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sábado, 26 de enero de 2008

Tres de un bocado: mini-reseñas entreveradas

La lectura desordenada de varios libros a la vez, de cosas muy disímiles, de a ratitos y a los saltos, es un placer que uno aprende de niño cuando se zampa todo lo que se le cruza con voracidad poco quisquillosa.

Y de vez en cuando ejercer -de adulto ya- ese ir y venir entre los libros para grandes, artículos teóricos, documentos oficiales de educación y libros para jóvenes o niños, nos brinda un placer inusitado.

En estas andanzas lectoras de verano me he zambullido en algunos textos de la Biblioteca de Literatura Infantil y Juvenil “Humberto Sapo Verde” puesto que, más allá del deleite que me produce leer libros para chicos, mi función de mediadora entre estos y “los grandes” que son mis alumnos de Profesorado requiere que los convide conociendo el plato que les propongo degustar…

Entonces: aquí van tres mini-reseñas para tener en cuenta:

Eso no me lo quita nadie, de Ana María Machado.

Una historia simpática y tierna, pero a la vez original y para nada empalagosa: a Gabi le gusta Bruno, pero él ha sido el amor platónico de su prima Dora durante mucho tiempo, y ella ha construido castillos en el aire de los que ha dado noticia a toda la familia. Por lo tanto, cuando las cosas inician un camino inesperado la que deberá pelear por sus derechos y su independencia será Gabi. La novela cuenta con gracia las vicisitudes de ser adolescente y convivir con los límites paternos, de enamorarse por primera vez y de empezar a crecer necesitando un espacio propio y asumiendo responsabilidades.

La contratapa la recomienda desde 11 años en adelante.

Vuela, Ertico, vuela, de Joel Franz Rosell.

Értico es silencioso, bajito y siempre pasa desapercibido. En la escuela no tiene amigos aunque muere por tenerlos. Claro que, en cambio, posee una abuela muy original, como su casa, y ni hablar del desván lleno de cachivaches extraños, olores insólitos y ruidos.

Y ella es quien hará lo posible por ayudarlo: a ser popular, a ser inteligente, a ser atlético, al menos por un tiempo… pues estas características no le consiguen amigos duraderos.

Una historia con magia, graciosa y sugestiva.

La contratapa recomienda este libro desde 7 años en adelante.

Uña de dragón (una historia que son dos), de Graciela Montes.

Una hermana un poco insoportable que se llama Ana, una mamá traductora, una gata apodada Yugoeslavia, un papá que hace ciudades con miga de pan, una tía gorda: Elvira, unos primos mellizos, Colita el perro de la vecina; así está compuesta -entre otras cosas- la vida de Paula quien además posee -perdón: poseía- un tesoro único que ha desaparecido: una uña de dragón…

Y así , con su modo único y maravilloso de narrar, Montes nos cuenta con la voz de esta jovencita, las peripecias diarias de la niña que sospecha que el dragón va a venir a buscar su uña (porque toda uña extraviada tiene su dragón que anda queriendo recuperarla), esa que ella añora y cree que Ana le escondió, porque ahora está muy cambiada.

Sin embargo, eso no es todo, el libro nos ofrece a página compartida (para leer a la vez, antes o después) un Pequeño Manual para el uso de las uñas de dragón que Paula, ayudada por Ana (la otra, la que valía la pena, no la actual que está caprichosa, miente y se la pasa cuchicheando con su amiga), escribió para nuestra información, porque uno no sabe cuando se puede hallar una uña de dragón en el fondo de una lata de galletitas o en el piso de un colectivo.

No hay recomendación de edad en la contratapa, y la verdad, es lo de menos, ...para todos los que quieran deleitarse como me pasó a mí.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Paul Stewart y Chris Riddell. Crónicas del límite: Más allá del bosque.

Debería agregar un nuevo título a los que me robaron el corazón durante el año 2007. Puesto que estoy fascinada con esta belleza, es una obra de arte en todos los sentidos, constituye una mágica aventura para niños (y para todos los que tenemos el corazón anclado en la infancia), primera parte de una extensa saga de estos autores ingleses.

En realidad, actualmente en español se hallan publicados dos títulos que forman parte de una serie de tres trilogías (en inglés han aparecido ocho títulos ya). Este, que cayó en mis manos por sugerencia de mi esposo un día en que “revolvíamos” una librería, constituye la primera parte de la Trilogía de Twig. Existen en inglés una trilogía previa: la de Quint (el papá), y una posterior: la de Rook (el nieto de Twig).

¿Qué puedo decir? El libro es adorable, tierno, simpático, imaginativo, atrapante, y las imágenes son total y absolutamente magistrales. No me alcanzan las palabras para describir el modo de ilustrar de Riddell: es único, los detalles, la precisión, la originalidad, la creatividad son alucinantes …

Hay comparaciones inevitables que se me ocurren al leer Más allá del bosque, y de ninguna manera son para minusvalorar la obra, al contrario, pues hallo que tiene lo mejor de otros autores: Tolkien, Rowling, Brian Jacques y Angie Sage.

Por un lado, me trae a la memoria el ingenio de Rowling por la prolífica creación de animales fantásticos, a la vez que se me cruza en la mente Angie Sage quien recrea múltiples seres fabulosos en su serie Séptimus. Por otro lado, me hace pensar en la magnífica creación de Jacques y su serie de Mossflower, no sólo por sus animales encantadores, sus correrías en el bosque y los magníficos festines de Redwall, sino por la belleza de las ilustraciones. Y por último, el joven Twig, quien debe adentrarse en el Bosque Profundo, me recuerda las aventuras de los hobbits del maestro Tolkien, pequeñas criaturas frágiles que descubren la valentía frente a los sucesos que los avasallan.

Twig, no es un troll, y si bien ellos lo criaron con cariño, debe emprender la búsqueda de su destino más allá del bosque; es así que inicia la aventura, soñando con los piratas del cielo y temiendo que si se aleja del camino -cosa que jamás haría un troll- pueda extraviarse y correr mil peligros… lo que precisamente le sucede. Y así conocerá a los diferentes seres que pueblan el Bosque Profundo, unos bondadosos, otros malvados, pero siempre exóticos: el aerogusano, el machacacráneos, el pájaro canter, los matarifes, los trasgos fermento, el amable oso bander, el chupaputre, la ogras troglo, la blablatroll, y por fin los piratas del cielo… La historia queda abierta para futuras andanzas, pero puede leerse sin ningún problema ya que la trama cierra en su eje principal.

Encantadora, esta novela merece ser leída sin dudar por todos aquellos que como Twig soñamos con alejarnos del hogar y enfrentarnos a un mundo lleno de misterios y peligros sin igual.

Los autores.

Paul Stewart nació en 1955 en Londres. Se graduó en la Universidad de Lancaster. Trabajó por varios años como profesor de inglés como lengua extranjera en Sri Lanka y cuando volvió a Inglaterra continuó enseñando, hasta que se dedicó tiempo completo a escribir. Su primer obra apareció en 1988 y ha publicado numerosos libros para niños.

Vive en Brighton con su esposa –docente de escuela primaria- y sus dos hijos.

Chris Riddell

Es un ilustrador de numerosos libros para niños, y caricaturista destacado, ha recibido numerosos premios por su labor, que constituye un tipo de dibujo muy distintivo y particular con fascinantes detalles y elementos fantásticos. Regularmente aparece como caricaturista político en The observer.

Vive en Brighton con su esposa y su hijo.

viernes, 18 de mayo de 2007

Vicios más corrientes ...de la literatura infantil y juvenil

Reproduzco un fragmento bibliográfico que me parece muy iluminador y muy preciso acerca de defectos extendidos y aceptados como naturales (y hasta deseables desde ciertas perniciosas posturas ideológicas) tanto en la literatura infantil como juvenil.
Vicios más corrientes
(VENEGAS, María Clemencia, Margarita Muñoz y Luis Darío Bernal. Promoción de la lectura en la biblioteca y en el aula. Buenos Aires, Aique, 1994.)
"[...] En otras palabras, veamos qué elementos no debe tener la verdadera literatura infantil:
1. El aniñamiento
Este vicio parte de una falsa y vulgarizada idea sobre lo que es y lo que piensa un niño. Hay adultos que creen que por tener un cuerpo pequeño, el menor es tonto, sin inteligencia, sin capacidad de selección de sus gustos o de comprensión de la calidad de las cosas que lo rodean.
En consecuencia, quien se dirige al niño, sin entenderlo, trata de reducir las palabras, las imágenes y las temáticas a la pobreza creativa. Buscando lo sencillo, se llega fácilmente a lo simple.
Veamos algunas formas de aniñamiento:
A. Diminutivismo: uso inadecuado, exagerado y meloso del diminutivo. Por ejemplo: los textos en que todas las piedras son piedrecitas; los carros, pequeños carritos; el tiempo pasa en momentitos, ratitos, etcétera.
B. Aumentativismo: es la otra cara de lo anterior. Todo objeto, persona o animal es exageradamente grande o potente: "un hombrón descomunal, un larguísimo camino; unos zapatones enormes, grandototes", etc., o se abusa de prefijos tales como Super, de limitado uso, reduciendo aun más las posibilidades de desarrollo verbal infantil, "Superhombre, Supertriste, Supergrande". Otro tanto sucede con recontra, archi, mini, etcétera.
2. El didactismo
El didactismo concibe al niño exclusivamente como sujeto de aprendizaje, a través de la literatura. Es un vicio presente en buena parte de los textos infantiles de todas las épocas, que incide negativamente sobre el posterior desarrollo del pequeño lector, no sólo desde el punto de vista de su hábito de lectura, sino desde el de la formación y equilibrio de su personalidad.
Además del esfuerzo que debe hacer el niño en la escuela por asimilar toda suerte de enseñanzas con métodos no siempre agradables o llamativos, reciben en todo momento, ya en la casa, o ya en la comunidad en la que se desenvuelve, otro cúmulo de conocimientos -desordenados, además- envueltos en reglas de comportamiento, a menudo contradictorias que frecuentemente se niega a aceptar calladamente. Consecuencia lógica son los continuos conflictos con sus padres, parientes o adultos cercanos.
Si utilizamos la literatura infantil para continuar torpedeando al lector con cargas informativas, acabamos no sólo ahogándolo con datos, sino mermándole sus posibilidades naturales de investigación al alejarlo, por cansancio, del hábito de la lectura.
El didactismo no solamente puede pretender instruir a toda costa; también puede ser:
Moralizante
Utilización del texto literario para comunicar al niño los principios morales propios del autor y del momento social en el que éste se desarrolla.
Religioso
Uso del libro infantil para crear en el niño un afecto especial hacia una determinada confesión o fe religiosa.
Patriotero
Exaltación, por medio del libro, de determinados valores que se suponen emblemas de una nacionalidad.
Su peligro estriba no sólo en la creación de mitos que el niño no alcanza a comprender de manera racional y libre, sino en que -al sobrevalorar los símbolos patrios- generalmente se menosprecia el verdadero valor del concepto patria, u otras realidades nacionales.
Ideologista
Esta forma de didactismo, que a menudo resume las tres anteriores pero que tiene no obstante perfiles propios, es la más peligrosa desde el punto de vista de la formación mental del niño. Su propósito es construir en la mente del pequeño lector una predeterminada concepción del mundo. De ella depende, finalmente, lo que ese niño va a decir sobre el mundo, la sociedad y el pensamiento. Esta forma de penetrar la conciencia del niño, frecuentemente tiene un fin político o partidista.
Hay que dejar en claro, sin embargo, que toda actuación del ser humano en cualquier época, tiene una marca ideológica. Es decir, que obedece a la forma como el hombre concibe, observa y desea las cosas que lo rodean. Toda persona tiene una concepción ideológica del mundo que le ha tocado vivir.
El autor de literatura infantil tiene obviamente su propia y personal visión de la realidad. El problema nace cuando utiliza el libro infantil para manipular la conciencia del pequeño lector hacia de- terminada concepción del mundo. Así, el niño acude al libro para divertirse y, sin que él pueda darse cuenta, otros están organizando su mente y su sensibilidad en determinada dirección.
3. El paternalismo
El paternalismo en la literatura trata al lector siempre como a un hijo. El niño entiende que el libro así concebido es una especie de remedo pobre de su padre y lo rechaza. Su curiosidad natural al ampliar su universo se resiente ante esta reducida concepción de lo que debe ser el universo infantil.
Curiosamente, la falla mayor del paternalismo literario es su melosidad. Se cree falsamente que, para dirigirse a un niño literariamente, es necesario un tratamiento dulzón, absolutamente pueril, que el niño inmediatamente rechaza. Todo niño huye instintivamente del manoseo de los adultos en la realidad. Con mayor razón en la literatura, a la cual acude, entre otras razones, cuando necesita huir de la normatividad que le imponen los adultos, y adquirir autonomía como individuo, afirmando su independencia.
4. La cursilería
Este vicio, que también se encuentra con alguna frecuencia en el tratamiento de los libros dedicados a los pequeños lectores, surge cuando el escritor, queriendo tener un estilo literario demasiado elegante y formal, cae precisamente en lo preciosista, ridículo y de mal gusto; lo cursi es mal recibido por los niños, por ser poco espontáneo y natural.
5. El maravillismo
Es la falsa pretensión de algunos libros infantiles de atraer la atención del lector, a partir de exageraciones que supuestamente captan el interés del niño. El recurrir a múltiples adjetivos de manera frecuente y directa (fantástico, maravilloso, magnífico, majestuoso) o a imágenes truculentas, cubre fallas de la trama, del cuento, el acontecimiento o el personaje que no son realmente fantásticos o maravillosos, sino tontos y faltos de interés. Indican, además, no sólo pobreza en el lenguaje, sino incapacidad imaginativa y narrativa por parte del escritor. Hacen el texto denso y difícil de entender. [...]"

sábado, 24 de marzo de 2007

En defensa de la fantasía…

En estos días en que los argentinos nos detenemos a reflexionar muy particularmente acerca de las libertades, los derechos humanos y los eventos trágicos de nuestra historia que aún siguen impunes, no puedo menos que recordar los tiempos de mi escolaridad en los que de ninguna manera hubiésemos podido leer lo que les es dable leer a mis alumnos hoy.
¿Por qué se me ocurre a mí pensar en esto cuando habría tantos otros aspectos desde los que abordar la cuestión? Sencillamente, porque en este oficio en el que las palabras son el centro de mi diaria tarea, en el que albergo la esperanzada convicción de que apropiarnos de nuestro decir contribuya a hacernos libres, no puedo más que detenerme a analizar que aún hoy la fantasía, la imaginación, el juego, la invención, son temidas y sospechadas.
Luego de veinticuatro años de democracia no hemos superado aún la mordaza y circulan soterradas corrientes que miran de reojo y con desprecio cuando las palabras crean, cuando se llenan de doble sentido, cuando se les da por el disparate, cuando se alían en el descalabro de lo establecido y estereotipado, cuando recuperan lo diferente, lo extraño, cuando rompen la norma.
A veces esta sociedad insólita y más alucinante que cualquier ilusorio relato de ciencia ficción, sigue caratulando y segregando aquello que le incomoda. Y no por nada: la literatura, y particularmente lo fantástico, tienen el poder de decir sobre el mundo y el ser humano en ocasiones tanto o más que el y “educativo” supuesto realismo... y eso es de temer.
Me tomo el atrevimiento de presentarles a continuación una serie de fragmentos del libro de Graciela Montes: El corral de la infancia. Acerca de los grandes, los chicos y las palabras. (Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991) en los que la autora reflexiona maravillosamente sobre esta cuestión:
“[…]en 1978, durante la dictadura militar, un decreto que prohibió la circulación de La Torre de cubos, de Laura Devetach, hablaba en sus considerandos de exceso de imaginación –“ilimitada fantasía” dice- como una causa principal para desaconsejarlo. En fin, la fantasía es peligrosa, la fantasía está bajo sospecha, en eso parecen coincidir todos. Y podríamos agregar: la fantasía es peligrosa porque está fuera de control, nunca se sabe bien adónde lleva.
[…]
Pero ¿de qué se acusa en realidad a la literatura infantil cuando se la acusa de fantasía? ¿Por qué tanta pasión en la condena? ¿En nombre de qué valores se lanza el ataque? ¿Qué es lo que se quiere proteger con ese gesto?
Estoy convencida de que, en esta aparente oposición entre realidad y fantasía, se esconden ciertos mecanismos ideológicos de revelación/ocultamiento que les sirven a los adultos para domesticar y someter (para colonizar) a los chicos.
[…]
De que la realidad resulta escandalosa puedo dar testimonio personal. Cuando en 1986 edité una serie de libros para niños donde daba cuenta con palabras sencillas pero sin pelos en la lengua de lo que había sucedido en nuestro país durante la dictadura y hablaba, por primera vez en un texto para chicos, de los desaparecidos, las críticas de los sectores más reaccionarios de la educación se centraron en que ésos no eran temas para tratar con los chicos. Para muchos no estaba mal hablar de derechos humanos, por ejemplo, siempre y cuando uno se mantuviese en el terreno del deber ser; uno podía enumerarlos y decir que había que respetarlos pero de ninguna manera relatar sus violaciones.
Esa cuidadosa desrealización de la realidad es la que campea en nuestros libros de historia, que se convierten en galerías de héroes, villanos y fechas patrias, es decir en una auténtica deshistorización de la historia.
En síntesis, el manejo de la pareja realidad/fantasía le permite al adulto ejercer un tranquilo y seguro poder sobre los niños. Con esas dos riendas, los adultos -no porque sí sino seguramente por motivos muy profundos, por viejas tristezas y viejas frustraciones, tal vez tratando de proteger la propia infancia de toda mirada indiscreta- podemos mantener a los chicos en el corral dorado de la infancia.
El corral protege del lobo, ya se sabe; pero también encierra. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos controladores, tanto la fantasía descontrolada -la que se atreve a todo, la que se vuelve fácilmente sensual o sangrienta y cruel- como la realidad se cuelan dentro del corral. Están en los juegos de los chicos -donde uno vive, muere o se salva fantásticamente pero con intensidad muy real-, están en los disparates, en las retahílas (siempre me acuerdo de una que jugábamos cuando era chica para elegir quién era mancha: “Bichito colorado mató a su mujer con un cuchillo de punta alfiler. Le sacó las tripas las puso a vender: ¡A veinte a veinte las tripas de mi mujer!”), en los viejos cuentos (en los que creo que se refugiaron los chicos por falta de fantasías nuevas) y también en algunos libros que burlaron la vigilancia de los pedagogos y circularon con sus locas fantasías y sus intensas realidades por todas partes.
[…]
En fin, es una búsqueda nueva; ni el sueñismo de la fantasía divagante ni el realismo mentiroso. Más bien exploración de la palabra, que es exploración del mundo y que incluye en un solo abrazo lo que suele llamarse realidad y lo que suele llamarse fantasía. Es decir, literatura.
Durante muchos años pesó más el platillo de lo infantil; ahora está empezando a pesar el platillo de la literatura. La literatura, sospecho, nos va a sacar del corral.
[…]”

miércoles, 21 de marzo de 2007

Te contamos un Cuento IV:La Reina Zarposa

Texto escrito por J. L. y su tía C. La autora era socia del Club de Jóvenes Lectores y este cuento fue publicado en Libromanía, Revista del Club de Jóvenes Lectores, María Grande - AÑO 2 – NÚMERO DOS, junio/julio de 2004, Año del Centenario de María Grande.
Ambas fueron las autoras del dibujo que ilustró la tapa de la publicación, la cual representaba a nuestra mascota: una tortuguita de... cerámica.
La reina Zarposa era una babosa muy glamorosa que vivía en su reino comprendido entre el tobogán más alto del parque Merceditas y el cordón de la vereda sur. Aunque nadie sabía bien de la veracidad de su realeza, ninguno de sus súbditos se atrevía a cuestionar a la soberana porque tenía muy mal carácter. Sin embargo, lo que nadie ponía en duda era que la reina Zarposa era famosa por su fastuosa “Convención de los exóticos”, fiesta que brindaba cada año, donde ella presidiendo un jurado formado por su séquito real, elegía el animal o grupo de animales más raros del encuentro. Ese día se reunían en el parque tortugas con la caparazón en la panza, caballos que en vez de colas tenían trenzas, vacas que daban leche chocolatada, los infaltables perros con dos colas y otros bichos raros que año a año superaban en originalidad la capacidad de asombro de la reina Zarposa. Un día, un chico muy bueno e inteligente pero a la vez travieso llamado Matías salió de la escuela y como de costumbre buscó a su perra Pelusa para ir al parque y tomar unos mates debajo del árbol con ramas en forma de hongos. Mientras Matías le contaba a Pelusa su día en la escuela oyeron un zumbido bajito. Miraron hacia arriba y vieron unos mininos graciosamente emperifollados volando en formación hacia el sur. -¿Adonde van esos gatos alados?- preguntó Pelusa. -A ver a la reina Zarposa- contestó Matías sin agregar detalles. -¿Y quién es esa reina?- quiso saber Pelusa. Entonces Matías le contó de la reina y de la convención anual y Pelusa no quiso perderse semejante evento así que guardaron el mate en la mochila y fueron tras los gatos alados. Al llegar al castillo de la reina Zarposa quedaron maravillados al ver patos con picos de cigüeñas, cangrejos que caminaban hacia delante, zorrinos que desprendían olor a lavanda, cebras que en vez de rayadas eran circulares y otras rarezas del mundo animal. Después de un gran banquete y el discurso de la reina Zarposa comenzó la elección de “Los exóticos del año”. Cuando llegó el turno de los gatos alados realizaron una prolija exhibición aérea que deleitó al público y al jurado por supuesto. Al final de la jornada, la reina y el jurado nombraran ganadores a los gatos alados ante los aplausos de algunos y los pucheritos de otros presentes. Pelusa, observando desde lejos estaba verde de envidia por el premio de los gatos, que como todos saben, son enemigos de los perros. Pero cuando la fiesta terminó y todos los animalitos se fueron, Matías y Pelusa, que se quedaron observando detrás de un árbol, conocieron las verdaderas intenciones de la babosa: la reina Zarposa, que era muy vanidosa y ambiciosa, quería que los gatos fueran sus esclavos y la transportaran en su travesía para extender los límites de su reino. -¡Tenemos que hacer algo para ayudar a los gatos alados!- dijo Pelusa olvidando viejos rencores. -Tengo la solución: hay que conseguir cloruro de sodio- dijo Matías acomodándose los lentes. -¿Y de donde vamos a sacar eso?-preguntó la perrita. -De la cocina de mamá- dijo el nene y le explicó que en realidad, el cloruro de sodio no es más que la sal que las mamás usan para cocinar. -Ah, bueno, vamos por la sal entonces- gritó Pelusa mientras salía corriendo. En la casa de Matías prepararon una solución con sal y agua y regresaron al parque y reino de la reina Zarposa, donde vieron que los gatos estaban muy tristes dentro de celditas mientras que la reina se paseaba por los jardines de su castillos. De un salto, Matías y Pelusa rodearon a la reina y la amenazaron: -¡Reina Zarposa, libera a los gatos alados o morirás bajo el efecto de esta solución salitrosa!. -¡No, eso no!- pedía por favor la babosa que resultó ser muy temerosa y se moría de miedo pensando en que podía terminar achicharrada por la sal. Inmediatamente la reina miedosa dejó libres a los gatos que salieron volando muy agradecidos. Los que casi salieron volando también fueron Matías y Pelusa porque el nene, con tanta convención tramposa, había olvidado que tenía que hacer la tarea de matemáticas y su mamá lo estaría buscando furiosa. Y colorín colorado, este cuentito genial ha terminado.

domingo, 18 de marzo de 2007

YO NO QUERÍA HABLAR MÁS DE HARRY POTTER

Ponencia presentada en las Primeras Jornadas de Lectura y Escritura del Litoral -Santa Fe, Argentina, 2006-.
Autora: Lic. Gabriela Monzón
Para descargar el texto completo en formato PDF hacer click acá:

(hacer click en Download file)

Hace un tiempo dije: “Estoy harta de escuchar cualquier disparate sobre Harry Potter”, y en consecuencia tomé la firme decisión de no hablar más del tema… Esto se debía al más puro y simple agotamiento, porque sentía que -en todo momento- debía estar explicando, aclarando, informando, desmintiendo, a quienes abrían la boca porque la tenían puesta.
Pero entonces me pregunté ¿no hablar más sobre Harry Potter? ¿Cómo? Si precisamente eso es lo que generan los libros de la escocesa: infinitas posibilidades de diálogo entre sus lectores, deseos de discutir, de opinar, de comparar, de recordar... Claro, entre sus lectores; mi decisión tenía que ver con el fenómeno mediático social al que llamo “de opinología” en el que de ninguna manera era válido participar.
Sin embargo, a raíz de estas reflexiones surgieron otras, porque no sólo soy una lectora, sino además docente y formadora de docentes y esta circunstancia me sugirió un cúmulo de problemáticas de fondo en relación con el contexto que rodea a esta serie de libros. Por esto decidí analizar el fenómeno que ha generado (quiénes opinan y en qué contexto), algunos requisitos para emitir un juicio sobre una obra literaria, cómo afecta el fenómeno comercial a la obra en sí; pero lo que es más importante, qué revelan todos estos debates sobre otras problemáticas: los chicos, los grandes, la lectura y los libros.
Debo reconocer, primero que nada, que siento un afecto muy especial por las novelas de Rowling, y hago todo lo posible porque despierten en otros lo que produjeron en mí; mal que les pese a los eruditos elitistas, mal que les pese a los defensores de los clásicos como única posibilidad de lectura. Incluso, mal que les pese a lo que sencillamente no les gustaron estos libros.
He descubierto que los que hemos leído estas novelas y nos hemos enamorado de ellas compartimos la pasión, y nos hermana el sentimiento que provoca ir llegando a las últimas hojas y sentir que al finalizar ya nada será igual, somos todos el pequeño personaje de la Historia interminable.
Pero más allá de estas cuestiones que pueden considerarse personales, concluí que sería una irresponsabilidad si dejara pasar la oportunidad de poner sobre el tapete una serie de consideraciones que he ido elaborando como lectora, como docente y como mediadora, a raíz de esta polémica en la que cualquiera parece tener qué decir.
Creo que esta es además una oportunidad para indagar y quizá ofrecer algunas pistas sobre los chicos y los libros, sobre los chicos y la lectura, sobre la supuesta no lectura, sobre nuestro rol de adultos en general, sobre los grandes y los libros, sobre nosotros los mediadores, sobre la pasión de leer…
Y, lo cierto es que hay más razones. Me preocupa que el debate se quede en la superficie; me indigna el elitismo que ronda los ámbitos de la cultura, la educación y la literatura; me intranquiliza que se centre la discusión en Harry Potter sí o Harry Potter no; me fastidia que discutir sobre el muñequito o cualquier producto del merchandising distraiga del eje: lectura/chicos/libros; me irrita que adultos que conozco -cuyo promedio de lecturas por año tal vez no supere los dos títulos- estén haciendo aspavientos acerca de que los adolescentes lean nada más que Harry Potter o que lean precisamente eso; me disgusta la envidia, la moralina, la ignorancia, la pacatería, la estupidez, el proteccionismo abusivo de los adultos, el desconocimiento de estos acerca del mundo de los niños y los adolescentes, su compulsión a colonizar/ explotar/ controlar el territorio de estos sin dejar afuera ni siquiera el arte…
En este debate -no siempre referido a la obra literaria, como debería ser- tercian: padres, escritores, docentes, periodistas, editores, y muchos otros que de una u otra manera están ligados a la cultura; pero también opina cualquiera.
Debo rescatar -por honestas y autorizadas- las opiniones de quienes poseen una trayectoria en relación con la literatura infantil y juvenil. E incluso, las de aquellos escritores no especializados en ella que esgrimen apertura mental como para valorar el fenómeno de estas novelas en cuanto difusión de la cultura y la lectura, sea que se declaren admiradores o no de los textos.
Entremos ahora a distinguir responsabilidades. En la vida cotidiana “todo el mundo” tiene derecho a decir lo que piensa, y si bien es sanamente recomendable estar mínimamente informados al proferir comentarios sobre cualquier tópico, convengamos que los argentinos por la boca mueren.
Sin embargo una cosa es la opinión “de la calle”, y otra la que los medios legitiman exponiéndola masivamente. Existe una irresponsabilidad -sospechosa por persistente- en la tendencia a que cualquiera se erija en juez y disminuya el espacio dedicado a la palabra de los que algo saben. Esto sucede muy frecuentemente en muchos terrenos, pero la niñez y la adolescencia, suelen ser una área en la cual basta la acreditación de adultos para dictaminar, criticar, decidir. La adultez pareciera dar patente de corso, y con ella hacer legítima cualquier incursión y pillaje que a los grandes se les ocurra. La literatura para niños y jóvenes no podía ser distinta y es campo fértil para especulaciones intrusas.
Parece una obviedad pero reiterémoslo: un requisito sine qua non para ser acreditado en esta discusión es haber leído las obras; y en lo posible otras también, al menos para que las comparaciones -cuando se pronuncian- sean acertadas. Sólo previa e indispensable lectura de los textos se puede llegar a enunciar algún tipo de apreciación. De lo contrario es inadmisible.
Establecido el marco en el que se manifiestan opiniones y críticas, tanto en situaciones cotidianas, como encuadradas en los medios de comunicación; voy a detenerme, en otros aspectos de este asunto.
No sólo es imposible dar legitimidad a manifestaciones proferidas por quienes no han leído los libros de la serie de Harry Potter, aún aquellos que por dedicarse a la escritura o ejercer cierta clase de crítica literaria puedan considerarse autoridades; sino que es válido prestar atención a algunas de las connotaciones que sugieren ciertas afirmaciones que se dejan caer en torno del tema. En nuestro país hay intelectuales que se vanaglorian de no haber leído esos libros que venden, que se consideran superiores por no pertenecer a la masa que los ha leído, que no leen literatura para niños (como si dicha particularidad supusiera en sí misma una descalificación). Aseveraciones que preocupan por sus evocaciones autoritarias, por el desprecio hacia lo popular e incluso hacia lo “infantil”.
Lo “que vende” no es ni malo ni bueno hasta que lo conozcamos y lo podamos evaluar. Muchos de nosotros tenemos en algún rincón de nuestra biblioteca libros que no consideramos literariamente valiosos pero que en nuestra obligación de conocer para criticar, adquirimos sumando un ejemplar al ranking de ventas. ¿Desde cuándo lo masivo es sinónimo de calidad o viceversa? O ¿desde cuándo lo es aquello que es propiedad de un grupo reducido y cerrado? Ambas son falacias.
Todo escritor -de literatura- ha de esperar que, como mínimo, quien exprese juicios sobre su obra la haya leído, y se deje guiar por ninguna otra cosa más que cada palabra vertida con esfuerzo sobre el papel… Porque escribir -cuando se hace en serio, como creo que hace Rowling- no es fácil; es un trabajo arduo, y el que diga lo contrario que vaya a enseñar a escribir a mis alumnos y además haga un tratado que refute toda la teoría existente acerca de la escritura.
Me voy a detener algunos párrafos a considerar la problemática acerca de lo que lo publicitario y los números del mercado suelen hacer a los productos culturales.
Hay un intento reiterado de denigrar el fenómeno de las novelas de Harry Potter a través de razones como: que detrás de este hay una gigantesca campaña publicitaria, que su éxito sólo es producto del tan mentado consumismo, que el marketing lo hace todo, y que la obra es de dudosa valía por el merchandising que ha ocasionado…
Negar que el personaje de Harry Potter se transformó en un fenómeno de mercado es imposible, que hay una fabulosa campaña publicitaria en torno de este, también. Ahora bien, menospreciar las novelas por ese sólo hecho: es irracional.
El mundo en el que vivimos transforma en muñequitos, remeras, cartucheras, carpetas, gorras, vasitos, libros para pintar y cualquier otro objeto vendible, toda franquicia que sea rentable. Y una proveniente de la literatura, cuando se convierte en dinero contante y sonante, no podía ser la excepción, al fin de cuentas: la cultura también vende, en las palabras sabias de Graciela Montes.
Pero, ligado a esto, vienen los detractores del consumismo, a los que no les niego razón en más de un reclamo. No obstante, reconozcamos que los papás son quienes adquieren los artículos que se proponen para sus chicos, y que los papás les permiten estar indefinidamente frente a los canales televisivos infantiles que bombardean con productos atrayentes que los grandes fabrican para los niños. Nuestros chicos viven en una sociedad que no hicieron ellos, sino que los adultos les ofrecimos en bandeja, en la cual los adultos precisamente no perdemos oportunidad de hacerlos a nuestra imagen y semejanza: consumidores.
Y ahí nomás, pegadita, surge otra cuestión que es la que más me interesa, y poco tiene que ver con el muñequito o la cartuchera, que en realidad no me quitan el sueño, puesto que considero que el árbol no debe taparme el bosque.
Esa cuestión tiene mucho que ver con la lectura, los libros y los chicos.
Y sobre ello reflexiono: quien supone que los libros de Harry Potter se leen por la mera propaganda… nada sabe de los adolescentes, de los niños, de su psicología, de sus preferencias, sus intereses, sus necesidades. Y no sabe, además, de la enseñanza de la lengua, de los procesos implicados en la lectura, de la formación de lectores, de los vínculos que se forjan entre el lector y el texto…; que son nuestro quehacer diario.
A un adolescente y a un chico tanto como a un adulto pueden venderle -y de hecho lo hacen- con una buena campaña publicitaria: un juguete, una remera, un par de zapatillas, una gaseosa o un teléfono celular. El consumo de ninguno de ellos supone esfuerzo alguno, es fácil comprarlos y usarlos, es fácil sentarse y disfrutarlos.
Sin embargo, el que sostiene que un libro se les vende a los adolescentes y a los niños de esta misma manera, entiende muy poco.
A los adultos sí nos pueden vender de esa forma -y es triste decirlo- hasta un libro (ejemplos de multitudinarias ventas de nulo valor estético lo evidencian). Pero claro, el mundo de los adultos está hecho de otras cosas: de necesidades, de conflictos, de prejuicios, de apariencias y de infinidad de cuestiones para que consumamos una porquería sin titubear, porque los números cantan…
Vayamos ahora a los niños y a los adolescentes… Poner a funcionar un complejo sistema de estrategias cognitivas y lingüísticas para construir sentido a partir de sólo signos en el papel -se trate de diez o de cien páginas- es todo un logro para cualquier chico, dadas las particulares dificultades que en la actualidad supone para ellos el procesamiento del lenguaje escrito.
Y obviamente, no se consigue con sólo buena propaganda. ¡Sería tan fácil si fuera así!
Pero volvamos al esfuerzo que supone ese proceso que es la lectura, ni falta hace explicar el coraje, la osadía, la dedicación necesarias si un niño o un adolescente debe incursionar en 254 páginas (Harry Potter y la piedra filosofal), en 291 (Harry Potter y la cámara secreta), en 349 (Harry Potter y el prisionero de Azkaban), en 635 (Harry Potter y el cáliz de fuego), en 893 (Harry Potter y la Orden del fénix), o en 602 (Harry Potter y el misterio del príncipe)… Como dice Beatriz Sarlo “es más difícil leer que aprender a conducir un coche o una bicicleta, jugar al tenis, cocinar comida china, andar a caballo o tejer. Por supuesto (….) es más difícil aprender a leer que a mirar televisión”[1]. Y si -en sus palabras- leer “es una de las operaciones más complejas”, ni todas las campañas publicitarias del mundo, logran que un chico se someta a esta complicada operación. NO, de ninguna manera, si no hay MUCHO, MUCHO MÁS de por medio. NO …con el placer, el fervor, la pasión, las ganas que tantos chicos depositan en la lectura de los libros del pequeño mago.
Por todo lo expuesto hasta aquí, me interesa analizar un poco más de cerca la problemática de la lectura y la literatura para niños y jóvenes, que- insisto- nunca debería haber dejado de ser el centro de toda esta polémica en torno a las novelas de J. K. Rowling.
Este problema tiene variados matices en la vida diaria: padres que adquieren los libros para que sus hijos muy poco afectos a la lectura -milagrosamente- se transformen en lectores; chicos que leen las novelas del niño mago y ninguna otra cosa releyendo estas una y otra vez; y ¿por qué no?... niños y adolescentes que se iniciaron en la pasión lectora con estas novelas y ahora devoran cuanta cosa cae en sus manos.
Pero también hay otras variantes: chicos que no las leyeron ni las leerán -por las razones que sean-, y otros que no han leído estos libros ni tienen o pueden leer ninguna otra cosa; porque no tienen libros, porque no tienen adultos que les contagien las ganas de leer, porque no saben lo suficiente de ese intrincado proceso y todo intento les resulta tan frustrante que es impensable para ellos el disfrute de un libro.
Estos retratos de la cotidianeidad me generan otros interrogantes. La mayoría me son increíblemente familiares por situaciones en las cuales debí tomar decisiones acerca de los chicos y la lectura en el aula, en las cuales debí responder a otros adultos acerca de esas resoluciones, en las que defendí el derecho de lectores de esos mismos chicos que son ahora el centro de la discusión interesada de tantos adultos.
Una de las preguntas básicas que hay que hacerse, no tiene tanto que ver con los chicos como con los grandes, y ni siquiera con los libros de Harry Potter. Atañe a esos grandes que hacen mucha alharaca en torno de un libro que la mayoría no leyó; esos grandes que leen tan poco y escriben tan mal y se dan el lujo de criticar a los niños y los adolescentes; muchos grandes que no saben muy bien porqué quieren que las jóvenes generaciones lean cuando ellos conjugan los tres tiempos verbales a la perfección: no leyeron, no leen, no leerán escudándose en que no tienen tiempo, en que trabajan mucho, en que tienen otras responsabilidades…
Y acá hablo de los grandes en general, pero incluyo, muy especialmente, tanto a esos papás desesperados porque su progenie lea como a tantos docentes -que incluso son responsables de formar lectores-, para los cuales los libros son un lindo adorno.
Y porque no me llevo bien con las medias tintas, y porque creo que no se puede ser diplomático cuando lo que está en juego es nuestro futuro como sociedad, y porque aprendí a decir “blanco o negro” sin remordimientos con una maestra como fue Graciela Cabal, es que me enamoré de las palabras de Mempo Giardinelli:
"No hay peor violencia cultural que el proceso de embrutecimiento que se produce cuando no se lee. Una sociedad que no cuida a sus lectores, que no cuida sus libros y sus medios, que no guarda su memoria impresa y que no alienta el desarrollo del pensamiento es una sociedad culturalmente suicida (…) Que una persona no lea es una estupidez, un crimen que pagará el resto de su vida. Pero, cuando es un país el que no lee, ese crimen lo pagará con su historia (…)"
¿Es posible perder el tiempo en debates que nos llevan por los bordes de la problemática, que se quedan en aspectos irrelevantes y que ponen en manos de otros la responsabilidad que todos tenemos? Es un crimen imperdonable.
Queremos que nuestros jóvenes lean… ¿leemos nosotros?, ¿cuánto?, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿cómo hacemos para acercarlos a la lectura?, ¿les ordenamos que lo hagan?, ¿les sugerimos?, ¿averiguamos por qué leen/no leen, qué les gusta, qué los conmueve, qué los apasiona?, ¿debe deleitarlos lo que nos entusiasma a nosotros?, ¿debe agradarles lo que prefieren otros chicos?, ¿debe atraerles Harry Potter sí o sí?, ¿quién decretó que la relectura es mala?, ¿qué les ofrecemos además de Harry Potter, antes de este, junto con este, luego de este?... A la lectura como forma de vida que deseamos para nuestros jóvenes -porque en principio es la que elegimos para nosotros- hay que ponerle el cuerpo, tiempo, pasión, interés, desvelos, estudio, dinero, y tantas otras cosas. Pero fundamentalmente hay que ponerle LIBERTAD: de elegir, de rechazar, de releer, de dejar a mitad de camino, de criticar, de conocer, de decir lo que me provoca y de callarlo, de discutir, de amar y de odiar, de reír y de llorar… Y podemos seguir ampliando los derechos del lector de Daniel Pennac.
Sin embargo, para que todo esto sea posible: debe haber voraces lectores adultos, interesados en que los jóvenes lean, y que trabajen en la creación de condiciones para que esto se produzca: les enseñen a leer, les den el tiempo y el espacio, les ofrezcan libros, les contagien la pasión por estos, les den la libertad para cultivarla.
Pues la lectura, como persistente impulso que nos lleva a pegar la nariz a las páginas de un libro, sea cual fuere el lugar, el momento o cualquier cualidad circunstancial; olvidándonos del mundo que nos rodea, del mundo fuera de ese cuadro de papel más o menos blanco que es la página, y que se constituye en el verdadero universo diluyendo el otro; tuvo y tiene toda la maravillosa carga de lo voluntario, de lo elegido, e incluso de lo subversivo. Contraviniendo las normas de lo impuesto por la cotidianeidad y permitiéndonos insertarnos en ella, atentando contra la indiferencia y dándonos el poder de no conformarnos, aboliendo la pasividad en esa aparente calma en que la actividad se produce en nuestro interior. Optar por la lectura nos permite vivir mirando con otros ojos la vida.
Algunos chicos y grandes lo descubrimos, con las novelas de Harry Potter o sin ellas, pero siempre eligiendo.
Nota: Foto 1: Sergio y Gabriela, medianoche del 20/02, saliendo de la librería Códice con su ejemplar de Harry Potter y la Orden del Fénix . Foto de El Diario, domingo 22 de febrero, 2004. Paraná, Entre Ríos, Rca. Argentina. Foto 2: Sergio, Gabriela, y sus sobrinos: Natalia, Mercedes y Enzo, medianoche del 20/02, posando con su flamante copia de Harry Potter y la Orden del Fénix, en el interior de la librería Códice. Foto de UNO, domingo 22 de febrero, 2004. Paraná, Entre Ríos, Rca. Argentina

domingo, 11 de marzo de 2007

Te contamos un "cuentito": Felipe y su tortuga

Felipe y su tortuga
Nora Devetac
Cuento producido en el Espacio Curricular Lengua 2,Profesorado para EGB 1 y 2 del Instituto María Grande - María Grande - Entre Ríos, 2002.
Un hermoso día de sol, jugaba Felipe al TA-TE-TI con su tortuga Clotilde en el patio de su casa. Se divirtieron un largo rato hasta que su mamá los llamó para mandarlos al almacén. Iban muy contentos haciendo piruetas en el monopatín que le acababan de regalar a Felipe y de pronto al pasar por Banco Nación, Clotilde saltó y deslizándose rápidamente…-tanto como puede una tortuga- se fue en busca del gerente que acostumbraba a convidarla con hojitas de lechuga.
Grande fue su sorpresa cuando en el camino se encontró con otro señor que al verla la hizo volar por el aire. Como una pelota, dio vueltas y vueltas y vueltas hasta que aterrizó en el cajón del escritorio… ¿de quién?... ¡del papá de Felipe!
Mientras tanto, en su casa, el niño lloraba por haber perdido a su compañera. Pero por suerte, su tristeza duró poco, pues cuando su papá llegó del Banco le trajo el regalo más esperado.

martes, 27 de febrero de 2007

“Las intrusiones del adulto en la construcción de la ficción del cuento para niños”

¿Es posible hablar de intrusiones en un campo cuyo dominio absoluto es del adulto? Tal vez sea paradójico pero es innegable que la literatura infantil está totalmente en nuestras manos. Nosotros la escribimos, la editamos y la criticamos; sobre ella realizamos seminarios, congresos, ferias, maestrías y postítulos; publicamos revistas, libros o páginas web; convocamos a concursos y hacemos premiaciones. Ahora bien, todas estas actividades involucran específicamente a “los grandes”; mientras que “los chicos” son el “consumidor final” (valga el juego de connotaciones para este mundo posmoderno en que la cultura es producto de consumo) de las obras literarias que los adultos escribimos para ellos y además les recomendamos, les obsequiamos, les ponemos a su alcance. Tal vez debiéramos reformular la pregunta ¿cuándo el accionar del adulto se transforma en una intrusión dentro de la ficción literaria infantil? Un intento de respuesta podría ser: cuando dejamos que lo ideológico interfiera en la creación de una obra artística al punto de que esta pierda su valor estético, puesto que se subordina a finalidades ilegítimas. Cuando esta es un mero artificio vacío que se somete a otro objetivo el cual importa más que la creación artística. Porque …vale la pena recordarlo con las palabras de Díaz Rönner, probablemente las más maravillosamente claras y tajantes para definirlo:
“…¿de qué trata la literatura para chicos? Pues ¡vamos al grano ya!
Trata de muchas cosas que nunca están superpuestas, de las palabras y las multiformas que cada escrito les otorga. Porque la literatura trata del lenguaje y de sus resplandores en pugna, si se me permite describir casi poéticamente el oficio de escribir.
Aunque suene extravagante, en pocas ocasiones se ubica al lenguaje como el protagonista específico de una obra literaria infantil. ¿Por qué expreso esta hipótesis de lectura? Porque, en general, se plurirramifica el tratamiento de un producto literario para los chicos abordándolo desde disciplinas que distraen del objetivo -y la especificidad, en suma de todo hecho literario: el trabajo con la lengua que cada escrito formaliza.” (1)
Ahora bien, los textos literarios infantiles, como cualquier otro producto cultural, no son objetos asépticos nacidos en un laboratorio, sino que están -quiérase o no- impregnados de una ideología, más o menos evidente. Pensar en lo contrario es una falacia que habremos mantenido en otros tiempos, pero que hoy ya es insostenible. No obstante no sólo el acto de escritura es ideológico sino que lo será también el acto de lectura (llamémosle acto a los fines de la afirmación, aunque sabemos que nada más lejos de la simplicidad de esta palabra). Es decir que, la ideología opera tanto en la construcción misma del texto literario como en la selección que instaura el lector -eligiendo o dejando de elegir un libro, un autor, un género- y en el proceso que establece frente a la palabra impresa. Me resultó muy gracioso -aunque casi en un sentido macabro- leer las peripecias interpretativas que relata Ana María Machado sobre su cuento “Niña bonita” (2), y me trajo a la memoria el relato de García Márquez en el que refiere entre espantado y sorprendido las aventuradas suposiciones que más de un docente hacía y enseñaba como el modo de leer sus novelas. Pero volvamos a lo que desde el acto creador del texto literario sí podemos “controlar”, puesto que la escritura nos obliga a resignarnos al futuro incierto que los textos tienen una vez “diseminados” en el mundo. La palabra “controlar” podrá suponerse como poco indicada, mas dice con claridad la función de “vigilancia” que el adulto escritor de ficciones para niños debe hacer sobre su misma producción (si nos incomoda un poco, pensemos en la noción de “vigilancia epistemológica” tan acertada e imprescindible para nuestra función docente). Sin embargo, no me produce desasosiego el vocablo cuando pienso que si lo tomáramos en serio nos evitaríamos padecer tanta porquería que anda rodando por el mundo literario de los chicos, manufacturas de adultos inescrupulosos que creen que escribir literatura infantil es “fácil”. Sí, una sana “vigilancia” de la creación literaria infantil nos haría más exigentes en cuanto a las producciones estéticas, y más conscientes de nuestro rol de adultos mediadores entre la cultura y los chicos; ya que no sirve de nada atiborrarlos de enseñanza, de moral, ni de consejo más o menos patente o escondido, puesto que al fin terminan corroborando el refrán de “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Cuando vuelvo a las palabras de Díaz Rönner y sigo leyendo literatura para niños, siento la escalofriante sensación de que dicha vigilancia no es la suficiente, y como ella sostiene “la desprotección del libro infantil es casi absoluta”, puesto que si bien hay numerosos adultos que intervienen en el camino que atraviesa un libro hasta llegar al mediador y en última instancia al niño, pocos dan la voz de alerta hasta que es demasiado tarde y el libro se convierte en una trampa, en el peor sentido:
“El libro es una trampa, una cautivante celada para un lector astuto. Sin embargo, en general, la condición de "astucia" no está desarrollada en el lector, quien cae en una jaula o en un pozo repleto de palabras que lo aturden confundiéndolo. En rigor, los dueños de la astucia son pocos: el editor, el director de la serie o de la colección dentro de la empresa editorial, el que escribe y es responsable del producto literario. A veces, los críticos.” (1)
Obviamente, no el chico, que si no estuvimos nosotros para desbrozar el camino de la maleza que se cuela furtivamente en el terreno de la creación estética, descubre demasiado tarde lo que metafóricamente describe Magdalena Helguera:
“…al segundo mordisco, que la torta de chocolate está rellena de espinaca. Aunque me encanta la espinaca, algunas mezclas caen mal, especialmente si uno no ha sido advertido y de pronto descubre que le han dado gato por liebre y se siente engañado, trampeado, abusado en su nobleza como el Chapulín Colorado.” (3)
En un campo dominado por “los grandes” como es la literatura infantil, debe haber límites, radares, vigilancia, detectores. Sí, pero en un nuevo sentido, y especialmente en la narrativa para chicos: para develar las intrusiones que los adultos seguimos realizando, para discriminar las verdaderas obras de arte -las buenas historias construidas en la tradición de relatos de la humanidad- de los cuentos mentirosos y estafadores en los que la trama está al servicio de otros fines. Y nosotros, que tanto tememos a ciertas palabras porque nos traen aciagas resonancias de autoritarismo -en lo que somos más que duchos los argentinos-, dejamos filtrar, colarse por la puerta trasera literatura plagada de la voz autoritaria del adulto -colonizador impenitente del territorio infantil, y además impune-; quien en aras de los más altos ideales educativos, moralizantes (y todos los etcéteras que se nos ocurran, desde la defensa del medio ambiente hasta los buenos hábitos) en realidad achica fronteras al decir de Graciela Montes, y la literatura deja de ser “la frontera indómita de las palabras” (4). Como Helguera nos advierte un tanto irónica:
“La intromisión —y se nota— no es un recurso literario sabiamente elegido sino el recurso de un adulto que se cree en la obligación, desde su inmensa sabiduría, de aprovechar cualquier ocasión para enseñar algo al ignorante del niño y de llevarlo de la mano por el camino que cree mejor.” (5)
Completando lo expuesto hasta acá, considero oportuno agregar el aporte que María Clemencia Venegas y otros autores (5) realizan a través de un pormenorizado detalle de lo que ellos denominan los vicios más corrientes de la literatura infantil. La lista abarca: el aniñamiento (con sus dos variantes de diminutivismo y aumentativismo), el didactismo (moralizante, religioso, patriotero, ideologista), el paternalismo, la cursilería y el maravillismo. Probablemente otros adultos como yo, mediadores entre los libros y los chicos, se pregunten ¿por qué conformarnos con un cuento mediocre?, ¿por qué menospreciar a nuestros interlocutores y sus posibilidades?, ¿por qué no confiar en sus capacidades y en el poder de la literatura infantil bien hecha? Hay muchos -innumerables- relatos que cuentan espléndidamente, haciendo arte, historias excelentes; que no engañan ni estafan, que precisamente entretienen y llegan al corazón del pequeño lector porque son estéticamente impecables y no es necesario sacarles ni ponerles nada, ya que dicen mucho, todo, con las palabras que seleccionó el escritor. Notas: (1) DÍAZ RÖNNER, María Adelia; Cara y cruz de la literatura infantil. Buenos Aires. Libros del Quirquincho, 1989. (2) MACHADO, Ana María. Buenas palabras, malas palabras. Buenos Aires, Sudamericana. (3) HELGUERA, Magdalena. “Literatura Infantil ¿Cenicienta de la educación?”, en ¿Te cuento?, Revista para la difusión de la literatura infantil y juvenil. Segunda Época, N° 1. Sección Nacional IBBY-Uruguay. Montevideo, Septiembre de 1999, cedido a Imaginaria - Boletín Electrónico Quincenal de Literatura Infantil y Juvenil, N° 12 - Buenos Aires, 17 de noviembre de 1999. (4) MONTES, Graciela . La frontera indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético. México DF, Fondo de Cultura Económica, 1999. (5) VENEGAS, María Clemencia, Margarita Muñoz y Luis Darío Bernal. Promoción de la lectura en la biblioteca y en el aula. Buenos Aires, Aique, 1994
Gabriela Monzón
Fragmentos del Trabajo “Las intrusiones del adulto en la construcción de la ficción del cuento para niños” presentado para la aprobación del Seminario: Narrativa para niños a cargo de la Profesora Lila Daviña, del Postítulo de Actualización Académica en Literatura para Niños, Instituto Superior de Profesorado N° 8 “Almirante Guillermo Brown”, julio de 2004, Santa Fe.

sábado, 24 de febrero de 2007

Te contamos un cuento II: De cómo me hice investigador científico

Lo que les voy a contar es la absoluta verdad y estos hechos me convencieron de que a veces uno se propone algo y con un poco de suerte lo logra… Bueno, con muuuucha suerte, como me pasó a mí.
Resulta que investigador fui siempre, me gustaba hurgar en los hormigueros, indagar sobre la forma en que el vecino podaba el árbol, curiosear mientras mi mamá cocinaba… y siempre tenía mis propias teorías para hacer las cosas, claro que no las decía porque seguro me hacía acreedor de unos buenos insultos.
Pero un día, mi mamá me dijo que si no hacía nada de mi vida iba a terminar en los caños, y ahí fue cuando se me encendió la lamparita. Porque ella siguió retándome y muy desalentada me preguntó:
-¿Es que no te gusta hacer nada, Juancito?
-Y… sí, me gusta investigar – le dije yo.
Ella me miró como si me hubiera crecido una planta de tomate en la nariz y con una mueca sólo respondió:
-Ajaaaá -y se fue.
Y entonces empezó la campaña. Una vez había oído que era difícil hacerse de un nombre en la comunidad científica, y aunque a mí no me parecía gran cosa ni dificultad, decidí empezar por ello.
Nombre ya tenía: Juan López, que por obvias razones (el enojo de mi mamá) preferí mantenerlo; sin embargo quería algo im-pac-tan-te: tipo de telenovela.
Así que a Juan le agregué Carlos, como el señor de al lado que me prestaba el diario todos los días.
Y… ¿qué apellido sumarle? Ya estaba: Alcántara… no sólo por la señora de la otra cuadra que vendía un pan casero re rico, sino porque como mi mamá decía que iba a terminar en los caños y … “caños” es más o menos lo mismo que “alcantarilla”. Buá, iba bien, y entonces se me ocurrió otra brillante idea. También mi progenitora solía decirme que era un atorrante y eso pegaba perfecto, porque una profe que tuve una vez me contó que así le decían a los que vivían en los caños que había traído no sé de dónde y cuyo fabricante era el señor A. Torrant.
Misión cumplida, me hice de un nombre: Juan Carlos López Alcántara Atorrante.
Lo demás vino solo, resulta que había quedado con un amigo en ir de vacaciones a Brasil. Y allá fuimos, pero era mi destino que se cayera el avión en medio del Amazonas y de ese pequeño conflicto naciera mi fama mundial.
No pasó nada, quedamos colgados de un árbol y bajamos a fuerza de ingenio.
Por supuesto que con el estrés del choque, yo estaba agobiado de cansancio y me acosté a dormir usando como almohada la gran raíz de un árbol. En eso estaba cuando mi perro Tomás empezó a lamerme la nariz y yo como siempre le empecé a rascar la oreja… Claro, que entonces me di cuenta de que en realidad no era mi perro Tomás -que no había viajado conmigo- sino el bicho más feo que hubiera visto hasta ese momento.
Me quedé quietito, ya que parecía encantarle que le rascaran la oreja, y como quien no quiere la cosa metí la otra mano en el bolsillo, a donde guardaba la cajita de chicles, lo único que llevaba encima para convidarlo.
Y sucedió lo más INCREÍBLE de todo. Así vine a averiguarlo, algo que nadie había logrado hacer hasta entonces y se transformaría en mi primer logro en la comunidad científica y me transformaría en el más afamado de la ciencia planetaria.
La serpiente araña manchada -ya que así llamé al bicho que estaba haciendo sociales conmigo- la más peligrosa del mundo, la más feroz y terrible, no sólo tenía orejas, le gustaba que se las rascaran, sino que adoraba el chicle de menta. El nombre no lo inventé yo, sino que lo saqué del Creative Writer un programa que yo tenía en la computadora de mi casa, y lo bueno es que ninguno de los otros científicos me dijo nada porque no lo conocían.
¿Cómo concluye esta historia?
Tomasita y yo, obvio: debía llamarla así por la confusión que dio inicio a nuestra relación, solos, ya que el resto de la gente del avión huyó despavorida por la selva cuando vio aparecer a mi monstruosa compañera de cinco metros y cincuenta patas, arribamos a un pueblito perdido, donde unos científicos esforzados, al mando del Dr. José Luis Lapuente y Mosca, procuraban desde hacía años descubrir lo que yo conocí por accidente. Cosa que me cuidé muuuuy bien de guardar.
Me vieron llegar en el lomo de mi nueva amiga mascando chicle de menta muy animados, y me convertí en lo que soy ahora: el Dr. Juan Carlos López Alcántara Atorrante, domador de la serpiente araña manchada, descubridor de sus debilidades y sus gustos.
Ahora estoy pensando en irme de vacaciones al África.
Gabriela Monzón

miércoles, 21 de febrero de 2007

Te contamos un cuento: Serafín y la princesa

Serafín y la princesa
Magali Azcárate, Graciela Bodratti, Stefanía Elizondo, Gloria Ledesma, Nora Holstein, Glays Widmer, María E. Brickman.
Cuento producido en el marco del Curso Taller de Reflexión sobre la Literatura Infantil y Juvenil "Ensanchando fronteras" a cargo de la Lic. Gabriela Monzón y la Prof. Susana Ciarrocca, Ramírez - Entre Ríos, 2002.
Hace muchos años en un barco pirata muy grande y muy viejo, descascarado de recorrer los mares, había una princesa buena y alegre que cantaba todos los amaneceres. Su voz era dulce y melodiosa, atraía a los peces que seguían la estela que dibujaba el barco sobre el agua. Su tripulación empezaba a trabajar con entusiasmo.
¿Qué estaría haciendo esta princesa, cantando para piratas, bandidos y enanos exploradores?
Nadie sabía. Lo más raro de todo era que ella usaba siempre, pero siempre, siempre, una capa extraña, bordada con dragones dorados. Algunas personas no le daban importancia, pero… uno de los enanos que había llegado al barco hacía poco, sí. Le llamaba especialmente la atención. Él siempre había soñado con lucir una capa tan brillante y hermosa como aquella.
Día tras día, Serafín, que así se llamaba el enano, esperaba la oportunidad en que la princesa se la sacara, aunque fuera sólo por un ratito, y ponérsela.
-¿Cómo me quedará esa capa tan inmensa? ¿Pareceré un príncipe?- Le preguntaba Serafín al capitán del barco cuando estaban solos. Mister Morrison le respondió:
-Te voy a contar un secreto, jamás se lo cuentes a nadie, La princesa, la primera noche de luna llena, camina lentamente a la popa y deja sobre la cubierta su capa para tirarse a nadar con los delfines. Pero sólo pro un momento.
Serafín, desde ese día, salía a mirar la luna, esperando que estuviera inmensa y amarilla sobre el mar.
¡Por fin llegó la noche esperada! La luna estaba como el capitán Morrison le había dicho, se escondió en un bote para espiar a la princesa. Su corazón latía como un tambor pensando si se animaría a ponerse la capa. ¡Era una prueba muy difícil, un verdadero reto! En medio de la penumbra, y sólo iluminada por el reflejo de la luna en el mar, la princesa comenzó a desatar el lazo que sujetaba la capa, mientras cantaba con su voz melodiosa y dulce. De repente, cuando caía la capa, su canción se transformó en un rugir de fuego. Su figura se transformó en un terrible dragón de escamas verdes y doradas que se arrojó al agua.
Serafín no sabía qué hacer. El terror lo paralizaba. Él ya no quería usar la capa y sólo pensaba si debía guardarse para siempre ese secreto, o si se los contaba a los demás.
Corrió desesperado a buscar a su amigo el capitán. Las palabras no le salían, pero Morrison entendió, porque ya sabía todo.
-No te asustes, no tengas miedo, ese dragón nos acompaña y nos ayuda a cuidar la flor encantada que llevamos en el barco, y que transforma con su mágico aroma a la gente mala en buena. Guardemos el secreto- dijo Morrison- No permitamos que el silencio invada nuestro barco y marchite nuestra flor. Ella morirá de tristeza, y nosotros seremos los tripulantes de un sombrío barco pirata, perdido en el mar.