Litoral - Facultad de Humanidades y Ciencias, Santa Fe, Argentina, 2006.
Descargar texto completo de la ponencia siguiendo el hipervículo acá: (hacer click en download file)
Enseñar lengua ha sido y es una cuestión capital de la educación escolar. Sin embargo, los intentos por lograr este objetivo durante la segunda mitad del siglo XX y los inicios del XXI han estado plagados de malentendidos. Los aportes valiosos que se han ido realizando desde diversos ámbitos (investigación educativa, didáctica de la lengua, lingüística, psicología, etc.), en ocasiones, han llegado a las aulas a tal punto desfigurados que han perdido la validez original; han tenido escaso o parcial impacto en las prácticas concretas o, en los peores casos, han institucionalizado nuevos vicios. Este circuito de tergiversaciones me hace volver a recordar aquel viejo y terrible refrán... “Cada maestrito con su librito”…
Veamos algunos ejemplos... A diario escucho decir que no se puede hacer nada con los errores de ortografía o con la letra de los chicos, pero nadie pareciese llamarnos la atención acerca de que esto es un contenido que la escuela no puede renunciar a enseñar y debe buscar las estrategias para lograrlo. E incluso es bastante ingenuo (pero imperdonable para docentes del siglo XXI) oír decir que hay que volver como en otros tiempos a dar todas las reglas de ortografía, copiar cien veces las palabras e instalar de nuevo el cuadernito de caligrafía... Entramos ya de cabeza en el terreno de los malentendidos y en algunos tan peligrosos que atentan directamente contra nuestra profesión.
¿Qué pasa, entonces? Pareciera ser que hablamos idiomas diferentes y no nos hemos dado cuenta. Es muy probable... Y la única manera de explicar cómo es posible que muchos docentes de lengua realicemos disímiles lecturas en CBC, Diseños y manuales …porque tenemos un marco teórico de referencia diferente.
Y entonces, es que vuelvo al inicio de estas disquisiciones, hablé de malentendidos y su desgraciada ingerencia en muchas de los tropiezos de la enseñanza de la lengua. Por lo tanto me propuse identificar diez de ellos, los más habituales, los más dañinos y -aún a riesgo de escandalizar a más de un colega- esos que están vivitos y coleando en nuestras aulas.
1- Hay que empezar la alfabetización en el Nivel Inicial…
¿Hay que enseñar las letras?
Obviamente no se propone empezar antes con lo de siempre, porque lo que se formula en la frase está instalado en otro marco teórico:
- los chicos al llegar a a la escuela ya tienen un montón de saberes, ideas, experiencias sobre la lengua escrita,
- aprender la lengua escrita no pasa por aprender en el orden que al adulto le conviene las unidades menores (letras, sílabas) y sumando luego partecitas... llegar a “la lengua”, sino que el proceso es mucho más complejo.
Aprender la lengua escrita no es sólo conocer la correspondencia fonográfica, sino aprender el “lenguaje de la escritura” (sus particularidades contextuales, paratextuales, textuales y oracionales; sintaxis, coherencia y cohesión, léxico, etc.), sus procesos de producción (escritura) y de interpretación (lectura). Todo lo cual se logra en la interacción con la lengua escrita en contextos comunicativos verdaderos, en la frecuentación de los soportes socialmente habituales para descubrir la función y características de los textos in situ.
2- Hay que trabajar con textos…
¿Se analizan oraciones de un texto, se sacan o marcan palabras en él, etc.?
Trabajar con textos no es sencillamente proponer actividades tomando una porción de escrito que tiene aparentemente un principio y final físicos, y un título.
Trabajar con textos supone una cuestión muy diferente. Todo intercambio lingüístico tiene una situación de producción en la que se inserta, un propósito, un contexto, un emisor y receptor real, un portador, cierto paratexto (si es escrito). Y el ámbito escolar debe proveer de todo elemento que contribuya a reconstruir sus propósitos, a hipotetizar activamente sobre su significado.
Los textos que leemos y escribimos en la escuela ya no pueden ser huérfanos por más tiempo, continuar constituyendo islas discursivas: fotocopias o retazos de un libro que reprodujo un texto de otro lado. Todo lo contrario, ya que si no es así no estamos enseñando a leer y escribir los textos que circulan socialmente, no estamos formando usuarios de la lengua, sólo simulamos hacerlo.
Por otra parte, con leer o escribir de vez en cuando una carta, un cuento o una noticia aislada, e incluso con anotar sus características, los chicos no se transforman en eficientes lectores y escritores. Tendrán que escribirse y leerse muchos textos para aprender la lengua escrita, pero además tendrán que escribirse y re-escribirse en un proceso que va desde la reflexión a la sistematización y a la puesta en uso continua de las reglas de la lengua. Otro aspecto fundamental de este malentendido es que debe aplicarse la gramática oracional a los textos, cuando el marco teórico en el que estos se convierten en objetos de estudio es otro. Estamos en el campo de lo que se denomina gramática trans-oracional… pero ese es otro malentendido…
3- Hay que enseñar gramática…
¿Hay que analizar oraciones y dar toda la descripción gramatical de la lengua?
Puede ser que haya quienes al escuchar esto me crean algo así como un fósil desubicado en el tiempo, probablemente esa persona no ha andado últimamente por algunas de las aulas de nuestro país.
Quien diga que ya no se recitan verbos de memoria o se aprende de un sopetón todo el paradigma, que ya no se analizan oraciones, que ya no se clasifican puntillosamente todos los adjetivos… es un optimista.
Muchas de nuestras escuelas están aún atrapadas sin salida en la gramática oracional, a veces con atisbos de otra que trasciende los límites de la frase, pero que no logra imponerse, y cuando logra asomar la cabeza tímidamente es sometida al aprendizaje memorístico. “¿Hay que enseñar o no hay que enseñar gramática?” Sí, aunque ustedes no lo crean, esto se pregunta, y bastante seguido...
Ahora bien, si entendemos en forma un poco simplista que la gramática supondría todas las reglas de un código lingüístico, …diríamos que sí, que hay que enseñarla, que debe aprenderse puesto que nuestro objetivo es formar usuarios de ese código. No obstante ¿todos entendemos lo mismo cuando decimos “gramática”? Parece que no. No sólo deberíamos distinguir entre una gramática explícita y una implícita, sino entre las distintas disciplinas que se ocupan de explicar y describir las reglas de un código lingüístico.
Veamos, cuando hablamos de gramática implícita nos referimos a las reglas que el hablante usa sin necesidad de explicarlas, que constituyen un saber hacer. Así, desde que empezamos a hablar usamos reglas como la concordancia en género y número, el orden sintáctico, la conjugación de verbos, etc. Pero, si nos pidieran que las explicásemos no sabríamos cómo. No podríamos “decir” la gramática explícita, que precisamente se ocupan de formular los lingüistas, los estudiosos de la lengua, intentando denominar y explicar lo que de hecho existe en el uso. Esa que por siglos la escuela ha querido meter a presión en las pobres cabecitas de sus alumnos.
Pero hay otra cuestión que complica la cosa, esta gramática explícita no es una, ya que la ciencia evoluciona y en distintas épocas los estudiosos han abordado la explicación de la lengua desde distintas perspectivas, instalando modelos o paradigmas predominantes en cierto momento histórico. Y aunque la escuela no se haya enterado la ciencia sigue su camino y la gramática oracional ya dejó de ser la explicación más actualizada acerca de la lengua, por lo que otras teorías han dado explicaciones más apropiadas: la pragmática, la lingüística del discurso, textual, etc.
Volvamos al interrogante inicial ¿hay que dar gramática? Sí. ¿Cuál? La de las teorías más actualizadas que nos ayuden a entender mejor este objeto de estudio que es la lengua. Pero ¿gramática explícita o implícita? Y acá nos metemos en otro berenjenal: el de la didáctica de la lengua.
¿Qué es saber lengua?, y por lo tanto ¿cuál es el lugar de los conceptos y los procedimientos? Saber lengua es saber usarla, es un saber hacer, por lo tanto el eje de la cuestión son los procedimientos, pero eso no quiere decir que no enseñemos y deban aprenderse conceptos que sostienen esos procedimientos. Lo que sí hay que tener en claro es que los conceptos siempre son un punto de llegada, jamás un punto de partida. Se explicita la información cuando es imprescindible para sostener y comprender los procedimientos, no de entrada como el objeto principal de la enseñanza y el aprendizaje lingüístico.
Hay que enseñar gramática reflexionando sobre los hechos del lenguaje, sobre las problemáticas de la comunicación lingüística, y por lo tanto el análisis de unidades oracionales y la descripción taxonómica de las categorías gramaticales, ya no sirven.
Pero esos nuevos conceptos a los que recurrimos para sistematizar las reglas del idioma cuando llevamos adelante la reflexión deben organizarse y acordarse institucionalmente en los distintos niveles de la escolaridad a partir del marco general: CBC, Diseños, PCI, las necesidades y saberes previos de nuestra población escolar.
4- No hay que corregir la ortografía…
¿Hay que dejar que los chicos escriban como sea?
Este es otro de los grandes despropósitos que la educación ha padecido en los últimos tiempos, y desgraciadamente uno de los más generalizados.
Enseñar la lengua escrita, es enseñar a escribir ortográficamente, mal que nos pese. Si no entendemos esa ley fundamental, dejemos la docencia. La lengua escrita con errores no existe, no comunica, representa nulo sentido. Pensemos que es posible transgredir las reglas sólo con una finalidad estética.
Si entendemos eso, es posible seguir hablando…
Cuando se dice no hay que corregir la ortografía se expresan dos cosas. Por un lado, se dice que la enseñanza de la escritura ortográfica no se da naturalmente por el hecho de que gastemos litros de tinta corrigiendo los errores de los escritos de nuestros alumnos. Pero, por otro lado, y en cierto contexto, se sostiene que si partimos en la alfabetización inicial desde la premisa de permitir al chico en ciertas circunstancias escribir como puede y como cree que se escribe, en esas puntuales y muy específicas situaciones didácticas no hay que corregir la ortografía.
Lo que no quiere decir que dejemos de enseñarla o que dejemos de marcar los errores, que por una tendencia obsesiva nuestra, muy sana y lógica no podemos dejar pasar y la birome se nos va sola… ¿Queremos calmar nuestra conciencia? Sigamos marcando las haches, las tildes, las b que tanto nos desvelan. Pero no nos confundamos, eso no es enseñar a escribir, no soluciona el problema, no hace que los chicos aprendan ortografía.
5- Hay que enseñar ortografía…
¿Hay que dar las reglas de ortografía?
Y como consecuencia de lo anterior… aprender ortografía no es saberse las reglas. Muchos usuarios de la lengua no saben recitar las reglas ortográficas pero escriben ortográficamente. Y muchos otros conocen las reglas pero no saben usarlas.
Por lo que, una cosa no hace a la otra, la enseñanza de la ortografía supone la reflexión sobre ese objeto particular que es la lengua, y si no hay una problematización del mismo, si no hay “duda ortográfica” no hay aprendizaje. Puedo seguir escribiendo con errores aunque me sepa todas las reglas, ya que la información sólo es válida cuando se necesita realmente, y además en el espacio curricular Lengua la información debe constituir el punto de llegada, no de partida.
Si el niño o adolescente no es capaz de responsabilizarse de su escrito (no por su culpa sino porque no se lo permitimos y no se lo enseñamos), participar en situaciones en las que pueda confrontar su escritura, conocer su valor, ver la necesidad de las pautas ortográficas ¿cómo va a aprender a usarlas, a verlas como imprescindibles, a sentir que hay una sola forma de usar el código?
La gran responsable en la problemática de la ortografía ha sido la escuela, ya que el adulto al corregir desde afuera como único modo de intervención ha quitado la responsabilidad al usuario de su propio decir, ha instalado la posibilidad de que el chico sostenga “total, usted me entiende ¿no?”, ha resignado su derecho y la obligación de enseñar la lengua escrita, y de exigir su respeto.
6- Los chicos deben saber leer en voz alta…
¿Hay que tomarles lectura en voz alta?
La lectura en voz alta ha sido un aspecto controvertido del aprendizaje escolar desde hace mucho tiempo y aún sigue sin solución en la mayoría de las aulas. La única manera en la que esta ha aparecido una y otra vez es o como una actividad a ser examinada (exigida al chico como modo de demostrar que “ha aprendido a leer”) o como participación voluntaria en la corrección de una actividad.
Ahora bien, pareciera que todos los adultos somos brillantes a la hora de leer en público y además… textos que no conocemos. Mentira. La mayoría de nosotros titubea, duda, se equivoca… si no conoce el texto, y aún conociéndolo si se halla nervioso o incómodo. ¿Entonces? ¿No es un poquitín hipócrita exigir de nuestros chicos algo que la mayoría de nosotros no sabe? Sí, y bastante disparatado. Sin embargo, la lectura en voz alta es un aprendizaje, y por supuesto un contenido de enseñanza, y como tal no debe ser penado ni evaluado permanentemente. Al contrario: debe desarrollarse en un contexto significativo; es decir, cuando tengo que comunicar a otros algo importante, que no saben, que necesitan hacer, que es entretenido, etc.
La escuela debe proponer múltiples situaciones que permitan leer a los chicos en un grupo pequeño o grande, pero además que posibiliten aprender a ponerse en situación de escuchar a otro, por eso necesitamos también buenos modelos lectores adultos.
7- Hay que leer por placer…
¿Dejarlos que lean lo que encuentren y tengan a su alcance?
Cabe introducir algunas consideraciones sobre el tan mentado “placer de leer”. Es imprescindible que restablezcamos en esta idea un sentido profundo, pues se ha ido desvirtuando desde que se convirtió en cliché de una moda educativa. En los últimos tiempos fue adquiriendo un peligroso parentesco con lo fácil, con lo que no requiere esfuerzo, con la no intervención, con el dejar hacer; lentamente fue asociándose a una “libertad” y un “gusto personal”, que no estando claramente definidos ni orientados, se transformaron en pérdida de tiempo y aburrimiento; por falta de sostén o marco, por ausencia de consejo, por temor a imponer. Sin guía y sin apoyo experto, los niños y los adolescentes tienen muchas más dificultades para encontrar lo que les agrada, para construir su gusto lector, y las experiencias frustrantes y tediosas pueden tronchar una valiosa y fructífera relación con la lectura en general y con la lectura literaria en particular.
La lectura en general, y la vivencia de lo literario, tuvieron durante mucho tiempo una doble vida, por un lado la lectura que se desarrollaba en el ámbito escolar: obligatoria, estructurada, vinculada a actividades programadas; por otro, la que paralelamente en forma voluntaria, casi azarosa y voraz, en la vida diaria fue vinculando a niños y adolescentes con todo tipo de material de lectura, a veces no reconocido ni admitido en la escuela puesto que la rigidez del canon de lecturas escolares era un escollo infranqueable. Luego, se empezó a hablar de “placer”, y las escuelas se llenaron de proyectos de lectura, de momentos del cuento, de horas de lectura… y en algunas ocasiones se hizo más daño que bien. O la lectura seguía siendo obligada, estructurada, no elegida por el niño, en silencio y cada cual en su banquito, o sin guía, cada cual librado al azar de encontrar el placer, sin ayuda, sin contagio, sin magia.
La pasión por los libros se contagia, no se logra por decreto. Y raramente se da sola, sin alguien que te lea, te ayude a elegir, conozca de libros y de tus gustos, te muestre que leer es divertido, apasionante y vale la pena; te deje optar, abandonar si no te gusta, releer, empezar de nuevo, saltarte partes, si no te ofrecen materiales interesantes, atractivos, emocionantes… ----------------- Hay aún tres aseveraciones más que consisten en una letanía cotidiana que origina consecuencias funestas desde cierta perspectiva teórica y didáctica.
8- Los chicos no saben interpretar ni resumir…
¿Se les dan pseudo textos sin paratexto y se les acumulan actividades de resumen reiteradas?
En primer lugar, es necesario aclarar varias cuestiones que intervienen en eso que esperamos de los chicos: que interpreten. ¿Qué entendemos por interpretar?, ¿qué esperamos que interpreten? ¿qué aspectos de la persona y del material intervienen en esa interpretación?, ¿el texto es claro, tiene una estructura, está completo, es un fragmento?, ¿su paratexto ayuda a su lectura?, ¿explicito los objetivos de la lectura cuando la solicito?, ¿y del resumen?, ¿sé -yo, docente- cuál es la estructura que tiene el texto y cuáles son sus palabras claves?...
Intentar construir sentido con una fotocopia sin pistas paratextuales (negrita, subrayados, subtítulos, gráficos), con algo que no es claramente un texto, sin tener en cuenta lo que ya se sabe y lo que no se conoce aún, sin considerar para qué se lee eso, …es como andar a ciegas.
El accionar en relación con la lectura en la escuela, suele apoyarse – aún hoy en el siglo XXI- sobre una serie de presupuestos falsos:
-el sentido (único) está en el texto y mi función es extraerlo
-todas las ideas importantes están escritas
-hay una única forma correcta de resumir
-los textos, no importa el tipo que sean (cuento, noticia, exposición científica, etc.) ni las características que tengan, pueden resumirse de igual manera.
El sentido NO está en el texto ni yo lo saco de allí, la lectura es una interacción entre lo que yo, lector, aporto y lo que el texto me provee, la lectura no es un recorrido lineal y único para todos los lectores, por lo tanto lo que es importante para mí puede no serlo para otro, pero además no todo lo importante está escrito: una serie de proposiciones expresadas en el texto pueden remitir a una idea general no escrita, más importante aún. Los textos, según el tipo, organizan la información o contenido de distinta forma, un cuento de trama narrativa o un texto de Historia pueden originar una recta temporal de sucesos y por tanto un resumen también narrativo, en tanto que una exposición explicativa de causa- consecuencia necesita un tipo distinto de esquema y resumen.
Planteado esto, considerando una nueva concepción de lectura y de los textos, se puede ayudar a construir la información relevante en cada situación comunicativa. El docente de cualquier área debe saber acerca de los textos de su disciplina para guiar su lectura, debe conocer cuándo está favoreciendo la construcción de sentido y cuándo no, debe tener en cuenta la estructura de los textos para ayudar a su resumen y enseñar a realizarlo.
9- Los chicos no saben escribir…
¿Se les dan reglas gramaticales y se espera que luego las apliquen?
Cuando se dice que los chicos no saben escribir, se me ocurre preguntarme cuántos adultos -incluidos docentes- sí saben escribir. No evado el problema ni lo justifico; pero, cabe la duda al respecto. Al fin de cuentas los adultos que no saben escribir fueron niños y jóvenes que no sabían escribir… Así las cosas, reconozcamos -puesto que es indudable- que niños y adolescentes tienen falencias en sus escritos; tanto en la organización, la coherencia, la ortografía, etc. Ahora bien, cabe además interrogarnos: ¿qué hace la escuela al respecto?, ¿no es su función elemental precisamente enseñar a leer y escribir?, ¿cuánto se escribe en la escuela?, ¿en qué situaciones?, ¿enseñamos esos aspectos de la escritura?, ¿cómo? Cuando se dice que a escribir se aprende escribiendo, no se hace uso de un lindo cliché, de un eslogan agradable y poético: se establece un hecho irrefutable de la didáctica de la lengua. La única posibilidad de aprender a escribir es haciendo uso del código en situaciones concretas y llegando a la construcción de las reglas de la lengua a partir del proceso de reflexión metalingüística. Esto supone: un propósito de escritura, un contexto comunicativo, algo que decir, espacio para analizar, confrontar, observar, reflexionar sobre el escrito, y posibilidad de formulación de las normas de la lengua desde la puesta en funcionamiento de la competencia lingüística hacia la construcción de nueva información.
10- Los chicos en lengua no aprenden nada…
¿Se espera que manejen conceptos, se enseñan conceptos y se espera que los chicos manejen procedimientos?
Hay dos aristas en esta afirmación cuando un adulto la enuncia: o espera que los alumnos hoy en día aprendan lo que ellos aprendían cuando niños o adolescentes, o bien están diciendo que los chicos no saben leer ni escribir.
Si el primero de estos sentidos está en boca de quienes no son especialistas en el campo de la lengua y su didáctica, su relevancia es relativa; puesto que no tienen por qué conocer las modificaciones que se han ido dando en este campo específico del saber, la evolución en los estudios de las ciencias del lenguaje, etc. Y además uno tiende lógicamente a suponer que lo que le enseñaban en la escuela era acertado: memorizar las reglas ortográficas y repetir renglones de palabras para aprender la ortografía, por ejemplo.
El segundo sentido es el que se trató en el punto anterior: las dificultades de uso de la lengua escrita son generalizadas y reconocibles por cualquiera, en un intento de honestidad tendríamos que ampliar la observación para ver si es sólo una deficiencia de los niños y jóvenes o toda la sociedad padece esta problemática.
El problema surge cuando esa misma aseveración está en quienes somos los responsables de que los chicos aprendan lengua. Y volvemos al origen del problema que resume además todo lo expuesto hasta acá ¿qué es saber lengua? ¿Es repetir las reglas del código o es hacer uso de este con adecuación en cualquier contexto comunicativo? Creo que ya hemos acordado que saber lengua es esto último. Ahora bien ¿cómo se aprende? También planteamos este interrogante y una posible respuesta: no describiendo, clasificando y repitiendo las normas de la lengua, sino reflexionando sobre los hechos del lenguaje en situaciones con sentido y llegando por medio de esa reflexión a las normas de uso.
Formar usuarios de la lengua en estos tiempos y para estos tiempos puede volverse un trabajo infructuoso si no efectuamos algunos acuerdos básicos, esta situación negativa no es una posibilidad futura, sino que nos está pasando en este preciso instante, y es por eso que se propone empezar a establecer acuerdos iniciando por desbrozar el camino de tergiversaciones.

martes, 27 de febrero de 2007

"Mi experiencia en Lengua... como alumno"

Frecuentemente hago escribir a mis alumnos ingresantes al Profesorado reflexionando sobre su experiencia en la escuela, en particular en el espacio curricular de Lengua. Creo que este es un camino interesante para iniciar en ellos la conciencia de la profundidad con que nos marca a todos nuestro paso por el sistema educativo.

Es notable descubrir la fuerza con la que se graban en el recuerdo las vivencias negativas y lo que cuesta superarlas. Van aquí uno se estos resúmenes sobre los que nos detuvimos reflexionar ... valga para nosotros también.

Dos polos de experiencias escolares:

  • Me hacían escribir palabras en un pizarrón, si me equivocaba me pegaban con el puntero.
  • Una maestra hacía diferencias, nos hacía llevar un cuaderno de hojas cuadriculadas porque decía que nosotros no íbamos a aprender a escribir más.
  • La escuela me gustó hasta que empecé a leer y escribir, era un desastre, la maestra me hacía escribir dos o tres veces algún dictado hasta que lo escribiera sin errores.
  • Yo era “dura” y me dejaban de lado, fui perdiendo el entusiasmo.
  • La maestra nos pegaba por las manos o en la cabeza con la regla de madera.
  • Una maestra era muy mala, me miraba y yo temblaba.
  • La maestra nos hacía leer el Martín Fierro con acento de los payadores.
  • Los profesores no se hacían problemas sobre si entendías o no, se ocupaban de los que más sabían.
  • Los profesores eran muy fríos, muy cerrados.
  • El que no sabía leer no leía nunca, les molestaba que no supiéramos leer a esa edad.
  • La profesora me preguntaba siempre a mí.
  • La profesora se expresaba muy mal, saludaba con improperios, los padres se quejaron y les dijeron que no podía ser, que la docente era “una eminencia”, quisimos grabarla para comprobar esto y nos consideraron “subversivos”.

  • Mis maestras eran amorosas, con su ingenio nos entusiasmaban a estudiar y a aprender que estudiar era parte de un juego.
  • La actitud bondadosa, amable (de aquella maestra) que nos incentivó hacia las actividades artísticas y culturales.
  • La maestra hacía unos paisajes hermosos y sobre eso debíamos describir o narrar.
  • Me gustaba escuchar cuando la maestra nos leía un cuento.
  • Si tenían que explicar lo mismo doscientas veces lo hacían.
  • Recuerdo una profesora exigente pero buena.
  • Me hacían leer y redactar diferente tipo de textos.
  • Podía leer libros de muy diversos géneros.
  • Hacíamos trabajos, leíamos.
  • Recuerdo con mucha gracia las competencias con una compañera cuando teníamos que analizar oraciones, conjugar algún tiempo verbal.

Mis dificultades:

  • Cuando cuento algo me hago un enredo, que sólo yo entiendo.
  • Las actividades las tengo que leer dos o tres veces para entenderlas.
  • Tengo problemas de ortografía.
  • Me cuesta leer y expresarme frente a los demás, temo que se rían.
  • Mi dificultad es la redacción o encontrar las palabras para hacerlo.
  • No leo mucho.
  • No me gusta leer en voz alta, me pongo nerviosa, me equivoco.

Mi futuro en la docencia:
  • Ayudar al chico que le cueste, hacer que lea y escriba sin tortura, hacerle sentir que si se esfuerza va a salir adelante.
  • Hacer que los chicos se interesen, que las clases sean dinámicas, que no se duerman.
  • Quisiera hacerles ver que cuando se les corrige errores es para bien de ellos.
  • Que pueda dar clases sin ponerme nerviosa, ni trabarme, que ellos me entiendan y hagan las actividades.

sábado, 24 de febrero de 2007

Proyecto “Nuestro Libro De Historias” (premiado en 2004)

Proyecto Ganador del III Concurso “Educación en la Red”, Segunda Categoría: 3er. Ciclo de EGB y Polimodal, promovido por EducaRed Argentina y organizado por Fundación Telefónica Argentina Área Educación, 2004.
Ponencia presentada en el III Congreso Internacional de EducaRed -Madrid, España, 2005- y luego en las Primeras Jornadas de Lectura y Escritura del Litoral -Santa Fe, Argentina, 2006-.
Autora: Lic. Gabriela Monzón
Para descargar el texto completo en formato PDF hacer click acá:
(luego hacer click en Download file)
Este trabajo intenta dar cuenta acerca de las particularidades con que se ha desarrollado -desde el año 2000 hasta el presente- el Proyecto de escritura Nuestro Libro de Historias. El mismo es parte de la labor del Espacio Curricular Lengua y Literatura del 8° año de Educación General Básica del Instituto “María Grande”.
Esta institución educativa que posee Tercer Ciclo de EGB, del Nivel Polimodal y del Nivel Superior en dos carreras se ubica en la ciudad de María Grande, departamento Paraná, provincia de Entre Ríos. Es pionera en proyectos de promoción de la lectura: ha realizado desde 1995 seis fechas de la Feria del Libro y desarrolla en todos los cursos el Proyecto Especial Círculo de Lectura.
Hablar de proyectos en el ámbito escolar no es nuevo, pero sí es innovador el modo en que se concreta dicha forma de trabajo en este establecimiento, ya que nace de una revisión imprescindible de las prácticas pedagógicas y la necesidad de transformar decisivamente el trabajo escolar.
Se procura crear un entorno comunicacional significativo del estilo de los “emprendimientos” que propone Frank Smith (1994). Estas situaciones poseen objetivos pragmáticos manifiestos y representan un desafío comunicativo para los jóvenes, permiten organizar instancias de interacción que enriquecen las competencias lingüísticas y discursivas de los alumnos, en las que los aprendizajes escolares son aprendizajes para la vida.
Existen algunas premisas básicas en esta organización de la tarea concebida con rigor:
  • El proyecto nace del acuerdo con los alumnos: se propone, se debate su elección y se pautan cuestiones generales con ellos.

  • Se planifica lo que realmente se va a hacer, es decir que su diseño es una verdadera herramienta ya que da el marco de trabajo y establece secuencias de tareas en un orden lógico.
  • Implica un trabajo sistemático por parte del docente, quien realiza un diagnóstico de los saberes, intereses y necesidades de los aprendices, no sólo en el momento inicial sino que se va renovando para plantear situaciones especiales de reflexión y solución de dificultades.
  • Se organiza claramente a partir de dos objetivos diferenciados: cumplir los propósitos comunicativos en cuestión (en este caso escribir y editar un libro de cuentos) y aprender a hacerlo, es decir poner en marcha procesos de reflexión y sistematización metalingüística de las reglas referidas a los textos que intervienen en el proyecto. Esta doble función es evidente tanto para el docente como para los alumnos.
  • Supone un entramado complejísimo de particulares concepciones acerca de la lengua, la literatura, la lectura, la escritura, la actividad metalingüística, y primordialmente exige determinado rol docente: el de experto. No sólo experto lector y escritor, sino un especialista capaz de hacerse cargo de la transposición didáctica y la coordinación adecuada de las situaciones de enseñanza y aprendizaje, que sepa responder a las necesidades puntuales, que se adecue a su particular interlocutor adolescente, que se sitúe a su lado y no por encima de este, que acompañe y no dirija desde afuera de manera inaccesible. Lo cual implica además una posición de sostén de parte de la institución escolar, muy diferente a la tradicional.

El proyecto de escritura del libro se concibe como alternativa viable y enriquecedora, que se opone al trabajo escolar con la lengua como mera acumulación de tareas, cuyo objetivo comienza y acaba en el aula en las que los alumnos no se ven personalmente involucrados ni perciben utilidad alguna.

Esta modalidad de trabajo posibilita aprendizajes significativos, útiles, continuos, con un lógico esfuerzo, incidentales, cooperativos, vicarios y libres de riesgos; rasgos que Smith reconoce como propios de los aprendizajes de la vida cotidiana y por lo tanto deberían imitarse en la escuela.

Mijail Bajtín (1982) aporta otros conceptos rectores: los géneros discursivos surgen en relación con cada esfera de la actividad humana, dando forma a los enunciados que se producen en dichos ámbitos, por lo tanto aprender a hablar quiere decir aprender a construir enunciados.

El enfoque de didáctica de la lengua y la literatura que se sustenta, recupera ambas ideas, y puesto que aprender a hablar quiere decir aprender a producir enunciados pertenecientes a distintos géneros discursivos establecidos de acuerdo con cada contexto de la actividad humana y sus particulares condiciones de producción; el aprendizaje de la lengua escrita -es decir el dominio de sus procesos de lectura y escritura- sólo puede lograrse de la misma forma.

La labor de escritura está estrechamente ligada a un proyecto institucional denominado Círculo de Lectura, en el que cada curso conforma una caja de libros con el aporte de los adolescentes, del docente y la biblioteca escolar, y se establece el acceso sistemático a la lectura literaria, de forma voluntaria, autónoma, placentera, variada, libre de tareas.

El objetivo pedagógico de dicho proyecto de lectura en 8° año será producir la impregnación de los lectores en las características lingüísticas y textuales del género discursivo narrativo. Por este motivo entre los materiales de la caja de libros se incluyen deliberadamente narraciones de distintos géneros -pero especialmente de terror y misterio que son los más requeridos por los jóvenes lectores-, historias cortas reunidas en diferentes formatos: relatos enmarcados, antologías de autores diversos, cuentos independientes de un mismo autor y versiones de historias tradicionales.

El supuesto que sostiene esta decisión es el de que, si se tienen expectativas de escribir el tipo de texto que se está leyendo, se aprende vicariamente en el proceso de lectura, pero el aprendizaje sólo se produce si el lector se percibe como miembro del club al que pertenecen el escritor y el texto con el que se establece el vínculo. El proyecto del Círculo permite establecer una frecuentación del género que se va a escribir concretando la idea del “club” del que habla Smith, ya que los adolescentes efectúan lo que este llama “leer como escritor”, participando de lo que el autor ha escrito quien se convierte en colaborador involuntario de la producción escrita del joven.

En el proceso de escritura se prevé como primera instancia el relevamiento de saberes y el intercambio acerca de todos los aspectos que supone un libro como objeto cultural pero también acerca del género discursivo en cuestión y sus géneros. Por esta razón se organizan situaciones didácticas especiales de exploración y debate, actividades sistemáticas de análisis de libros de historias, lectura compartida.

Deliberadamente se propone la indagación de saberes acerca de las historias y su forma de contarlas, evitando referirse a “la narración”. La consigna posibilita que se pongan de manifiesto las competencias sociales que tienen los jovencitos sobre las historias del cine, los videojuegos, los video-clips, las series televisivas, las historietas y la literatura. La intención es provocar su explicitación a partir de la ruptura de la lógica del conocimiento “escolarizado", que opera como obstáculo a la reflexión y propicia el uso de conceptos repetidos mecánicamente por generaciones.

Desde el comienzo de la propuesta los alumnos suelen mostrarse ansiosos por el inicio de la escritura individual. En reiteradas ocasiones y para atenuar la inquietud de los escritores, se renueva el compromiso que se estableciera al pautar del proyecto: se recuerda que aprenderán juntos a escribir los relatos, que podrán contar en todo momento con ayuda, que les llevará el tiempo que consideren necesario, que podrán valerse de distintos materiales para generar ideas y usar todos los borradores que necesiten. Subyace en ese accionar lo que Smith plantea acerca de la colaboración entre el alumno y el docente, quien es un adulto experimentado que -como en el mundo exterior a la escuela- ayuda más que enseña, hace comprensible lo que hay aprender porque se comporta de una manera relevante para lo que está intentando lograr el aprendiz, no obliga a participar sino que garantiza que los emprendimientos sean suficientemente sugestivos para que los conquisten.

Llegado el momento de realizar la escritura de primeras versiones, se ofrece un material escrito con propuestas diversas, con la opción de proceder o no a su uso; las mismas son consignas de taller para generar historias: listas de títulos, extractos de argumentos, fragmentos titulados, comentarios de conflictos narrativos, epígrafes. Todas estas actividades implican pretextos para originar otros textos: ampliando, reformulando, desarrollando, completando.

Esta modalidad de trabajo tiene el objeto de, en primer lugar, dar apoyo a los adolescentes en la etapa en que la hoja en blanco puede ahuyentar todo interés por la tarea; pero además legitimar una práctica común en el discurso literario: la de la reescritura, que la escuela tradicional ha considerado como mera copia. La reescritura (TEBEROSKY y TOLCHINSKY; 1995) permite adueñarse del texto ajeno, para repetir, cambiar de lugar, desplazar, invertir, ampliar, transgredir, transformar; para lo cual es necesario desarmar, comprender cómo está codificada la información del texto modelo. En segundo término se asienta en lo propuesto por Bajtín sobre el carácter dialógico de todo enunciado, haciendo explícito este vínculo a partir del uso consciente de las palabras de otro para generar las propias.

Los espacios y tiempos escolares tradicionales no favorecen la constitución de sujetos implicados personalmente en su aprendizaje lingüístico, sino que establecen una serie de actividades ajenas, sin sentido, obligatorias, mecánicas, que instauran la escritura como un acto inmediato y espontáneo.

Una expectativa de logro de la escolaridad es la formación usuarios de la lengua, esto implica un contrato pedagógico particular, que reconozca el objetivo de la institución educativa de formar lectores y escritores y constituya a la misma en un ámbito propicio para el trabajo con la lengua.

Esto se concreta en la organización de situaciones áulicas en las que la escritura se vivencia como un proceso organizado en etapas flexibles, adecuadas a las necesidades del escritor; no solitario sino en colaboración, no instintivo y espontaneísta sino intencional, con posibilidad de acceder a información, recursos y apoyo. Y por esta razón se alienta la interacción entre pares, con materiales bibliográficos y con el docente. Todo lo que los escritores hacen con la lengua fuera de la escuela pueden hacerlo en su interior, lo que no significa una imitación artificial de la vida diaria, sino una genuina ocupación con propósitos reales.

La escritura de primeros borradores se acompaña de lecturas compartidas con los pares y el docente, ya que los otros lectores ayudan a detectar conflictos, aconsejan, sugieren, y por sobre todo brindan a los adolescentes la posibilidad de percibirse como escritores responsables de su escrito.

Hay un doble propósito didáctico en esta etapa: perfilar claramente cuáles son los conflictos narrativos de cada cuento y solucionar problemas en el nivel de la historia; pero además diagnosticar las problemáticas lingüísticas y textuales que necesitarán trabajo extra de reflexión y sistematización.

Puesto que los noveles escritores intentan manejar a la vez más de un nivel de textualización, es importante promover el desarrollo consciente del monitoreo del proceso de escritura, para que la excesiva preocupación por cuestiones gramaticales u ortográficas no entorpezca el progreso argumental de los relatos.

Según el diagnóstico efectuado se planifica a continuación una etapa de trabajo particular, la cual materializa la enseñanza de la lengua a partir de los saberes previos, ya que posibilita el tratamiento de los contenidos conceptuales y procedimentales relevantes de acuerdo con las necesidades detectadas. La adopción de este enfoque se aleja de las prácticas en las cuales se considera que determinados contenidos escolares corresponden tácitamente a un cierto ciclo o nivel, modelo en el cual no hay cabida para los requerimientos lingüísticos concretos de los alumnos, sino que la escuela se perpetúa en el mantenimiento de estructuras preestablecidas. Ciertas problemáticas son más frecuentes y difíciles de solucionar de forma intuitiva por parte de los alumnos, por lo que se necesita reflexionar sobre ellas y sistematizar las conclusiones. Este diagnóstico revela algunas particularidades habituales en adolescentes de 8° año: no suelen revelar dificultades en torno al tipo de narrador y secuencias narrativas o descriptivas; pero sus escritos evidencian problemas generalizados con respecto a: cohesión textual, formas de inclusión del diálogo, utilización de tiempos verbales, cuestiones ortográficas en general.

La metodología que se implementa para abordar los problemas lingüísticos se denominada de la descentración (ALISEDO, MELGAR y CHIOCHI; 1994), la cual pone en funcionamiento las competencias lingüísticas de los chicos en la solución de los conflictos de escritura de textos ajenos desviados en alguno de los niveles de representación; esto habilita -a partir de la confrontación de soluciones- la elaboración de reglas, el acceso a la información pertinente, es decir organiza la reflexión y sistematización metalingüística. De esta manera los contenidos gramaticales siempre están en relación con las necesidades de la producción de un formato textual específico y sus particularidades, nunca como una temática forzada.

A medida que se abordan las diferentes problemáticas diagnosticadas y sus soluciones posibles, se planifican instancias de revisión de borradores y corrección. Se organiza el tiempo escolar alternando clases para trabajar las dificultades y sistematizar reglas, y otras para revisar, corregir, pasar en limpio, releer conjuntamente.

Un aspecto primordial de este sistema de trabajo es el del respeto por los tiempos de escritura propios de cada uno, la consideración por las diferencias de cada sujeto. La escuela ha promovido por años un mismo método de enseñanza que con idénticos tiempos debía producir idénticos aprendizajes en todos los alumnos, concepción falsamente democrática, ya que se pretendía que si se brindaba a todos por igual lo mismo a la vez, los aprendizajes debían ser iguales en todos. Nada más alejado de la realidad, ya que las distintas competencias lingüísticas, experiencias previas e historias personales, establecen desde el comienzo diversos puntos de partida; los particulares modos de aprender necesitan particulares tiempos y recursos.

En el momento en que cada escritor se siente preparado para hacerlo, se organiza la actividad que constituye el primer paso formal de socialización de los escritos individuales: exponer los textos a la escucha y evaluación del grupo, y así se toma contacto con la valoración y apreciaciones de determinado público.

Una vez que los escritos van tomando forma definitiva, se promueve el intercambio para decidir democráticamente el título del libro. Se elabora una lista de sugerencias, se realiza la votación, y se opta por el que tenga el apoyo de una mayoría significativa. Suele tener que buscarse soluciones a problemáticas originadas en la elección final del título: escribir una historia marco que lo sostenga, un prólogo que lo justifique, adoptar un título del libro y otro como denominación de la colección. Si hay que escribir otro texto (historia marco, prólogo) el docente se ofrece como escritor, si bien ya ha encarado el desafío de la producción de un cuento, pues le compete demostrar a los chicos que escribir es satisfactorio, interesante, posible, digno de esfuerzo. Un docente que se perciba y actúe como escritor puede colaborar con sus alumnos para lograr lo mismo, teniendo en cuenta lo que Smith observa sobre los maestros, que en ocasiones pretenden enseñar a escribir cuando ellos no ejercen el rol de escritores. La toma de decisiones acerca de los aspectos paratextuales del libro -el tipo y tamaño de papel, la orientación de la página, la encuadernación, la tipografía, las ilustraciones- se efectúa en grupo.

La etapa final del proceso de escritura cierra con la versión definitiva de cada cuento en formato digital lo que facilita la elaboración del original del libro al docente que ejerce como editor del mismo.

En una institución escolar inserta en una política educativa que no prevé medios económicos para sustentar esta modalidad de trabajo, es necesaria una cuota extra de obligaciones y quehaceres para todos los involucrados. Por tanto se efectúan -en forma paralela a todos los anteriores aspectos escolares del proyecto- actividades que permiten generar fondos, puesto que la edición casera del libro supone una inversión considerable en recursos materiales (papel, tinta, encuadernación, reproducción de copias). Estas actividades extras no sólo tienen una finalidad “utilitaria”, sino que son oportunidad de desarrollo de vínculos sociales, afectivos y solidarios, actitudes de participación activa y de responsabilización como integrantes de un equipo.

La instancia de presentación pública del libro en el proyecto de escritura es un momento trascendental que brinda a los adolescentes la participación en un evento particular de circulación social del lenguaje escrito y la comprensión cabal del objetivo de la educación lingüística, lo cual rompe con la tradición escolar en la que el escrito se validaba a sí mismo dentro del aula como tarea para el maestro, sin receptor real y sin emisor comprometido en su propio decir.

La evaluación en la situación didáctica se vincula con el proceso de escritura -no como una instancia final de análisis del producto-, sino como una estrategia del proceso mismo, presente a través de la permanente revisión de los escritos y su reelaboración. Desde otra perspectiva, la evaluación del proyecto por parte de los involucrados, se efectúa observando el impacto que la producción provoca: en la circulación del libro, el interés que despierta, las críticas que se verbalizan.

En última instancia, el docente registra para futuras realizaciones, los diferentes conflictos y debilidades, los logros y aciertos: del manejo de los tiempos, de la selección de lecturas y actividades, el desenvolvimiento de las comunicaciones -con la institución misma, los padres, las otras instituciones-, entre otros aspectos.

Libros producidos desde el año 2000:

  • Lo que la vaca se tragó (22 historias soñadas). María Grande, 2000.

  • El depósito del terror. Colección: ¡Mami, tengo miedo!. María Grande, 2001.

  • Sobre amores y misterios. María Grande, 2002.

  • Made in Susto. María Grande, 2003.

  • Cruza la tapa y verás... María Grande, 2004.

  • ¿Y el título? María Grande, 2005.

  • Si te la aguantás... leeme, María Grande, 2005.

  • MI libro te llama, María Grande, 2006.

jueves, 22 de febrero de 2007

Lo que hacemos y el nombre que le damos.

O decir una cosa y hacer otra…
Me he encontrado, en más de una oportunidad, con alguna que otra sorpresa cuando le he pedido a un docente -o a un grupo de ellos- que elaborasen un proyecto; ya que -bajo esa denominación- se le ha dado por convivir orondamente a una flora y fauna exótica y dispar.
En la última de estas ocasiones -en la que con susto llegué a pensar “qué dije yo para que me entendieran esto”- tomé la decisión de poner orden a algunas ideas acerca de esta tan particular cuestión: los avatares que sufren en el ámbito educativo ciertos términos y las propuestas teóricas y metodológicas que suponen.
Parece ser que en el terreno de la enseñanza nos acostumbramos al manejo de terminología -novísima, variada, rica y rimbombante- en tanto no nos acostumbramos -permítaseme el uso sarcástico del verbo- a los marcos teóricos que los producen o al sentido que dichos términos adquieren en el contexto de los mismos.
No dejó de producirme cierta extrañeza tomar conciencia -paralelamente a las anteriores cuestiones- de que hace bastante que no escucho decir: “eso es lo que hice siempre”, “antes lo llamábamos de otra manera”, “es lo mismo con distinto nombre”, y otras formas variopintas de mostrar la inmodificable persistencia de viejas prácticas pedagógicas y los supuestos que las sostienen. E incluso con una extravagante melancolía se me ocurrió pensar que eran mejores aquellos tiempos en los que un docente expresaba en voz alta ingenuas aseveraciones por el estilo, ya que, si algún espabilado que había caído en la cuenta de lo contrario llegaba a oírlo, podía intentar establecer un diálogo, una reflexión conjunta que llevara a hacerlo dudar de dichas afirmaciones.
Creo que en el presente se ha caído en una práctica más penosa aún, el uso de vocablos como: proyectos, expectativas de logro, propósitos, contenidos conceptuales, procedimentales, saberes previos, usuarios de la lengua, procesos, etc., es generalizado. Nadie osaría negarse, Ley Federal, CBC, Diseños Curriculares, PEI, PCI y acciones de capacitación de por medio.
Ya no se escucha “es lo de antes pero con distinto nombre”, pero no por eso creo que sea una convicción ya desaparecida entre los docentes; no se dice porque sería una muestra pública del más deshonroso arcaísmo, todo el mundo se muestra por demás actualizado en cuanto a las palabras que la educación actual nos demanda…
Bien dije: las palabras. El fenómeno más penoso que mencioné es que, actualmente, muchos docentes no dicen nada pero siguen haciendo lo mismo de siempre, de antes, con nombres nuevos; a veces pensando que es suficiente con llamarlo de otro modo, y otras -más peligrosas- creyendo que realmente cambiaron su forma de enseñar…
Sé que con esta expresión estoy casi pidiendo a más de un colega que me considere un enemigo público; es más, estoy escuchando mentalmente todas las réplicas que me podrían dar. E incluso algunas, muy acertadas y muy justas.
Haré unas cuantas salvedades, para al menos evitar la lapidación.
En principio las generalizaciones son malsanas, por lo que cabe recordar aquí a todos aquellos docentes que han transformado su práctica pedagógica, fruto de la reflexión, el estudio, el encuentro e intercambio con las personas indicadas en el momento apropiado, el fructífero hallazgo de cierta bibliografía, la maravillosa suerte de pertenecer a determinada institución o tener a ese directivo y no a otro, entre otras cosas.
Ahora hablemos del resto… y sus razones.
Llevamos numerosos años de transformación educativa, de capacitación, de publicación de materiales diversos -documentos oficiales y bibliografía variada de diverso origen editorial-, y aún así…
Voy a circunscribirme a lo mío -la enseñanza de la lengua y la literatura-, ¿cómo es posible que aún no se hayan modificado ciertas prácticas, y lo que es peor, se les de un rótulo innovador a cosas que no lo son? No sólo me refiero a la imprescindible actualización disciplinar sino a la modificación del enfoque didáctico, que por la más elemental consideración epistemológica deberían guardar cierta coherencia entre sí.
¿Cómo se puede hablar de formar usuarios de la lengua y seguir analizando oraciones? ¿Cómo se puede decir que se parte de los saberes previos e inculcar indiscriminadamente contenidos gramaticales? ¿Cómo se puede llamar proyectos a un montón de actividades inconexas? ¿Cómo se puede hablar de formar lectores cuando se establece un corpus cerrado de textos elegido unilateralmente por el docente? ¿Cómo es posible hablar del proceso de la lectura y esperar que todos los chicos interpreten un sentido único instaurado por el adulto? ¿Cómo se puede hablar de proceso de escritura cuando se escribe poco y nada, teniendo como único destinatario el maestro y sin puesta en práctica de borradores ni reelaboración alguna? ¿Cómo se puede hablar de construcción de aprendizajes si el único que corrige -y por tanto que tiene el saber- es el educador?... ¿Razones? Muchas, abordaré algunas posibles.
  • Institutos de formación docente aislados en su propio mundo, aún atrasados científica y didácticamente.
  • Capacitación inadecuada. Sí, la hubo, mal que nos pese a los capacitadores. Tal vez aprendimos en el proceso y este accionar se fue perfeccionando, pero hubo muchos errores: diagnósticos inadecuados de las necesidades de los docentes, poca explicitación del perfil de los cursos: de actualización disciplinar o de reflexión sobre la didáctica, capacitación insuficiente, tiempos y horarios inoportunos, metodologías improcedentes, gente que no debió estar al frente de la capacitación y se vio forzada a ejercer este rol. Lo que supuso entre otras cosas: escaso respeto por los procesos de aprendizajes de los docentes, sus saberes previos, sus necesidades, sus dudas, su experiencia.
  • Editoriales corsarias: que siguen publicando los libros y manuales de siempre adornando con terminología pedagógica “de avanzada” cosas que no lo son, metiendo en la misma bolsa contenidos conceptuales de distintos marcos teóricos, innovando en contenidos pero ofreciendo enfoques metodológicos tradicionales.
  • Verticalismo en la implementación de los cambios: de un día para otro se nos demandaron innovaciones; el directivo o el supervisor entendió algo de cierta manera en un curso, documento o reunión y allá fue a exigirnos que hagamos esto o aquello, que no sabíamos hacer y que no nos enseñó.

No hay una malsana perversidad en seguir haciendo lo que sabemos hacer hasta tanto estemos seguros de que podemos realizarlo de una forma mejor. Pero las advertencias ya han sido más que suficientes, ya es tiempo de empezar a ver las luces rojas que indican que le “estamos pifiando”. Guardémonos de una vez la soberbia en el bolsillo, los docentes no lo sabemos todo (es más, a veces sabemos muy poco) y tenemos errores tan garrafales que no podemos darnos el lujo de ignorar.

Permítaseme hacer algunos comentarios en torno a estos “culpables irredimibles”, ejercer de abogado del diablo sólo por unos renglones…

  • No podemos -a esta altura del partido- seguir acusando al Instituto de formación docente del que salimos de no habernos provisto con la formación adecuada. Ni qué decir… ya es inexcusable. Podemos despotricar mucho acerca del atraso de dichas instituciones, pero cambios se han ido dando, y por otra parte una vez con el título en la mano la responsabilidad es nuestra. Hace doce años salí analizando oraciones pero me di cuenta ni bien puse una pata afuera del gallinero que soplaban otros vientos y me puse a trabajar en ello. Ahora bien, la formación de grado, mala o buena, nos da el puntapié inicial, nos enfrenta con un cúmulo de información mínima, nos compromete en el ejercicio del estudio, del uso de las neuronas, de la reflexión… lo demás corre por nuestra cuenta.
  • La capacitación pudo haber sido más que ineficiente en muchos sentidos, pero en todo caso el error fue apostar a que iba a cambiar de raíz el rumbo de la educación. Al fin de cuentas cursos de capacitación hubo siempre -no masivos ni revestidos de ciertas particularidades que los hacían no deseables (obligatoriedad, urgencia, etc., etc., etc.)-, pero por lo demás muchos de ellos -antes y ahora- han sido invadidos de gente interesada en la certificación y el puntaje más que en aprender, así como hemos conocido capacitadores que nos resultaban antipáticos por miles de razones… Sin embargo, no le podemos echar a otro la culpa de desperdiciar un espacio y un tiempo de intercambio, de reflexión, de descubrimiento de errores, de corroboración de que estábamos encaminados, un espacio para aprender, lo cual debería ser siempre bien recibido.
  • Las editoriales atraviesan idénticos conflictos que nosotros, marcos teóricos y metodológicos de los que no terminamos de apropiarnos, con la diferencia que ellos hacen negocio y nosotros -poco acostumbrados a leer críticamente las propuestas editoriales, a sospechar, a cuestionar con fundamentos- nos dejamos engañar por las cuentitas de colores…

Directivos, supervisores y distintas autoridades deslumbradas por la novedad y obsesivas de su aplicación hay a montones; pero también hay gente que sabe y que gracias a su -a veces no muy bien recibida- presión damos pasos hacia delante. Reconozcamos que la antigüedad no es garantía de sabiduría, y que muchos cargos altos se ocupan por el natural currículum que dan los años, y a veces nos toca en suerte un directivo que no sabe un pepino y sigue con los esquemas de la época de nuestros abuelitos; pero no siempre es así. He aprendido tantas cosas de gente mayor, pero tantas de gente muy joven… No hay garantía, sólo casos particulares sobre los que generalizamos muy neciamente. A veces nos conviene -muy cómodamente apoltronados en nuestros hábitos- decir que este o aquel director nos acosa con cualquier moda, y hacemos oídos sordos y seguimos con lo mismo… ¡Vayan a decir que el mundo del espectáculo está lleno de egos! Eso porque no se fijaron en la docencia…

Señores: la mala praxis es mala praxis en cualquier profesión. A un médico se le muere el paciente, a un abogado le condenan al cliente, a un contador le cae una multa o va a la cárcel. ¿Qué consecuencias tiene nuestra mala praxis? Seguramente son menos obvias que las de esas otras profesiones. Tal vez consiste en una decadencia tan paulatina que no se nota en unos cuantos años.

Si no queremos pasar por necios, nos corresponde reconocer a nosotros -a los profesionales de la educación- primero que a nadie, que hay una nueva identidad docente que debemos construir, y que no pasa por recuperar el viejo estatus y prestigio perdidos. En el siglo XXI debemos asumir -y prepararnos en consecuencia- para enseñar lo que sabemos, los que no hemos aprendido aún y lo que está por conocerse. Qué hagamos con la profesión que elegimos es cosa nuestra primero que de nadie, pero también de los otros: de los chicos a quienes enseñamos, de sus padres, de los docentes de quienes somos colegas, de la institución en la que trabajamos, de la educación de nuestra provincia y del país en el que vivimos y que deseamos.

Gabriela Monzón