viernes, 22 de febrero de 2008

¡¡Ya tengo "Harry Potter y las reliquias de la muerte"!!

Lo cierto es que aunque sigo apareciendo muy poco por mi querido blog, no podía dejar pasar un suceso importantísimo: ya tengo mi ejemplar de Harry Potter y las reliquias de la muerte, pues por fin llegó el esperado 21 de febrero y a las 20:00 hs. estuve puntualmente en la librería Códice de Paraná esperando para adquirir mi libro. Fue genial encontrarnos con cuatro de mis queridos alumnos de 1er. año Polimodal de la Escuela Normal: Santi, Maira, Natalia y Natasha. Comentario extra: no me gusta en lo más mínimo la portada que se le colocó en Argentina, feo dibujo, y además absurdo ¿alguien puede decirme qué diablos es ese león de fuego que pusieron en la contratapa?... Ya leí el libro y sigo preguntándome cuándo aparece un ser así... Ah... ¡buenísimo fue ganarme una Agenda 2008 Harry Potter en el sorteo que hizo la librería!

miércoles, 6 de febrero de 2008

Reflexiones para iniciar las actividades escolares 2008

A una semana de iniciar en Argentina las actividades escolares en este 2008 que se avecina muy activo, se disparan todas las neuronas intentando sistematizar cambios, proyectos, actividades, nuevos materiales, procedimientos, y mil cosas que cada instancia similar supone.

Por un lado, la ansiedad, las ganas renovadas, el casi aburrimiento por la inactividad y descanso vacacional, y por otro, el natural temor de proponerse muchas cosas y morir en el intento de lograrlas. A lo que se suma cada vez, el hecho de descubrir que una sabe muy poco, que aún queda tanto por aprender y hacer, y más le vale no volverse loca intentando ponerse al día y haciendo todo eso que se considera necesario, útil, obligatorio, responsabilidad propia, pues claro que se termina el año a fuerza de alprazolam…

En este contexto, se me ocurre retomar un fragmento de Jesús A. Beltrán Llera, el que me parece interesantísimo por su claridad, llaneza y precisión, además de que viene muy al caso en esto de empezar a pensar la vuelta al aula.

“[…] El oficio y el placer de enseñar

El oficio de enseñar exige, como en cualquier otro oficio, tres condiciones que adquieren connotaciones específicas en la práctica de acuerdo con las características propias de la enseñanza: competencia, eficiencia y personalidad. Competencia: La primera condición del profesor experto es que sea competente. Esta competencia tiene hoy tres ámbitos de referencia: competencia académica, pedagógica y tecnológica. Con relación a la exigencia de que el profesor sea un experto conocedor dentro de un campo científico determinado, no podemos ponerle ningún pero […].

Y ahí es donde el profesor logra su verdadera autoridad. Es bien conocida la expresión de que alguien es una “autoridad en la materia”. Cuando un profesor alcanza este dominio, es capaz de resumir o de ampliar los conocimientos, de teorizar o de bajar a situaciones concretas, de utilizar uno u varios métodos didácticos diferentes; pero, sobre todo, conoce quién sabe y quién no sabe, cuáles son los puntos sensibles de su campo y cuáles están perdiendo actualidad, dónde están las verdaderas fuentes de información y dónde se trabaja para la galería, dónde está el futuro y dónde está el pasado.

Ahora bien, el profesor tiene que ganarse la autoridad día a día. ¿Cómo puede conseguirla? La autoridad del profesor viene de la actitud moral que manifiesta en la clase ante el aprendizaje, la verdad, el conocimiento; de la decisión de enseñar lo que honestamente sabe y domina; del reconocimiento de sus propias limitaciones, e incluso lagunas y errores, dentro de las áreas de conocimiento de su especialidad; de la autenticidad de sus convicciones ante las diferentes situaciones de la vida y, en especial, de las relaciones interpersonales en el aula; del reconocimiento de las ideas y creencias de sus estudiantes, que son únicos y diferentes entre sí; de su convencimiento en cuanto a los medios eficaces para mejorar el aprendizaje de los estudiantes, que están, evidentemente, más cerca del atractivo o la utilidad de las materias que de la obligación o la amenaza de las calificaciones. El profesor no puede pavonearse de la autoridad o insistir en ella. Si es forzada, los estudiantes descubren inmediatamente sus orígenes en la inseguridad o la falta de autenticidad, es decir, la ausencia del sentido del yo que subyace a toda autoridad genuina.

Pero el problema está, sobre todo, en el conocimiento que le corresponde como experto pedagógico. Ahí conviene señalar que el profesor tiene una complicada tarea, como es la de realizar esa difícil conjunción entre lo que es la racionalidad técnica y la racionalidad práctica, entre el científico que aplica inmediatamente los descubrimientos de la ciencia a la situación educativa y la inteligencia práctica que es capaz, primero, de definir la situación educativa y aplicar luego una solución aceptable.

El asunto se complica todavía más si tenemos en cuenta que la situación educativa no está casi nunca definida ; es el profesor el que la tiene que definir, y ahí es donde se ve el temple de artista que lleva dentro. El profesor no puede ser solamente un científico; tiene que ser un artista y definir cada día la situación que se encuentra cuando llega a primeras horas de la mañana a su clase, porque nadie la va a definir por él; y no le basta con definirla; tiene que descubrir imaginativamente, la solución adecuada en cuestión de décimas de segundo, y esto repetidas veces al día.

Esta situación nueva, desconcertante, compleja, por una parte, puede ser enriquecedora porque nos ayudará a cambiar poco a poco las claves en las que se apoyaba el tradicional sistema educativo, pero, por otra, puede desanimar al profesor y provocar actitudes y comportamientos que hacen sin duda difícil la convivencia escolar. Aquí hay un elemento de gran preocupación: podemos perder el control de la clase; podemos empezar a romper la convivencia, porque quizás no estamos del todo preparados, porque nos faltan recursos, conocimientos o estrategias que hasta ahora no habíamos tenido que utilizar y no sabemos cómo hacer frente a situaciones como ésta. Esa conjunción inteligente del científico y del artista, de la ciencia y de la imaginación, es la que nos hace falta y se hace cada vez más imprescindible para construir esa comunidad ideal que comprometa a cada uno de los miembros de la clase y los conduzca por vías educativamente más estimulantes y creadoras. […]”

Fragmento de “Enseñar a aprender” por Jesús A. Beltrán Llera, en “II Nuevos paradigmas educativos”, Enseñar @ aprender. Internet en la educación. Volumen I. Nuevos paradigmas y aplicaciones educativas. Madrid, EducaRed. Fundación Telefónica, 2005

sábado, 26 de enero de 2008

Tres de un bocado: mini-reseñas entreveradas

La lectura desordenada de varios libros a la vez, de cosas muy disímiles, de a ratitos y a los saltos, es un placer que uno aprende de niño cuando se zampa todo lo que se le cruza con voracidad poco quisquillosa.

Y de vez en cuando ejercer -de adulto ya- ese ir y venir entre los libros para grandes, artículos teóricos, documentos oficiales de educación y libros para jóvenes o niños, nos brinda un placer inusitado.

En estas andanzas lectoras de verano me he zambullido en algunos textos de la Biblioteca de Literatura Infantil y Juvenil “Humberto Sapo Verde” puesto que, más allá del deleite que me produce leer libros para chicos, mi función de mediadora entre estos y “los grandes” que son mis alumnos de Profesorado requiere que los convide conociendo el plato que les propongo degustar…

Entonces: aquí van tres mini-reseñas para tener en cuenta:

Eso no me lo quita nadie, de Ana María Machado.

Una historia simpática y tierna, pero a la vez original y para nada empalagosa: a Gabi le gusta Bruno, pero él ha sido el amor platónico de su prima Dora durante mucho tiempo, y ella ha construido castillos en el aire de los que ha dado noticia a toda la familia. Por lo tanto, cuando las cosas inician un camino inesperado la que deberá pelear por sus derechos y su independencia será Gabi. La novela cuenta con gracia las vicisitudes de ser adolescente y convivir con los límites paternos, de enamorarse por primera vez y de empezar a crecer necesitando un espacio propio y asumiendo responsabilidades.

La contratapa la recomienda desde 11 años en adelante.

Vuela, Ertico, vuela, de Joel Franz Rosell.

Értico es silencioso, bajito y siempre pasa desapercibido. En la escuela no tiene amigos aunque muere por tenerlos. Claro que, en cambio, posee una abuela muy original, como su casa, y ni hablar del desván lleno de cachivaches extraños, olores insólitos y ruidos.

Y ella es quien hará lo posible por ayudarlo: a ser popular, a ser inteligente, a ser atlético, al menos por un tiempo… pues estas características no le consiguen amigos duraderos.

Una historia con magia, graciosa y sugestiva.

La contratapa recomienda este libro desde 7 años en adelante.

Uña de dragón (una historia que son dos), de Graciela Montes.

Una hermana un poco insoportable que se llama Ana, una mamá traductora, una gata apodada Yugoeslavia, un papá que hace ciudades con miga de pan, una tía gorda: Elvira, unos primos mellizos, Colita el perro de la vecina; así está compuesta -entre otras cosas- la vida de Paula quien además posee -perdón: poseía- un tesoro único que ha desaparecido: una uña de dragón…

Y así , con su modo único y maravilloso de narrar, Montes nos cuenta con la voz de esta jovencita, las peripecias diarias de la niña que sospecha que el dragón va a venir a buscar su uña (porque toda uña extraviada tiene su dragón que anda queriendo recuperarla), esa que ella añora y cree que Ana le escondió, porque ahora está muy cambiada.

Sin embargo, eso no es todo, el libro nos ofrece a página compartida (para leer a la vez, antes o después) un Pequeño Manual para el uso de las uñas de dragón que Paula, ayudada por Ana (la otra, la que valía la pena, no la actual que está caprichosa, miente y se la pasa cuchicheando con su amiga), escribió para nuestra información, porque uno no sabe cuando se puede hallar una uña de dragón en el fondo de una lata de galletitas o en el piso de un colectivo.

No hay recomendación de edad en la contratapa, y la verdad, es lo de menos, ...para todos los que quieran deleitarse como me pasó a mí.

jueves, 24 de enero de 2008

¿Quién se queda con quién? J. K. Rowling publicó un árbol genealógico

Para los fans de las novelas de J. K. Rowling -como yo: absolutos, totales y de pies a cabeza- ... que amamos los personajes y nos quedamos con ganas de más luego del séptimo libro ¡hay esperanza!: la publicación de una Enciclopedia por parte de la autora, que quizá cierre algún que otro detalle y mil curiosidades que queremos saber sobre su inconmensurable mundo imaginario. Pero, a falta de otra cosa, por lo pronto podemos ver un Árbol Genealógico que publicó en su web, de puño y letra y les presento a continuación. (Fue obtenido de http://www.jkrowling.com/es) ¡Cuidado!: sólo ver la presentación si ya leyeron el libro 7 o si están totalmente convencidos de que desean conocer los datos.

A veces las vacaciones y el estar sin hacer nada posibilitan descubrimientos…

Una se apoltrona cómodamente en el hecho de no cumplir horarios, no tener exigencias y demandas laborales acuciantes, no estar obligada a la tortura de la corrección, y deja triste y abandonado el blog, sin renovarlo ni agregar nuevos post.

E increíblemente se transforma en mera paseante del mismo: mira si alguien respondió la encuesta, ve si hubo visitas, observa si hay que moderar comentarios… y deja para mañana la incorporación de una nueva entrada para la que tiene material a montones sin editar…

Lo cierto es que en esto de estar ociosa, he andado activamente por los caminos de la siempre sorprendente e infinita web, y allí he hallado un blog de una joven de Valladolid asidua visitante de ¡Piezas de a ocho!, con la que coincidimos en nuestro amor por la literatura fantástica, la cual me agradece (¡sí!, ¡aún no me lo creo!) ¡a mí! (es un amor)… pues con otras profes de literatura que ella nombra hemos contribuido a su gustito por la lectura.

¡Gracias Miniwina! ¡Mucha suerte!

El blog es Library of Limbhad, la biblioteca de Fantasía y la dirección es: http://limbhad-library.blogspot.com, en ella ya se hallan comentarios de los libros de Laura Gallego García Memorias de Idhún.

miércoles, 16 de enero de 2008

Cuando la ficción habla de la lectura y los lectores…

Hace unos días leí una novela que descubrí en una casa de usados, sin saber muy bien qué estaba comprando. Esta se hallaba casi nueva y no sólo me atrajo la imagen de su portada -viejos libros uno sobre otro- sino el título que establecía un vínculo preciso con la literatura: El cuento número trece.

En la historia, emocionante y plena de misterio, una joven -hija de un librero-, apasionada por los libros y la lectura, es convocada a realizar la biografía de una famosa escritora muy entrada en años.

Lo sorprendente es que no sólo disfruté de la trama atrapante elaborada por la inglesa Diane Setterfield, que homenajea a las novelas del siglo XIX –como Jane Eyre o La mujer de blanco-; sino que me encontré con algunos de los párrafos más bellos acerca de la pasión por la lectura, la maravillosa relación con los libros, la marca que estos dejan en nuestras vidas, las lecturas azarosas de la niñez y la adolescencia, y como el personaje sostiene la lectura compulsiva e ingenua, lo que hacen los libros con nosotros: A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarteEs una suerte de magia

No pude menos que sentirme conmovida y quise compartirlo con quienes visitan ¡Piezas de a ocho!

“[…] Nunca leo sin antes estar segura de que me hallo en una posición estable. Conservo esta costumbre desde que tenía siete años, cuando, sentada sobre un muro alto leyendo Los niños del agua, tan cautivada me tenía la descripción de la vida submarina que inconscientemente relajé los músculos. En lugar de flotar en el agua que con tanta nitidez me rodeaba en mi imaginación, caí de bruces al suelo y perdí el conocimiento. Todavía se me nota la cicatriz debajo del flequillo. Leer puede ser peligroso. […]”

“[…] Estamos a finales de otoño, llueve y las ventanas se han empañado. A lo lejos suena el silbido de la estufa de gas; mi padre y yo lo oímos sin oírlo, sentados uno junto al otro pero a kilómetros de distancia, pues estamos enfrascados en nuestros respectivos libros.

—¿Preparo el té? —le pregunto regresando a la superficie.

No responde.

De todos modos preparo el té y le dejo una taza cerca sobre el mostrador.

Una hora más tarde el té, intacto, ya está frío. Preparo otra tetera y coloco otra taza humeante junto a él, sobre el mostrador. Papá no percibe mis movimientos.

Con delicadeza levanto el libro que sostiene en las manos para ver la cubierta. Es el cuarto libro de Vida Winter. Lo vuelvo a colocar en su posición original y estudio el rostro de mi padre. No me oye. No me ve. Está en otro mundo y yo soy un fantasma. […]”

“[…] A de Austen, B de Brontë, C de Charles y D de Dickens. Aprendí el alfabeto en esta librería. Mi padre se paseaba por las estanterías conmigo en brazos, enseñándome el abecedario al mismo tiempo que me enseñaba a deletrear. También aquí aprendí a escribir, copiando nombres y títulos en fichas que todavía sobreviven en nuestro archivador, treinta años más tarde. La librería era mi hogar y mi lugar de trabajo. Para mí fue la mejor escuela, y, años después, mi universidad privada. La librería era mi vida.

Mi padre nunca me puso un libro en las manos, pero tampoco me prohibió ninguno. Me dejaba deambular y acariciarlos, elegir uno u otro con más o menos acierto. Leía cuentos sangrientos de memorable heroísmo que los padres del siglo XIX consideraban apropiados para sus hijos e historias góticas de fantasmas que decididamente no lo eran; leía relatos de mujeres solteras vestidas con miriñaques que emprendían arduos viajes por tierras plagadas de peligros, y leía manuales sobre decoro y buenos modales dirigidos a señoritas de buena familia; leía libros con ilustraciones y libros sin ilustraciones; libros en inglés, libros en francés, libros en idiomas que no entendía, pero que me permitían inventarme historias basándome en unas cuantas palabras cuyo significado intuía. Libros. Libros. Y más libros.

En el colegio no hablaba de mis lecturas en la librería. Los retazos de francés arcaico que había ojeado en viejas gramáticas se reflejaban en mis redacciones y, aunque mis maestros los tachaban de faltas de ortografía, nunca lograron erradicarlos. De vez en cuando una clase de historia tocaba una de las profundas pero aleatorias vetas de conocimiento que yo había ido acumulando mediante mis caprichosas lecturas en la librería. «¿Carlomagno? —pensaba—. ¿Mi Carlomagno? ¿El Carlomagno de la librería?» En esas ocasiones permanecía muda, pasmada por la momentánea colisión de dos mundos que no tenían nada más en común. […]”

“[…] La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel. Es una suerte de magia. […]”

“[…] Sentí en la cabeza el nauseabundo mareo del submarinista que sube a la superficie demasiado deprisa.

Algunos detalles de mi habitación aparecieron de nuevo ante mí, uno a uno. La colcha, el libro que sostenían mis manos, la lámpara todavía brillando en la luz que empezaba a filtrarse por las delgadas cortinas.

Era de día.

Había estado leyendo toda la noche. […]”

“[…] hay demasiados libros en el mundo para poder leerlos todos en el transcurso de una vida, de manera que hay que trazar una línea en algún lugar. […]”

“[…] Siempre he sido lectora; en todas la etapas de mi vida he leído y nunca ha habido un momento en que leer no fuera mi mayor dicha. Y, sin embargo, no puedo decir que lo que he leído de adulta haya tenido el mismo impacto en mí que lo que leí de niña. Hoy día todavía creo en las historias. Aún me olvido de mí misma cuando estoy leyendo un buen libro, pero ya no es lo mismo. Los libros son para mí, ya lo he dicho, lo más importante; lo que no puedo olvidar es que hubo un tiempo en que fueron a la vez más banales y más fundamentales. De niña los libros lo eran todo. Por tanto, siempre existe en mí un anhelo nostálgico por ese gusto perdido por los libros. No espero ver satisfecho mi anhelo algún día. Y, sin embargo, durante este período, esos días en que leía todo el día y la mitad de la noche, en que dormía bajo una colcha cubierta de libros, en que mi sueño era negro y tranquilo, pasaba como un rayo y despertaba para seguir leyendo, recuperé el placer perdido por la lectura compulsiva e ingenua. […]”

viernes, 4 de enero de 2008

Un recién nacido en el 2008: Blog Casi docentes

Me alegra contarles que por fin, luego de bastante tiempo en que sólo fue palabras, ideas, y proyectos, nació el Blog del Espacio Curricular Lengua, del Profesorado de Primero y Segundo Ciclo de EGB, del Instituto "María Grande" (María Grande, Entre Ríos, Argentina). Este reunirá producciones de los alumnos -"casi docentes"- que cursan en cualquiera de los tres años la cátedra Lengua, así como los que asisten al Espacio Curricular de 3ro. Apoyo a la Residencia en Lengua. Está pensado como una instancia de reflexión, de aprendizaje, de intercambio de socialización del conocimiento y de apoyo al accionar áulico. He decidido administrarlo personalmente si bien compartiré la responsabilidad de la producción escrita con los alumnos. Bienvenidos visitantes y gracias por el apoyo habitual. Los esperamos en: http://casidocentes.blogspot.com