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Durante los
últimos siete años he vivido en una vieja casa de piedra parroquial en Francia,
al sur del valle del Loira, en un pueblo de no más de 10 casas. Elegí este
lugar porque al lado de la casa del siglo XV había un granero suficientemente
grande como para poner mi biblioteca de unos 30 mil volúmenes, una colección de
más de seis décadas itinerantes. Sabía que cuando los libros encontraran su
lugar, yo encontraría el mío.
Mi biblioteca
no es una bestia única, está compuesta por muchas otras; es un animal
fantástico hecho de las diversas bibliotecas armadas y luego abandonadas una y
otra vez en el transcurso de mi vida.
Uno de mis
primeros recuerdos -debo haber tenido dos o tres años- es de una repisa llena
de libros que había en la pared, sobre mi cama con baranda, de la que mi niñera
escogía una historia para dormirme. Esa fue mi primera biblioteca; cuando un
año después o más aprendí a leer, el estante pasó a estar más seguro en el piso
y se transformó en mi reino privado.
Esa primera
biblioteca estaba en una casa en Tel Aviv, cuando mi padre era embajador de
Argentina; la siguiente creció en Buenos Aires durante mi adolescencia.
En cada lugar
que me quedé nació una biblioteca naturalmente. En París y en Londres, en el
calor húmedo de Tahití donde trabajé como editor durante cinco largos años (mi
Melville todavía muestra las marcas de los hongos de la Polinesia), en Toronto
y en Calgary, coleccioné libros; y cuando llegaba el momento de partir los
embalaba en cajas para que pudieran esperar pacientemente en esos espacios,
como verdaderas tumbas, que llegara el momento incierto de la resurrección. Y
siempre me preguntaba cómo sucedió esta acumulación de tinta y papel que una
vez más cubriría mis paredes como la hiedra.
La biblioteca
como es hoy alberga los remanentes de todas las anteriores, inclusive los
cuentos de hadas de los hermanos Grimm en dos tomos, impresos en letra gótica.
Hay unos pocos libros que cualquier bibliófilo serio valoraría: una Biblia del
siglo XIII, una media docena de libros de artistas contemporáneos, algunas
primeras ediciones y ejemplares firmados. Pero no tengo ni los fondos ni el
conocimiento para transformarme en un coleccionista profesional.
A diferencia
de una biblioteca pública, la mía no necesita códigos que otros lectores tengan
que comprender, y la he ordenado de acuerdo con mis propios requerimientos y
prejuicios. Su geografía está regida por una lógica estrafalaria.
No presto los
libros. Si quiero que alguien lea, compro un ejemplar y se lo regalo. Prestar
un libro es incitar al robo.
Ahora, después
de que cumplí 60, tiendo a buscar el placer de leer los libros que ya leí en
vez de descubrir otros. Vuelvo a visitar viejos conocidos que no me van a
distraer con sorpresas superficiales. Nos conocemos, esos libros y yo, y
podemos tomarnos todo el tiempo para la historia que se desarrolla.
Igual que
todas las bibliotecas, la mía terminará por exceder el espacio asignado. Apenas
a siete años de armarla, ya se ha expandido al cuerpo principal de la casa, que
tenía la esperanza de que tuviera paredes sin estantes.

Adivino el día
en que mis libros, como invasores, terminen con su conquista gradual. Me
confinarán al jardín, pero me temo que inclusive ese lugar no escape a la
sedienta ambición de mi biblioteca.
*Alberto
Manguel es jurado del Premio Clarín de Novela.
Copyright
Clarín y The New York Times, 2008. Traducción de Cecilia Benítez.
texto disponible en:
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2008/06/01/z-03507.htm
4 comentarios:
¡Pedazo estantería! *O*
Yo quiero tener una biblioteca, jajaja.
Te sigo, ¡un saludo!
Gracias Leyna...
Abrazos librescos
Gaby
Si, sorprendente pero hoy en la escuela me aburrí mucho porque ayer acabe el Conde de Monte Cristo y bueno algo que vos me recomiende?
Muchas gracias por el texto, es realmente precioso, ojalá en el futuro yo también tenga que irme a vivir al jardín porque mi biblioteca ocupó toda mi casa! besos
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