lunes, 15 de junio de 2009

Pido prestadas palabras cuando me harto de decir lo mismo...

“[…] en primer lugar, la enseñanza de la lectura no debe hacer que su aprendizaje constituya una carga abrumadora para el niño, que lo haga sentirse incompetente para apropiarse de un instrumento que le va a ser tan necesario. Es imposible que nadie pueda encontrar satisfacción en algo que le representa un esfuerzo insalvable, que le devuelve una imagen devaluada de sí mismo.

En segundo lugar, la enseñanza de la lectura necesariamente ha de incorporar su dimensión lúdica, personal e independiente. En todos los niveles de la escolaridad hay que encontrar tiempo y espacio programados para el leer por leer, leer para uno mismo, sin otra finalidad que la de sentir el placer de leer. Para muchos niños y niñas, la lectura es algo mágico y cotidiano, un tiempo compartido con los padres, teñido de relaciones afectivas, cálidas y afectuosas, en el curso del cual han podido descubrir el conocimiento más importante relativo a la lectura: que sirve para entrar en un mundo que amplía el medio más inmediato; ese conocimiento debería poder utilizarse y profundizarse en el centro educativo. Pero como hemos señalado anteriormente, también hay otros niños que no han tenido la misma oportunidad de relacionarse con los libros; la escuela debería ser para ellos el lugar donde descubrirlos y disfrutarlos, donde pudieran vincular la lectura […] sobre todo a la posibilidad de acceder al significado del texto y al placer de leer.

No debería desprenderse de lo dicho hasta aquí que fomentar el placer de la lectura es algo independiente de cómo ésta se enseña; […] existe una estrecha relación entre lo uno y lo otro, y no podría ser de otro modo, pues una enseñanza de la lectura que no fomente el deseo de leer no es una buena enseñanza. […]”

SOLÉ GALLART, Isabel I. “El placer de leer”, Revista Lectura y Vida, N° 3, Año 16, septiembre de 1995.

Sobran las palabras, sólo quisiera que algunos de los maestros que prestan a mis alumnos de Profesorado sus aulas para sus primeras experiencias de enseñanza de la lengua lo tuvieran lejanamente en cuenta. Claro que no parecen haberse enterado de ello si les indican temas para dar como “el adjetivo”, “el verbo”, “las partes del cuento o de la noticia”; si de entrada se centra su labor en la transmisión de contenidos conceptuales dispersos, ajenos, descontextualizados, si los procedimientos están ausentes, si no hay en marcha proyectos de escritura y lectura que sostengan la formación de lectores y escritores entusiastas, apasionados, críticos, conscientes; lo que no se logra obviamente en una o dos clases sueltas al año, sino en una labor escolar constante que comienza en el nivel inicial y se extiende ininterrumpidamente hasta el último curso del secundario.

A veces me harto de decir lo mismo, por eso tomo prestadas las palabras de otros de los que aprendo a diario…

1 comentario:

Cristina Pérez dijo...

Hola, Gaby!!!
Cuán ciertas son estas palabras!
Personalmente soy una de las que se ha visto tocada de cerca por lo que el artículo que publicas dice. En las escuelas no siempre se tiene en cuenta esto de fomentar el placer por la lectura y la escritura y la forma en que se enseñan. Los contenidos conceptuales siguen siendo el pie de apoyo para muchos que aún no se animan, creo yo, a pensar y proponer una forma distinta de enseñar y aprender, que sea significativa en realidad y no sólo de palabra. Me indigna verlo en las aulas y no poder hacer nada o muy poco ya que sólo estaré muy poco tiempo en las mismas.
Algunos entendemos y estamos convencidos de que otra forma de enseñar y aprender Lengua es posible en las aulas. El problema viene cuando nos atan las manos a la espalda y la manera tradicional de enseñar. ¿Es que no piensan en que los que se están perjudicando son los chicos?


Besos...
Tu amiga Cris