Sigo diciendo que la joven actriz no me termina de convencer para el papel de Lindy, pero el chico fue una brillante elección para Kyle
lunes, 5 de abril de 2010
martes, 30 de marzo de 2010
Vargas Llosa hablando de la saga "Millenium" del sueco Stieg Larsson, un texto imperdible
Me han acontecido tan descabellados intríngulis en relación
con las novelas del fallecido escritor sueco Stieg Lasson, que de sólo pensar
en ellos me río por lo ridículos...
En principio, vi sus libros en innumerables librerías y
supuse (¡vaya a saber por qué!) que eran de autoayuda. Por supuesto que por esa
sola razón -y prejuiciosamente- los odié.
Pero allí no termina la cosa: cada vez que tenía oportunidad
criticaba sus portadas pues me parecían francamente horribles.
Pasó el tiempo...
Un día, vengo a enterarme de que se trataba de ficción, y gracias a mi bien informado esposo me
desayuné de las idas y venidas de la cosa, a la vez que -contrariamente a lo
que me sucede siempre- terminé accediendo antes que a los libros... ¡a los tres
filmes realizados en su país de origen!
Resultado: debo decirlo con una mano en el corazón que ¡me
enamoré!
Y ahora, no me va a quedar otra que gastarme en los libros
los $300.- que andaba mezquinando.
Por todo esto, es que me tomo el atrevimiento de transcribir
el artículo que escribiera Vargas Llosa, porque me parece una joya... como creo
que serán los libros.
Ni bien los lea les cuento...
_______________________________
Millennium , la hazaña narrativa de Stieg Larsson
Lisbeth Salander debe vivir
Mario Vargas Llosa, El País
Extraído de:
http://blog.lsf.com.ar/2009/09/millenium-por-mario-varga-llosa.html
MADRID.-Comencé
a leer novelas a los diez años y ahora tengo setenta y tres. En todo ese tiempo
debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número
de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo
decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es
buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de
lector al hacerme descubrir a poco de comenzar una novela sus costuras,
incoherencias, fallas en los puntos de vista, la invención del narrador y del
tiempo, todo aquello que el lector inocente (el "lector-hembra" lo
llamaba Cortázar para escándalo de las feministas) no percibe, lo que le
permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa.
¿A qué viene
este preámbulo? A que acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas
críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo
los tres voluminosos tomos de Millennium , unas 2100 páginas, la trilogía de
Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y
adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de
Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página: "¿Y ahora
qué, qué va a pasar?" y demorando la lectura por la angustia premonitoria
de saber que aquella historia se iba a terminar pronto, sumiéndome en la
orfandad. ¿Qué mejor prueba de que la novela es el género impuro por
excelencia, el que nunca alcanzará la perfección que puede llegar a tener la
poesía? Por eso es posible que una novela sea formalmente imperfecta, y, al
mismo tiempo, excepcional. Comprendo que a millones de lectores en el mundo
entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que
a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg
Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había
realizado.
Repito, sin
ninguna vergüenza: fantástica. La novela no está bien escrita (o acaso en la
traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena
algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada,
porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan
nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias
técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las
intrigas, las audacias, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de
una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas, en la que, pese a
la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por
triunfar.
La novelista
de historias policiales Donna Leon calumnió a Millennium afirmando que en ella
sólo hay maldad e injusticia. ¡Vaya disparate! Por el contrario, la trilogía se
encuadra de manera rectilínea en la más antigua tradición literaria occidental,
la del justiciero, la del Amadís, el Tirante y el Quijote, es decir, la de
aquellos personajes civiles que, en vista del fracaso de las instituciones para
frenar los abusos y las crueldades de la sociedad, se echan sobre los hombros
la responsabilidad de deshacer los entuertos y castigar a los malvados. Eso
son, exactamente, los dos héroes protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael
Blomkvist: dos justicieros.
La novedad, y
el gran éxito de Stieg Larsson, es haber invertido los términos acostumbrados y
haber hecho del personaje femenino el ser más activo, valeroso, audaz e
inteligente de la historia, y de Mikael, el periodista fornicario, un magnífico
segundón, algo pasivo pero simpático, de buena entraña y un sentido de la
decencia infalible y poco menos que biológico.
¡Qué sería de
la pobre Suecia sin Lisbeth Salander, esa hacker querida y entrañable! El país
al que nos habíamos acostumbrado a situar, entre todos los que pueblan el
planeta, como el que ha llegado a estar más cerca del ideal democrático de
progreso, justicia e igualdad de oportunidades, aparece en Los hombres que no
amaban a las mujeres , La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de
gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire como una sucursal
del infierno, donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los
policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y
tanto las instituciones como el establishment en general parecen presa de una
pandemia de corrupción de proporciones priístas o fujimoristas.
Menos mal que
está allí esa muchacha pequeñita y esquelética, horadada de colguijos, tatuada
con dragones, de pelos puercoespín, cuya arma letal no es una espada ni un
revólver sino un ordenador con el que puede convertirse en Dios -bueno, en
Diosa-, ser omnisciente, ubicua, violentar todas las intimidades para llegar a
la verdad, y enfrentarse, con esa desdeñosa indiferencia de su carita indócil
con la que oculta al mundo la infinita ternura, limpieza moral y voluntad
justiciera que la habita, a los asesinos, pervertidos, traficantes y canallas
que pululan a su alrededor.
La novela
abunda en personajes femeninos notables, porque en este mundo, en el que
todavía se cometen tantos abusos contra la mujer, hay ya muchas hembras que,
como Lisbeth, han conquistado la igualdad y aun la superioridad, invirtiendo en
ello un coraje desmedido y un instinto reformador que no suele ser tan
extendido entre los machos, más bien propensos a la complacencia y el delito.
Entre ellas,
es difícil no tener sueños eróticos con Monica Figuerola, la policía atleta y
giganta para la que hacer el amor es también un deporte, tal vez más divertido
que los aerobics pero no tanto como el jogging. Y qué decir de la directora de
la revista Millennium , Erika Berger, siempre elegante, diestra, justa y
sensata en todo lo que hace, los reportajes que encarga, los periodistas que
promueve, los poderosos a los que se enfrenta, y los polvos que se empuja con
su esposo y su amante, equitativamente. O de Susanne Linder, policía y
pugilista, que dejó la profesión para combatir el crimen de manera más
contundente y heterodoxa desde una empresa privada, la que dirige otro de los
memorables actores de la historia, Dragan Armanskij, el dueño de Milton
Security.
La novela se
mueve por muy distintos ambientes, millonarios, rufianes, jueces, policías,
industriales, banqueros, abogados, pero el que está retratado mejor y, sin
duda, con conocimiento más directo por el propio autor -que fue reportero
profesional- es el del periodismo.
La revista
Millenium es mensual y de tiraje limitado. Su redacción, estrecha y para el
número de personas que trabajan en ella sobran los dedos de una mano. Pero al
lector le hace bien, le levanta el ánimo entrar a ese espacio cálido y limpio,
de gentes que escriben por convicción y por principio, que no temen enfrentar
enemigos poderosísimos y jugarse la vida si es preciso, que preparan cada
número con talento y con amor y el sentimiento de estar suministrando a sus
lectores no sólo una información fidedigna, también y sobre todo la esperanza
de que, por más que muchas cosas anden mal, hay alguna que anda bien, pues
existe un órgano de expresión que no se deja comprar ni intimidar, y trata, en
todo lo que publica e investiga, de deslindar la verdad entre las sombras y
veladuras que la ocultan.
Si uno toma
distancia de la historia que cuentan estas tres novelas y la examina fríamente,
se pregunta: ¿cómo he podido creer de manera tan sumisa y beata en tantos
hechos inverosímiles, esas coincidencias cinematográficas, esas proezas físicas
tan improbables? La verosimilitud está lograda porque el instinto de Stieg Larsson
resultaba infalible en adobar cada episodio de detalles realistas, direcciones,
lugares, paisajes, que domicilian al lector en una realidad perfectamente
reconocible y cotidiana, de manera que toda esa escenografía lastrara de
realidad y de verismo el suceso notable, la hazaña prodigiosa. Y porque, desde
el comienzo de la novela, hay unas reglas de juego en lo que concierne a la
acción que siempre se respetan: en el mundo de Millennium lo extraordinario es
lo ordinario, lo inusual lo usual y lo imposible lo posible.
Como todas las
grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos
conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en
este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque, acaso, allá, entre la
"muchedumbre municipal y espesa", haya todavía algunos quijotes
modernos, que, inconspicuos o disfrazados de fantoches, otean su entorno con
ojos inquisitivos y el alma en un puño, en pos de víctimas a las que vengar,
daños que reparar y malvados que castigar.
¡Bienvenida a
la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!
lunes, 22 de marzo de 2010
Una buena (esperada, ansiada, necesaria) noticia: llevo ponencia al 13° Congreso Internacional de Promoción de la lectura y el libro
Ya soy "figurita repetida", sí, un poquito.
Pero, sin embargo, una de las cosas más hermosas que me viene sucediendo cada año desde el 2007 es que me acepten ponencias en el Congreso Internacional de Promoción de la Lectura y el Libro, organizado por Fundación El Libro, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Este año el Congreso cumple su 13° edición y la Feria su número 36°.
Si bien el evento se realizará los días 7, 8 y 9 de mayo, mi presentación se sitúa el día sábado 8, a las 10 de la mañana, en la Sala Roberto Arlt, Pabellón Verde.
El título de mi trabajo es LEER COMO REBELIÓN.
Sería fabuloso encontrarnos con algunos de los lectores del blog en dicha ocasión...
Pero, sin embargo, una de las cosas más hermosas que me viene sucediendo cada año desde el 2007 es que me acepten ponencias en el Congreso Internacional de Promoción de la Lectura y el Libro, organizado por Fundación El Libro, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Este año el Congreso cumple su 13° edición y la Feria su número 36°.
Si bien el evento se realizará los días 7, 8 y 9 de mayo, mi presentación se sitúa el día sábado 8, a las 10 de la mañana, en la Sala Roberto Arlt, Pabellón Verde.
El título de mi trabajo es LEER COMO REBELIÓN.
Sería fabuloso encontrarnos con algunos de los lectores del blog en dicha ocasión...
Transcripción del texto "Mi biblioteca, ese animal fantástico que sostiene mi vida" de Alberto Manguel*
_________________________________________
Durante los
últimos siete años he vivido en una vieja casa de piedra parroquial en Francia,
al sur del valle del Loira, en un pueblo de no más de 10 casas. Elegí este
lugar porque al lado de la casa del siglo XV había un granero suficientemente
grande como para poner mi biblioteca de unos 30 mil volúmenes, una colección de
más de seis décadas itinerantes. Sabía que cuando los libros encontraran su
lugar, yo encontraría el mío.
Mi biblioteca
no es una bestia única, está compuesta por muchas otras; es un animal
fantástico hecho de las diversas bibliotecas armadas y luego abandonadas una y
otra vez en el transcurso de mi vida.
Uno de mis
primeros recuerdos -debo haber tenido dos o tres años- es de una repisa llena
de libros que había en la pared, sobre mi cama con baranda, de la que mi niñera
escogía una historia para dormirme. Esa fue mi primera biblioteca; cuando un
año después o más aprendí a leer, el estante pasó a estar más seguro en el piso
y se transformó en mi reino privado.
Esa primera
biblioteca estaba en una casa en Tel Aviv, cuando mi padre era embajador de
Argentina; la siguiente creció en Buenos Aires durante mi adolescencia.
En cada lugar
que me quedé nació una biblioteca naturalmente. En París y en Londres, en el
calor húmedo de Tahití donde trabajé como editor durante cinco largos años (mi
Melville todavía muestra las marcas de los hongos de la Polinesia), en Toronto
y en Calgary, coleccioné libros; y cuando llegaba el momento de partir los
embalaba en cajas para que pudieran esperar pacientemente en esos espacios,
como verdaderas tumbas, que llegara el momento incierto de la resurrección. Y
siempre me preguntaba cómo sucedió esta acumulación de tinta y papel que una
vez más cubriría mis paredes como la hiedra.
La biblioteca
como es hoy alberga los remanentes de todas las anteriores, inclusive los
cuentos de hadas de los hermanos Grimm en dos tomos, impresos en letra gótica.
Hay unos pocos libros que cualquier bibliófilo serio valoraría: una Biblia del
siglo XIII, una media docena de libros de artistas contemporáneos, algunas
primeras ediciones y ejemplares firmados. Pero no tengo ni los fondos ni el
conocimiento para transformarme en un coleccionista profesional.
A diferencia
de una biblioteca pública, la mía no necesita códigos que otros lectores tengan
que comprender, y la he ordenado de acuerdo con mis propios requerimientos y
prejuicios. Su geografía está regida por una lógica estrafalaria.
No presto los
libros. Si quiero que alguien lea, compro un ejemplar y se lo regalo. Prestar
un libro es incitar al robo.
Ahora, después
de que cumplí 60, tiendo a buscar el placer de leer los libros que ya leí en
vez de descubrir otros. Vuelvo a visitar viejos conocidos que no me van a
distraer con sorpresas superficiales. Nos conocemos, esos libros y yo, y
podemos tomarnos todo el tiempo para la historia que se desarrolla.
Igual que
todas las bibliotecas, la mía terminará por exceder el espacio asignado. Apenas
a siete años de armarla, ya se ha expandido al cuerpo principal de la casa, que
tenía la esperanza de que tuviera paredes sin estantes.
Hay un cuento
de Julio Cortázar, "Casa tomada", en el que un hombre y su hermana se
ven obligados a mudarse de habitación en habitación a medida que algo
innombrable va ocupando centímetro a centímetro toda la casa, hasta que finalmente
terminan en la calle.
Adivino el día
en que mis libros, como invasores, terminen con su conquista gradual. Me
confinarán al jardín, pero me temo que inclusive ese lugar no escape a la
sedienta ambición de mi biblioteca.
*Alberto
Manguel es jurado del Premio Clarín de Novela.
Copyright
Clarín y The New York Times, 2008. Traducción de Cecilia Benítez.
texto disponible en:
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2008/06/01/z-03507.htm
viernes, 12 de marzo de 2010
martes, 9 de marzo de 2010
Trailer de La bestia, sobre la bellísima novela de Alex Flinn
Acá les dejo el trailer (BUENÍSIMO, por cierto) de la adaptación cinematográfica de la novela juvenil La bestia de Alex Flinn que en algún momento reseñé, y además ponderé muchísimo...
No puedo esperar a verla, aunque la chica no es de mis actrices más queridas precisamente, han acertado con el chico bonito...
Seguimos disfrutando de fragmentos de "La letra muerta", de Juan Domingo Agüelles
Como comentara en otra entrada, el talentoso
amigo mexicano Juan Domingo Argüelles, tuvo la gentileza de enviarme su libro
La letra muerta. Tres diálogos virtuales sobre la realidad de leer, y en estos
días me hallo disfrutádolo, paladeándolo para ser exacta, pues es un manjar que nos deja pensando y no puede ser
devorado de un golpe.
Antes de tener el libro posteé un fragmento
"Fundamentalismo y ortolectura",
y acá les dejo algunos segmentos que me parecen verdaderos bocados
deliciosos por su contundencia, agudeza y claridad.
Valgan para despertarles a Ustedes el
apetito...
_________________________________
"[...] No es que se lea menos, es que las formas de leer se han modificado. Los weblogs están llenos de personas que comparten reflexiones sobre lo que están leyendo. Esas personas leer libros, revistas, diarios y diversa variedad de impresos, pero también leen la producción generada en la red misma. Creo, con toda evidencia, que ahora existen mayores posibilidades de lectura, y que la que ofrece la red no es desdeñable.
El libro se ha visto beneficiado con todo esto. Los que piensan que internet acabará con la lectura de libros, o son ingenuos o no son lectores de libros. [...] Además, por cierto, en la red circula una enorme cantidad de texos que la gente intercambia y, por supuesto, lee. Esto también es lectura. ¿Desde cuando la única lectura legítima es la que se hace en libros de papel?" (págs. 58.59)
"[...] la escuela está muy lejos de formar lectores. Da la impresión incluso de que este objetivo no le interesa. Los que han formado lectores en las escuelas son algunos profesores, de manera individual y por su propia pasión lectora. En cambio, la escuela como institución sigue interesada en los grados, la meritocracia y el currículum que en desarrollar las capacidades y potencialidades de la duda, la reflexión, el placer de descubrir y todo lo que se ha dado en llamar la inteligencia emocional que no es otra cosa que el gusto de aprender, poner en práctica y compartir lo aprendido sin ningún tipo de coacción." (pág. 52)
"Quien piense que, a través de un interrogatorio, puede decubrir toda la verdad íntima de un adolescente, o es ingenuo o se está engañando a sabiendas. Todos tenemos derecho a preservar nuestra intimidad, y el ordinario interrogatorio sobre las experiencias de lectura es abusivo e invasivo. Cierta psicología autocomplaciente, fundada en la revelación pública de lo privado y de lo íntimo, ha hecho mucho daño en todo esto, y no ha aportado gran cosa para comprender que no hay obligación ni beneficio en estar revelando todo el tiempo los componentes del mundo íntimo. [...]
Quienes nos dedicamos a promover la lectura y a tratar de compartir la experiencia de leer, debemos asumir la necesidad de conocer algo más que de los libros y las teorías de los libros: antes que de cualquier cosa, la condición humana, cuya esencia asoma siempre en nuestras reflexiones, dudas, cuestionamientos, cuando realmente nos interesa saber y no simplemente conformarnos con lo que creemos que sabemos." (págs 42-43)
"Mi propuesta es harto simple, sin que por ello tenga que ser simplista: si en vez de insistir dogmáticamente en la lectura de libros como panacea de todo, compartiéramos con los demás las virtudes del diálogo, la duda, el pensamiento, la reflexión y las emociones, leer libros vendría como una consecuencia maravillosamente natural, porque las dudas y las reflexiones, nos llevan a los libros y los libros, a su vez, nos regresan al diálogo, el pensamiento, la reflexión, las emociones y , por supuesto, el aumento creador y creativo de las dudas." (pág. 26)
"Sigo pensando, con Alberto Maguel, que la proporción de lectores con respecto al resto de la sociedad seguirá siempre muy pequeña. Esto no ha variado significativamente con el paso de los siglos: cada día aumenta el número de lectores, pero proporcionalmente se incrementa también la población mundial. Los lectores fueron minorías en los siglos XIX y XX, y siguen siendo minoría hoy. Manguel tiene una frase espléndida cuyo propósito es liberarnos de la angustia que puede producirnos esta realidad: 'Los lectores son una élite, pero una élite a la cual todo el mundo puede pertenecer'. Es de una sabiduría extraordinaria. " (pág.54-55)
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