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miércoles, 16 de enero de 2008

Cuando la ficción habla de la lectura y los lectores…

Hace unos días leí una novela que descubrí en una casa de usados, sin saber muy bien qué estaba comprando. Esta se hallaba casi nueva y no sólo me atrajo la imagen de su portada -viejos libros uno sobre otro- sino el título que establecía un vínculo preciso con la literatura: El cuento número trece.

En la historia, emocionante y plena de misterio, una joven -hija de un librero-, apasionada por los libros y la lectura, es convocada a realizar la biografía de una famosa escritora muy entrada en años.

Lo sorprendente es que no sólo disfruté de la trama atrapante elaborada por la inglesa Diane Setterfield, que homenajea a las novelas del siglo XIX –como Jane Eyre o La mujer de blanco-; sino que me encontré con algunos de los párrafos más bellos acerca de la pasión por la lectura, la maravillosa relación con los libros, la marca que estos dejan en nuestras vidas, las lecturas azarosas de la niñez y la adolescencia, y como el personaje sostiene la lectura compulsiva e ingenua, lo que hacen los libros con nosotros: A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarteEs una suerte de magia

No pude menos que sentirme conmovida y quise compartirlo con quienes visitan ¡Piezas de a ocho!

“[…] Nunca leo sin antes estar segura de que me hallo en una posición estable. Conservo esta costumbre desde que tenía siete años, cuando, sentada sobre un muro alto leyendo Los niños del agua, tan cautivada me tenía la descripción de la vida submarina que inconscientemente relajé los músculos. En lugar de flotar en el agua que con tanta nitidez me rodeaba en mi imaginación, caí de bruces al suelo y perdí el conocimiento. Todavía se me nota la cicatriz debajo del flequillo. Leer puede ser peligroso. […]”

“[…] Estamos a finales de otoño, llueve y las ventanas se han empañado. A lo lejos suena el silbido de la estufa de gas; mi padre y yo lo oímos sin oírlo, sentados uno junto al otro pero a kilómetros de distancia, pues estamos enfrascados en nuestros respectivos libros.

—¿Preparo el té? —le pregunto regresando a la superficie.

No responde.

De todos modos preparo el té y le dejo una taza cerca sobre el mostrador.

Una hora más tarde el té, intacto, ya está frío. Preparo otra tetera y coloco otra taza humeante junto a él, sobre el mostrador. Papá no percibe mis movimientos.

Con delicadeza levanto el libro que sostiene en las manos para ver la cubierta. Es el cuarto libro de Vida Winter. Lo vuelvo a colocar en su posición original y estudio el rostro de mi padre. No me oye. No me ve. Está en otro mundo y yo soy un fantasma. […]”

“[…] A de Austen, B de Brontë, C de Charles y D de Dickens. Aprendí el alfabeto en esta librería. Mi padre se paseaba por las estanterías conmigo en brazos, enseñándome el abecedario al mismo tiempo que me enseñaba a deletrear. También aquí aprendí a escribir, copiando nombres y títulos en fichas que todavía sobreviven en nuestro archivador, treinta años más tarde. La librería era mi hogar y mi lugar de trabajo. Para mí fue la mejor escuela, y, años después, mi universidad privada. La librería era mi vida.

Mi padre nunca me puso un libro en las manos, pero tampoco me prohibió ninguno. Me dejaba deambular y acariciarlos, elegir uno u otro con más o menos acierto. Leía cuentos sangrientos de memorable heroísmo que los padres del siglo XIX consideraban apropiados para sus hijos e historias góticas de fantasmas que decididamente no lo eran; leía relatos de mujeres solteras vestidas con miriñaques que emprendían arduos viajes por tierras plagadas de peligros, y leía manuales sobre decoro y buenos modales dirigidos a señoritas de buena familia; leía libros con ilustraciones y libros sin ilustraciones; libros en inglés, libros en francés, libros en idiomas que no entendía, pero que me permitían inventarme historias basándome en unas cuantas palabras cuyo significado intuía. Libros. Libros. Y más libros.

En el colegio no hablaba de mis lecturas en la librería. Los retazos de francés arcaico que había ojeado en viejas gramáticas se reflejaban en mis redacciones y, aunque mis maestros los tachaban de faltas de ortografía, nunca lograron erradicarlos. De vez en cuando una clase de historia tocaba una de las profundas pero aleatorias vetas de conocimiento que yo había ido acumulando mediante mis caprichosas lecturas en la librería. «¿Carlomagno? —pensaba—. ¿Mi Carlomagno? ¿El Carlomagno de la librería?» En esas ocasiones permanecía muda, pasmada por la momentánea colisión de dos mundos que no tenían nada más en común. […]”

“[…] La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel. Es una suerte de magia. […]”

“[…] Sentí en la cabeza el nauseabundo mareo del submarinista que sube a la superficie demasiado deprisa.

Algunos detalles de mi habitación aparecieron de nuevo ante mí, uno a uno. La colcha, el libro que sostenían mis manos, la lámpara todavía brillando en la luz que empezaba a filtrarse por las delgadas cortinas.

Era de día.

Había estado leyendo toda la noche. […]”

“[…] hay demasiados libros en el mundo para poder leerlos todos en el transcurso de una vida, de manera que hay que trazar una línea en algún lugar. […]”

“[…] Siempre he sido lectora; en todas la etapas de mi vida he leído y nunca ha habido un momento en que leer no fuera mi mayor dicha. Y, sin embargo, no puedo decir que lo que he leído de adulta haya tenido el mismo impacto en mí que lo que leí de niña. Hoy día todavía creo en las historias. Aún me olvido de mí misma cuando estoy leyendo un buen libro, pero ya no es lo mismo. Los libros son para mí, ya lo he dicho, lo más importante; lo que no puedo olvidar es que hubo un tiempo en que fueron a la vez más banales y más fundamentales. De niña los libros lo eran todo. Por tanto, siempre existe en mí un anhelo nostálgico por ese gusto perdido por los libros. No espero ver satisfecho mi anhelo algún día. Y, sin embargo, durante este período, esos días en que leía todo el día y la mitad de la noche, en que dormía bajo una colcha cubierta de libros, en que mi sueño era negro y tranquilo, pasaba como un rayo y despertaba para seguir leyendo, recuperé el placer perdido por la lectura compulsiva e ingenua. […]”

lunes, 15 de octubre de 2007

La serie Sally Lockhart de Phillip Pullman... y el regreso triunfante de la novela de misterio y aventura

Philip Pullman me sigue sorprendiendo, cada vez que descubro una nueva ficción suya confirmo otra vez que es apasionante, entretenida, trepidante de acción y tan bien construida que no puedo hallarle un error aunque lo busque…

Y aunque parezca increíble, a veces los buenos libros nos salen al paso, se acomodan ante nuestros ojos, se alían con otros para que les den espacio y aquellos que los buscamos ansiosamente, los podamos ver, leer y recomendar. Esto precisamente es lo que me sucedió con la serie de Sally Lockhart -que el autor escribiera antes que La materia oscura- y que llegara a mis manos casi por azar extraviada en una mesa heterogénea de saldos.

A pesar de que este año he disfrutado maravillosos libros y autores, debo reconocer que las historias de esta jovencita que en la época victoriana se arriesga a romper los moldes femeninos de una sociedad cerrada y moralista, me hizo retroceder a la pasión con que en mi infancia devoraba las páginas de las novelas de aventura de las cuales es sin duda heredera. Aunque debo confesar también que, dado que me fue imposible encontrar a la venta el tomo que da inicio a las andanzas de Sally -en Argentina se hallan con suerte los tomos 2, 3 y 4 de la colección editados por Umbriel- anduve los caminos de la red para acceder al comienzo de la historia publicado por Montena Mondadori como La maldición del rubí. A este título siguen: Sally y la sombra del Norte, Sally y el tigre en el pozo, y Sally y la princesa de hojalata, que constituyen mi insólito hallazgo.

Sally, es una adolescente huérfana para nada convencional, sabe manejar un arma y comprende los movimientos de la bolsa mejor que muchos caballeros de la época. Es directa, arriesgada y emprendedora, a lo cual suma cierta inocencia, testarudez y una notable torpeza para las relaciones sociales afectadas del momento; por lo tanto ella elige las reglas con las que quiere vivir y quienes se convierten en sus amigos y aliados la aman y admiran por sus cualidades únicas. Así, se transforma en asesora financiera e investigadora privada, lo que la pone sobre la pista de más de un enredo mortal del que no suelen salir indemnes ni ella ni sus colegas. Estos son, entre otros: Fred Garland, un joven y simpático fotógrafo y su tío Webster de igual profesión; Jim Taylor, un ex mensajero y pillo que se conoce todos los recovecos de los bajos fondos de Londres y Rosa, la hermana de Fred, una bonita actriz de teatro; a los que se irán sumando muchos más en el transcurrir de la serie.

¿Qué características tiene la trama de estas novelas?: acción, aventura, misterio, romance, realismo. Sólo una pluma privilegiada como la del Pullman podría combinar tamaña diversidad de personajes, en el marco cambiante y controvertido de la Inglaterra y Europa de fines del siglo XIX, en el que surgen nuevas ideologías, se resquebrajan los roles sociales, se cuestionan los valores hasta entonces invariables, se inicia un enloquecido camino de progreso industrial y técnico a la vez que se desprecia y reconsidera -en dos polos opuestos- la condición de la vida humana. Pullman con su narrativa contundente y precisa no disuelve en vagas alusiones lo que es obvio: esa sociedad tan apegada a las apariencias pretende ignorar que a la vuelta de la esquina linda con los fumaderos de opio y la corrupción a gran escala, la pobreza y la enfermedad, la prostitución y el maltrato, así como las oleadas de inmigrantes expulsados de una Europa cada vez más sectaria.

Sin lugar a dudas: novelas 100% recomendadas.

Gabriela

martes, 5 de junio de 2007

¿Qué tal si probamos con escribir?, por Alejandra Levrand

Alejandra Levrand es Profesora de Enseñanza Primaria y Preescolar, egresada del Instituto “María Grande”, actual estudiante avanzada del Profesorado de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, ejerce como docente desde hace cinco años luego de haber trabajado un importante período de tiempo en diversos jardines de Infantes. Se desempeña como docente en 6to. año (Segundo Ciclo) de la Escuela Normal Superior “José María Torres” de Paraná, en la cual tengo el gusto de ser su colega, además de ser su orgullosa ex profesora, ya que acompañé el desarrollo de sus excelentes cualidades para la educación cuando fuera mi alumna tres años consecutivos en el Instituto. La labor que realiza como docente es increíble. El esmero, el empeño, la preocupación, el cuestionamiento permanente, el deseo de seguir aprendiendo y la humildad de creer sinceramente que siempre es poco lo que hace, son elementos que logran que sea un placer trabajar con ella y compartir a su lado nuevos proyectos; además de la indudable pequeña vanidad de pensar que tal vez una huellita he dejado en mi hacer de profe de Lengua. Quisiera que cada alumno egresado del Instituto como ella fuese capaz de volver a preguntar, a proponer, a cuestionar, a pedir ayuda, a exigirme seguir colaborando en su formación. Me da mucho gusto presentar a continuación un escrito de su autoría elaborado para fundamentar el Proyecto de Trabajo Áulico de Lengua de 6to. año de la Escuela Normal Superior “José María Torres” de Paraná.
Gabriela Monzón

¿QUÉ TAL SI PROBAMOS CON ESCRIBIR?

Que “se aprende a escribir, escribiendo” es un enunciado archiconocido que tiende en las instituciones a convertirse en una especie de slogan que, sabemos está bien explicitar y decir, si en teoría acordamos con una idea activo-reflexiva de la didáctica de la lengua o, si se quiere, “constructivista”[1]. Pero, hay que tener muy claro cuando usamos esta expresión que la misma remite a una conceptualización particular de –por nombrar algunos– sujeto de aprendizaje, sujeto docente, aprendizaje, objeto de conocimiento, enseñanza, etc. Es por esto que nuestros presupuestos deben necesariamente ser revisados para no cometer incoherencias dentro de nuestras experiencias de enseñanza.

Es así como, desde esta pretensión de coherencia, me someto a realizar este ejercicio mental, que a su vez me permite ir haciendo consciente mis recorridos con el objeto de enseñanza y con los sujetos con los que comparto la enseñanza y el aprendizaje.

Como primer análisis quiero dejar plasmado que la enseñanza o mejor dicho las “experiencias de enseñanza” tienen sentido en tanto y en cuanto hay “un sujeto que sabe antes”[2], es decir el docente, pero que de ninguna manera significa que el sujeto que aprende no posea conocimientos –si se quiere de “sentido común”– que se ponen en juego en estas situaciones para generar con lo “conocido” nuevas formas de relacionarse con lo “nuevo” del objeto en cuestión: la lengua. El aprendizaje por tanto tiene que ver con que las interacciones en la enseñanza generen conflictos en los conocimientos de cada uno y que permitan una reorganización de los mismos, lo cual significa que el aprendizaje es un proceso “recursivo”, esto es, siempre se está volviendo al lugar desde el cual se partió para revisar lo que sabemos y poder mejorarlo.

Pero, ¿qué quiere decir lo anterior respecto de la escritura? Implica reconocer que ese “otro” conoce claves de la lengua, que aprendió a partir de la interacción con sus familiares y otros usuarios del código, que le permiten desenvolverse intuitivamente respecto de la escritura. De esta manera, nuestras “clases” deberían convertirse en verdaderas experiencias, lo que significa que en las mismas deben darse verdaderas situaciones de escritura con un fin comunicativo claro y real para los niños. Estas “clases” deben aportar las herramientas para planificar, textualizar y revisar el escrito para hacerlo comunicable. Es en estas revisiones donde los conceptos lingüísticos adquieren relevancia, ya que permiten la reelaboración de las primeras escrituras.

A partir de lo expuesto anteriormente, el sujeto docente se convierte en un guía de estas situaciones, “un guía” debido a que supo antes esto que está enseñando. Con esta afirmación queda al descubierto que el docente no es “el saber”, en el sentido de estar “investido” de sabiduría, lo cual implicaría una cierta prepotencia y pretensión de “saberlo todo”. Como si el “saber” pudiera alojarse, ocupar un espacio cualquiera, sin reconocer la verdadera naturaleza del mismo. Debo hacer de todas maneras una última salvedad, y es que como guía el docente tiene la obligación y responsabilidad ineludible de intervenir y generar esos espacios donde se construya saber.

En esta necesidad de intervenir es que, en mis experiencias particulares, todos los proyectos de escritura van a partir, en una primera etapa, de una “sensibilización” hacia género discursivo a abordar y por las características del mismo, ya que estos dos aspectos se convertirán en desafíos a ser superados en la producción del escrito.

La segunda etapa, tendrá que ver con la escritura propiamente dicha que será motivo de trabajos de revisión posteriores en los cuales se sistematizarán aspectos relevantes de ese texto en particular. Para hacer evidentes los aspectos a tener en cuenta en la reflexión metalingüística, en cada género discursivo y para organizar el trabajo realicé gráficos que explicitan los aspectos posibles de ser analizados en cada formato textual, a los que Josette Jolibert denomina “tramas para el docente”.[3]

La tercera etapa, estará orientada a hacer uso o a enviar a los verdaderos destinatarios del escrito la producción. La misma en algunos casos se orienta a organizar la biblioteca, a anexar material a un libro de Historia (comenzado el año anterior) y en otros a socializar con sus pares sus descubrimientos.

Para finalizar, quiero destacar el carácter político de la educación, carácter que va marcando recorridos y elecciones en nuestras experiencias de enseñanza; por este motivo es que intento aclarar que la pretensión del presente escrito se enmarca en la necesidad de explicitar mi postura ante otras posibles; si bien intenta ser actualizada, pertinente, adecuada a los actuales requerimientos de la educación lingüística. Por lo tanto, ya que esta producción es demasiado acotada, no aspira a realizar una democratización de saber respecto de esta postura teórica construida.

LEVRAND, M. ALEJANDRA

DOCENTE DEL ÁREA DE LENGUA
ESCUELA NORMAL SUPERIOR “JOSÉ MARÍA TORRES
[1] CONSTRUCTIVISTA: (PIAGET, 1977): concepto derivado de la perspectiva desarrollada por este autor que tuviera su auge entre los años 1960-1970. Desde su teoría se considera que los sujetos construyen sus conocimientos sobre la base de esquemas previos, que van a reacomodarse a partir de la asimilación de conocimientos nuevos.
[2] CHEVALLARD, Y.: “Topogénesis del saber” en La transposición didáctica. Del saber sabio al saber enseñado. s/d.
[3] JOLIBERT, J.: Formar niños productores de textos. Chile, Dolmen Ediciones (Ediciones Pedagógicas Chilenas S.A.), 1994.

viernes, 11 de mayo de 2007

Para disfrutar leyendo a la Montes: "La formación de lectores y el llanto de cocodrilo"

Andando la red se encuentran maravillosos tesoros, y esta vez me topé con este textito genial de mi estimada Graciela Montes que no puedo menos que acercárselo a ustedes para que los disfruten...

La formación de lectores y el llanto de cocodrilo
Por Graciela Montes
En: Espacios para la lectura. Órgano de la Red de Animación a la Lecturadel Fondo de Cultura Económica. México. Año II, núms. 3 y 4, 1996. Pág. 22

La angustia estalló en algún momento del siglo y borboteó largamente en estudios teóricos, métodos infalibles, recursos didácticos, grupos de estudio, planes de investigación, mesas redondas, artículos periodísticos y demás gestos en los que sobresalía el tono escandalizado, la alarma. No cabe duda: la pintoresca especie de los lectores se estaba extinguiendo inexorablemente. “Se lee poco”. “No se lee”. “La gente ya no lee como antes”. Y, por supuesto, el acostumbrado “los chicos no leen”. Tan notable y generalizado es este gesto de la sociedad golpeándose el pecho, arrancándose los cabellos y gimiendo por el fin de los lectores que tal vez resulte útil ventilar un poco la cuestión, no vaya a ser cosa de que quedemos sumergidos, como la pobre Alicia, en un charco de lágrimas... de cocodrilo.

Lo mejor es desinflar el globo de las grandes generalizaciones y poner algunas cosas en su lugar:

- Algunos no leen porque nadie les enseñó a leer.

- Algunos no leen porque no tienen libros.

- Algunos no leen porque —dicen—“no les gusta leer”.

(Conviene recordar que los dos primeros grupos son desmesuradamente grandes en América Latina.)

A todos esos no lectores algo les debe la sociedad. Reconozcamos que no estaban condenados desde sus cromosomas a ser no lectores, sino que, de un modo u otro, les fallaron los mediadores sociales, les falló la sociedad. A todos ellos les faltó algo que no les habría debido faltar. En algún momento les hicieron una zancadilla. De modo que es bueno que la sociedad se haga cargo y admita, mal que le pese, que no se trata de una fatalidad del destino sino de una consecuencia de actos históricos y concretos de los que no puede declararse inocente.

La sociedad fabrica no lectores y, cuando ve su producto, no atina sino a agarrarse la cabeza escandalizada. Primero provoca el incendio y después sale corriendo a llamar a los bomberos. En esa conducta no hace más que proyectar sus contradicciones y sus hipocresías respecto a la lectura, a los libros, al pensamiento crítico, a la educación y, de un modo más general, a lo que llama “la cultura”. Por un lado, en el escenario encendidas declaraciones en defensa de los libros y de la lectura, exageradas y hasta absurdas, fetichizantes. Detrás, en bambalinas, conductas bien concretas y muy poco explicitadas tendientes a fomentar la no lectura o, al menos, a condenar a la irremediable iliteralidad a gigantescas masas poblacionales del planeta.

Casi en el mismo momento y en un segundo y teatral gesto, que también le es muy característico, esa misma sociedad escandalizada extiende la mano y, como al descuido, deposita el conflicto en los niños. Son los niños los que no leen. Los niños, una vez más y como siempre. Los niños, esos recipientes pequeños donde, sin embargo, puede volcarse todo, los eternos, sagrados e indispensables chivos expiatorios.

Ahí es cuando me irrito y siento ganas de sacudir el tablero de la amable preocupación de nosotros, los grandes.

¿Qué tal si probamos alfabetizar (pero alfabetizar en serio), sin mezquindades a todos nuestros chicos, darles escuelas, maestros bien remunerados, libros? ¿Qué tal si les regalamos bibliotecas jugosas, muchas bibliotecas —de escuela, de aula, de sindicato, de club—, rebosantes de libros excitantes y codiciables? ¿Qué tal si les donamos un poco de nuestro tiempo, de nuestra voz, de nuestra compañía junto con los libros? ¿Qué tal si pensamos y estimulamos el pensar, el criticar, el discutir, el informar acerca de la propia vida? ¿Qué tal si volvemos a hablar con nuestros hijos de las cosas de todos los días, de las cosas de antes y de ahora, de nuestras fantasías? ¿Qué tal si intentamos recuperar nosotros mismos la codicia del libro, el tiempo libre y privado, la reflexión, la mirada aguda, el placer por las palabras?

Si después los chicos siguen empecinados en alejarse irremediablemente de la lectura, podremos mover apesadumbrados la cabeza y sentarnos a discutir el mañana, hasta tanto no lo hagamos, nos limitaremos a gimotear y seguiremos chapoteando en nuestras lágrimas de cocodrilo.

domingo, 29 de abril de 2007

Algunos fragmentos para pensar sobre la lectura, los grandes y los chicos...

Estos fragmentos forman parte de los materiales con los que interactuamos un grupo nutrido de adultos en el Taller: “La pasión por la lectura se contagia” -a mi cargo- en el marco de las Jornadas Regionales de Promoción de la Lectura, organizadas en Paraná por el Plan Nacional de Lectura en noviembre de 2004.
Creo que vale la pena compartirlos, nos hacen pensar, nos tocan allí donde duele y donde nos incomoda, porque si los adultos creemos que la lectura es importante... ¿qué parte de nuestro tiempo/vida/desvelos... le dedicamos?, ¿cuánto placer le permitimos que nos brinde?, ¿cuán necesaria nos resulta?, ¿cuán vital, cuán imprescindible?...
<<[…] Maestro: mediador, compañero de viaje y modelo

Pennac nos dice que el niño "seguiría siendo un buen lector si los adultos alimentaran su entusiasmo, si estimularan su deseo de aprender, si le acompañaran en su esfuerzo, si consintieran en perder tardes en lugar de intentar ganar tiempo, si hicieran vibrar el presente, si alimentaran este placer –el de la lectura– hasta que se transmutara en deber".

Y, más adelante, devela una de las claves del contagio de la magia de la lectura: "¿y si, en vez de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer?"

Víctor Moreno insiste también en el papel del maestro-profesor: "la importancia del maestro me parece clave en las facetas de motivar: la motivación es fácil cuando el niño lee lo que quiere, donde quiere y como quiere; ha de estrujarse el magín elaborando actividades y juegos sobre el libro que se desea leer. Y, muy importante, conocer a los niños y niñas que no leen, los factores que han intervenido en esta inapetencia y solicitar de ellos un plan concreto de lecturas que les gustaría zamparse". Su reflexión concluye tajante y elocuentemente: "si no hacemos buenos lectores, no habrá escuelas vivas, donde el niño sea actor y creador", y nosotros apostillaríamos humildemente: "no habrá una sociedad más dinámica y tolerante".

[…] Víctor Moreno nos lo recuerda con estas palabras: "El objetivo es crear gusto por leer –el placer desinteresado de leer–, recrearlo y mantenerlo siempre terso y en tensión, para que el ánimo lector no decaiga. El gusto por la lectura no se adquiere leyendo bajo el efecto de la necesidad o de la obligación. La lectura solamente puede ser fuente de placer o de alegría cuando ha sido filón de descubrimientos. [...] Nuestra intención, voluntad y perversa pedagogía es procurar que los niños y niñas lean única y exclusivamente para el ombligo celestial de su alma .>>

OSORO; Kepa, “Leer para fecundar el futuro”.

Extraído de la revista digital de Literatura infantil Cuatrogatos (www.cuatrogatos.org)

“(…) De la narración oral a la pasión lectora

Leer libros a los niños es una de las labores más trascendentales y gratificantes que un maestro o un padre pueden hacer por la salud lectora de los muchachos. Por encima del interés pedagógico o científico del texto narrado hemos de situar la tremenda carga afectiva que encierra esta tarea.

Debemos reservar diariamente un rato a la narración gozosa de un relato motivador y emocionante. El niño esperará con ilusión estos momentos mágicos y todos disfrutaremos desde nuestro papel: ellos como oyentes apasionados y nosotros como generadores de fantasía y afecto.

Vamos a terminar con una frase de Pierre Gamarra: "No pueden leerse libros si antes no se ha leído el mundo".”

OSORO; Kepa, “Lectura: reflexiones para una utopía”. Extraído de la revista digital de Literatura infantil Cuatrogatos (www.cuatrogatos.org)

“(…) En suma, le enseñamos todo sobre el libro en esos tiempos en que no sabía leer. Los abrimos a la infinita diversidad de las cosas imaginarias, lo iniciamos en las alegrías del viaje vertical, lo dotamos de la ubicuidad, le entregamos a Cronos, lo sumergimos en la soledad fabulosamente poblada del lector… Los cuentos que le leímos hormigueaban de hermanos, hermanas, padres, dobles ideales, escuadrillas de ángeles guardianes, cohortes de amigos tutelares que se hacían cargo de sus pesares, pero que, luchando contra sus propios ogros, encontraban a su vez refugio en los latidos inquietos de su corazón. (…) Así descubría la virtud paradójica de la lectura que consiste en abstraernos del mundo para hallarle un sentido.

(…) Sí le enseñamos todo sobre el libro.

Le abrimos un formidable apetito de lector.

Hasta el punto, recuerden, hasta el punto que ¡estaba ansioso por aprender a leer!

¡Qué pedagogos éramos cuando no nos preocupábamos por la pedagogía!”

PENNAC, Daniel. Como una novela. Colombia, Editorial Norma, 1997.

domingo, 8 de abril de 2007

CD-libros: para descargar y disfrutar los cuentos de 8° año del IMG en la propia PC

La sugerencia del colega Boris Mir de “La mirada pedagógica” en un reciente comentario acerca de ofrecer en el blog las producciones de mis chicos de 8° año del Instituto “María Grande” que escriben anualmente el libro, me llevó a dedicarme el fin de semana a hallar la manera de organizar un modo sencillo de presentarles este material, aunque por supuesto con la ayuda técnica de Sergio… ya que en algunas cuestiones él es el experto.

Como un archivo PDF me pareció un tanto “serio”, opté por poner a disposición de ustedes una producción multimedia que llevé en 2005 a Madrid, para regalar a los oyentes de la ponencia “Nuestro Libro de Historias” en el III Congreso Internacional de EducaRed.

En su portador/formato original constituía un CD con autorun (de esos que uno coloca en la PC y nos presentan automáticamente una pantalla).

Ahora van a hallar el mismo material del CD comprimido en formato rar (usar WinRAR para descomprimirlo) partido en seis partes para que sea más fácil la descarga de los archivos alojados en www.4shared.com

  • ¿Cómo proceder?

-Hacer click en cada uno de los hipervínculos siguientes y proceder a su descarga (download file)

http://www.4shared.com/file/13688163/41b4844e/CD-librospart1.html

http://www.4shared.com/file/13688434/a46c2743/CD-librospart2.html

http://www.4shared.com/file/13688737/3f23c8a0/CD-librospart3.html

http://www.4shared.com/file/13689034/1bd9e8fa/CD-librospart4.html

http://www.4shared.com/file/13689300/35dfc179/CD-librospart5.html

http://www.4shared.com/file/13689562/89067b61/CD-librospart6.html

-Una vez alojadas todas las partes en el propio equipo, hacer click con el botón secundario en la Parte 1 y solicitar “Extraer aquí”, automáticamente el WinRAR va a extraer una carpeta con todas las partes que descargaron unidas en un solo archivo cuyo nombre es CD_Root

  • ¿Cómo disfrutar del material?

Dentro de CD_Root hallarán dos archivos y una carpeta, para disfrutar el material hacer doble click en el archivo cuyo icono es un CD y tiene por nombre “Autorun” (autorun aplication)…

Y entonces les aparecerá una ventana, y si tienen parlantes conectados mejor ya que posee música de fondo. Esta ventana tiene a la derecha imágenes cambiantes de las tapas de libros que van desde 2000 a 2005, por lo tanto si la imagen no es la presente será otra, pero en la misma distribución.

Allí también verán en el menú básico:

-"El Proyecto": que los lleva a una ventana en la que se les ofrece la ponencia que ya conocen para leer allí o el link para ver la versión Word.

-Cada libro ("Libro 2000", "Libro 2001", etc.) los lleva a una ventana en la que sólo con un click podrán disfrutar de la versión html (navegar en Explorer como si fuera la web) de los libros de cuentos (cada página tiene varios cuentos, todo está señalizado con hipervínculos a seguir, y cuando se desea dejar de leer se cierra la página de Explorer y se halla de nuevo la ventana del CD que quedó abierta) -“Quiénes somos” los lleva a ventana que ofrece para leer una caracterización breve del Instituto en el que trabajo, así como el acceso a una presentación PowerPoint con fotos (que ya está un poquito atrasada pero pronto pondré on line una nueva) -“Salir” los lleva a los créditos y a la salida definitiva. ¡Suerte!... Cualquier conflicto técnico, dejen comentarios para ver qué falló.

Gabriela

sábado, 31 de marzo de 2007

ENFOQUES DE LA DIDÁCTICA DE LA LENGUA

MONZÓN, Gabriela, Fragmento de “Escritores que aprenden leyendo. Una experiencia didáctica de lectura y escritura de historias de terror” (fragmento).Tesis correspondiente a la Licenciatura en Lenguas Modernas y Literatura. U. N. E. R. - FACULTAD DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN, Paraná, abril de 2002.

“(…) Cómo se enseña y se aprende a leer y escribir

Graciela Alisedo y otras autoras, en la Didáctica de las Ciencias del Lenguaje[1], realizan un análisis de las prácticas escolares de enseñanza y aprendizaje de la lengua y revelan con lucidez las mudanzas entre las que aún se debaten las acciones referidas a la escritura. Coincidentes con paradigmas didácticos históricamente reconocidos, las autoras diferencian tres enfoques: el tradicional, el activo y el activo-reflexivo.

El primero, el modelo tradicional, obedece a una concepción canónica de la didáctica de la lengua como enseñanza de la lengua “culta”, cuyo modelo está dado por las obras de escritores prestigiosos. Se produce un estudio descontextualizado y memorístico de cuestiones gramaticales y normativas y, por otro lado se instaura la escritura como una cuestión aislada, centrada en la copia de un modelo, lo cual no se vincula con los otros aprendizajes lingüísticos. La escritura es un producto ofrecido a la supervisión externa del docente.

El segundo, el modelo activo, aunque con saludables propuestas flexibilizadoras en torno de los roles estandarizados y rígidos del modelo anterior, cae en un vacío de contenido. No hay un rígido modelo gramatical a reproducir, pero no hay tampoco contenidos alternativos. En cuanto a la escritura, el alumno vuelve a estar instalado ante la página en blanco y en este caso ni siquiera tiene un molde para copiar; se privilegia la creatividad, pero se cae en la desorientación, en el dejar hacer. El escrito es igualmente corregido desde afuera por el adulto, pero en este caso no queda muy claro -ni para el alumno ni para el docente- qué objetivos se persiguen.

El modelo activo-reflexivo instaura desde el inicio principios claros que derivan de las investigaciones que se han realizado en el último siglo acerca del lenguaje, la lectura y la escritura. En primer lugar, entiende que toda práctica lingüística vehiculiza una intención comunicativa, posee un destinatario y precisa de recursos lingüísticos adecuados a la intención. La eficacia comunicativa no crece espontáneamente sino que se desarrolla como aprendizajes específicos en un contexto social. Por lo tanto, desde esta perspectiva la escuela debe proveer situaciones verdaderas de comunicación en las que se hace necesario el uso de la lengua, y en la que su aprendizaje se da en el entrecruzamiento de la observación de los propios textos, la orientación del docente y los aportes de los pares.

En este último modelo, las autoras proponen una alternativa que denominan metodología de la descentración. Esta consiste en el ofrecimiento de textos escritos desviados en algún nivel de representación, los que -sometidos al análisis por parte de los alumnos- pueden ser corregidos a partir de la puesta en funcionamiento de sus competencias lingüísticas y comunicativas, y de esta manera se puede acceder a la sistematización de regularidades y a la formulación explícita de las reglas del código. Esta metodología brinda una instancia en la que el aprendiz se instala “desde afuera” a observar y corregir un texto ajeno, lo que le permite volver posteriormente con otra mirada sobre sus propios textos. (…)”

[1] ALISEDO, Graciela y otras. Didáctica de las ciencias del lenguaje. Buenos Aires, Paidós, 1994.

sábado, 24 de marzo de 2007

En defensa de la fantasía…

En estos días en que los argentinos nos detenemos a reflexionar muy particularmente acerca de las libertades, los derechos humanos y los eventos trágicos de nuestra historia que aún siguen impunes, no puedo menos que recordar los tiempos de mi escolaridad en los que de ninguna manera hubiésemos podido leer lo que les es dable leer a mis alumnos hoy.
¿Por qué se me ocurre a mí pensar en esto cuando habría tantos otros aspectos desde los que abordar la cuestión? Sencillamente, porque en este oficio en el que las palabras son el centro de mi diaria tarea, en el que albergo la esperanzada convicción de que apropiarnos de nuestro decir contribuya a hacernos libres, no puedo más que detenerme a analizar que aún hoy la fantasía, la imaginación, el juego, la invención, son temidas y sospechadas.
Luego de veinticuatro años de democracia no hemos superado aún la mordaza y circulan soterradas corrientes que miran de reojo y con desprecio cuando las palabras crean, cuando se llenan de doble sentido, cuando se les da por el disparate, cuando se alían en el descalabro de lo establecido y estereotipado, cuando recuperan lo diferente, lo extraño, cuando rompen la norma.
A veces esta sociedad insólita y más alucinante que cualquier ilusorio relato de ciencia ficción, sigue caratulando y segregando aquello que le incomoda. Y no por nada: la literatura, y particularmente lo fantástico, tienen el poder de decir sobre el mundo y el ser humano en ocasiones tanto o más que el y “educativo” supuesto realismo... y eso es de temer.
Me tomo el atrevimiento de presentarles a continuación una serie de fragmentos del libro de Graciela Montes: El corral de la infancia. Acerca de los grandes, los chicos y las palabras. (Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991) en los que la autora reflexiona maravillosamente sobre esta cuestión:
“[…]en 1978, durante la dictadura militar, un decreto que prohibió la circulación de La Torre de cubos, de Laura Devetach, hablaba en sus considerandos de exceso de imaginación –“ilimitada fantasía” dice- como una causa principal para desaconsejarlo. En fin, la fantasía es peligrosa, la fantasía está bajo sospecha, en eso parecen coincidir todos. Y podríamos agregar: la fantasía es peligrosa porque está fuera de control, nunca se sabe bien adónde lleva.
[…]
Pero ¿de qué se acusa en realidad a la literatura infantil cuando se la acusa de fantasía? ¿Por qué tanta pasión en la condena? ¿En nombre de qué valores se lanza el ataque? ¿Qué es lo que se quiere proteger con ese gesto?
Estoy convencida de que, en esta aparente oposición entre realidad y fantasía, se esconden ciertos mecanismos ideológicos de revelación/ocultamiento que les sirven a los adultos para domesticar y someter (para colonizar) a los chicos.
[…]
De que la realidad resulta escandalosa puedo dar testimonio personal. Cuando en 1986 edité una serie de libros para niños donde daba cuenta con palabras sencillas pero sin pelos en la lengua de lo que había sucedido en nuestro país durante la dictadura y hablaba, por primera vez en un texto para chicos, de los desaparecidos, las críticas de los sectores más reaccionarios de la educación se centraron en que ésos no eran temas para tratar con los chicos. Para muchos no estaba mal hablar de derechos humanos, por ejemplo, siempre y cuando uno se mantuviese en el terreno del deber ser; uno podía enumerarlos y decir que había que respetarlos pero de ninguna manera relatar sus violaciones.
Esa cuidadosa desrealización de la realidad es la que campea en nuestros libros de historia, que se convierten en galerías de héroes, villanos y fechas patrias, es decir en una auténtica deshistorización de la historia.
En síntesis, el manejo de la pareja realidad/fantasía le permite al adulto ejercer un tranquilo y seguro poder sobre los niños. Con esas dos riendas, los adultos -no porque sí sino seguramente por motivos muy profundos, por viejas tristezas y viejas frustraciones, tal vez tratando de proteger la propia infancia de toda mirada indiscreta- podemos mantener a los chicos en el corral dorado de la infancia.
El corral protege del lobo, ya se sabe; pero también encierra. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos controladores, tanto la fantasía descontrolada -la que se atreve a todo, la que se vuelve fácilmente sensual o sangrienta y cruel- como la realidad se cuelan dentro del corral. Están en los juegos de los chicos -donde uno vive, muere o se salva fantásticamente pero con intensidad muy real-, están en los disparates, en las retahílas (siempre me acuerdo de una que jugábamos cuando era chica para elegir quién era mancha: “Bichito colorado mató a su mujer con un cuchillo de punta alfiler. Le sacó las tripas las puso a vender: ¡A veinte a veinte las tripas de mi mujer!”), en los viejos cuentos (en los que creo que se refugiaron los chicos por falta de fantasías nuevas) y también en algunos libros que burlaron la vigilancia de los pedagogos y circularon con sus locas fantasías y sus intensas realidades por todas partes.
[…]
En fin, es una búsqueda nueva; ni el sueñismo de la fantasía divagante ni el realismo mentiroso. Más bien exploración de la palabra, que es exploración del mundo y que incluye en un solo abrazo lo que suele llamarse realidad y lo que suele llamarse fantasía. Es decir, literatura.
Durante muchos años pesó más el platillo de lo infantil; ahora está empezando a pesar el platillo de la literatura. La literatura, sospecho, nos va a sacar del corral.
[…]”

Colaboración en adhesión a la “Semana de la memoria”

“Y al país lo remataron, y lo remataron mal. Lo partieron en pedazos, y ahora hay que volverlo a armar”
(Para el pueblo lo que es del pueblo, José Tcherkaski y Piero, 1973)
Me complace presentar a continuación el primer aporte ofrecido a este blog de parte una colega -la Profesora Araceli Beltramino- que generosamente me acercó un trabajo realizado con alumnos de 3° año Polimodal de la Escuela N° 65 “Monseñor Jorge Schöenfeld” de Aldea “Santa María” (Entre Ríos - Argentina).
Los chicos editaron -en el transcurso de 2006, bajo la coordinación de la docente mencionada y el profesor Julián Gómez- una publicación denominada “3° sin fronteras”. De la segunda edición de esta presento el Editorial puesto que es representativo de la producción y dos artículos. Estos fueron elaborados en el marco de las reflexiones efectuadas en la “Semana de la Memoria”, en la cual recordamos el pasado para que no nos vuelva a suceder: el golpe militar del 24 de marzo de 1976 que instauró la dictadura en la Argentina durante siete años de horror.
Editorial
Tercero sin fronteras: comenzó a caminar hace unos meses. En ese momento, la posibilidad de realizar una revista nos pareció una meta lejana, casi inalcanzable. Sin embargo, el esfuerzo común y la convicción con la que emprendimos el proyecto nos permitió dar el primer paso.
En consonancia con una de los primeros objetivos planteados, el primer número de la revista fue el fruto de un proceso de trabajo colectivo de indagación, análisis y escritura. Así como también nos posibilitó expresar las opiniones, expectativas y deseos compartidos. Otros de los objetivos fundantes de la revista consiste en pensar un espacio de diálogo, intercambio y reflexión con la comunidad educativa.
Desde luego que no fueron pocas las dificultades que tuvimos que enfrentar para continuar con la revista.
Sin embargo a pesar de los obstáculos logramos seguir adelante, uniéndonos y trabajando como grupo.
“Tercero sin fronteras sigue caminando. Ahora damos nuestro segundo paso”
Literatura ¿para todos?
Es cierto que no siempre valoramos lo que tenemos hasta que nos pasa algo que nos hace verlo, en el tiempo de la dictadura (1976-1983) no se podía leer libros que cada lector eligiera, sobre todo textos con ideas de izquierda. Muchos libros de escritores conocidos fueron prohibidos. A pesar de esto, algunos siguieron escribiendo secretamente y hubo otros que se fueron para poder escribir y publicar sus libros.
La mayoría de los libros que se prohibieron fueron de la literatura infantil ya que en ese tiempo se usaba a la literatura para chicos como una voz maternal que “respaldaba un paternalismo reglado desde afuera por los valores de óptica adulta” y no aceptaban las libertades de aquellos textos debido a que lo diferente o raro era peligroso, prohibido. También así hubo maestros que siguieron enseñando literatura a sus alumnos a pesar de lo prohibido, uno de ellos fue Paulino Guarido quien dijo: “¡Cómo me gustaría que alguno de esos pibes que ahora son padres leyeran esto! Solamente para que sepan que a pesar del miedo nosotros manteníamos nuestros ideales. Y que gracias a poder vencer algunos miedos hoy Bartolo se encuentra vivito y coleando.”*
Resumiendo quisiera señalar que estamos mejor, ahora podemos leer y expresarnos libremente, sin que nadie nos prohíba leer lo que nosotros queremos; por eso valoremos los libros que tenemos sino siempre vamos a lamentar de nunca haber valorado lo teníamos.
J. W.
*Nota: “Paulino Guarido es maestro y, actualmente, es el Secretario General de la Seccional La Matanza del Sindicato Unificado de Trabajadores de la Educación de la Provincia de Buenos Aires (SUTEBA). Su testimonio forma parte de la Propuesta Didáctica "Libros: Memoria con futuro", elaborada por Claudia Rodríguez Paoletti y publicada en la revista La Educación en nuestras manos N° 75 (Buenos Aires, SUTEBA, marzo de 2006).” Estos datos sobre el mencionado docente, así como las palabras citadas en el artículo fueron extraídas de http://www.imaginaria.com.ar/17/6/la-torre-de-cubos.htm.
El miedo a perder la literatura
Para nosotros es muy importante la libertad que brinda la democracia, porque permite tener libres pensamientos y actitudes ya sea leyendo un libro o informándote a través de la radio o televisión.
En la época de la dictadura cierta literatura no tenía lugar, sólo se podía leer la ficción que el estado permitía, pero hubo una a la que atacaron más: la literatura infantil.
Los militares no querían que los chicos leyeran ciertos textos porque los afectaría, decían que los cuentos como “La torre de cubos” de Laura Devetach no cumplían los requisitos de un cuento infantil de la época que debía formar al niño por encima de la estructura y arte de los textos literarios. Cuando se produjo el dictamen de prohibición* se acusó a dicho cuento de tener “graves falencias tales como simbología confusa, objetivos no adecuados al hecho estético, etc.” Les molestaba que en esta obra literaria apareciera la óptica del niño, sus deseos, sus críticas y su participación.
Incomodaba que los chicos tuvieran como deseo cambiar la realidad.
Por más que en el ’76 estuviera prohibido escribir, leer o hablar ciertos temas en los medios, no quiere decir que esto haya afectado el pensamiento literario.
Desde la postura de Beatriz Sarlo “todo lo relacionado a la literatura que había comenzado en la época no se interrumpió, sino que continuó con dificultad de conseguir estos textos en condiciones de persecución y clausura”.
V. G.
*Nota:
El Boletín N° 142 de julio de 1979 por el cual el Ministerio de la Provincia de Santa Fe prohibió el uso de La torre de cubos en las escuelas.

miércoles, 7 de marzo de 2007

10 MALENTENDIDOS DE LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA

Ponencia presentada en las Primeras Jornadas de Lectura y Escritura del Litoral, Universidad Nacional del Litoral - Facultad de Humanidades y Ciencias, Santa Fe, Argentina, 2006.
Descargar texto completo de la ponencia siguiendo el hipervículo acá: (hacer click en download file)
Enseñar lengua ha sido y es una cuestión capital de la educación escolar. Sin embargo, los intentos por lograr este objetivo durante la segunda mitad del siglo XX y los inicios del XXI han estado plagados de malentendidos. Los aportes valiosos que se han ido realizando desde diversos ámbitos (investigación educativa, didáctica de la lengua, lingüística, psicología, etc.), en ocasiones, han llegado a las aulas a tal punto desfigurados que han perdido la validez original; han tenido escaso o parcial impacto en las prácticas concretas o, en los peores casos, han institucionalizado nuevos vicios. Este circuito de tergiversaciones me hace volver a recordar aquel viejo y terrible refrán... “Cada maestrito con su librito”…
Veamos algunos ejemplos... A diario escucho decir que no se puede hacer nada con los errores de ortografía o con la letra de los chicos, pero nadie pareciese llamarnos la atención acerca de que esto es un contenido que la escuela no puede renunciar a enseñar y debe buscar las estrategias para lograrlo. E incluso es bastante ingenuo (pero imperdonable para docentes del siglo XXI) oír decir que hay que volver como en otros tiempos a dar todas las reglas de ortografía, copiar cien veces las palabras e instalar de nuevo el cuadernito de caligrafía... Entramos ya de cabeza en el terreno de los malentendidos y en algunos tan peligrosos que atentan directamente contra nuestra profesión.
¿Qué pasa, entonces? Pareciera ser que hablamos idiomas diferentes y no nos hemos dado cuenta. Es muy probable... Y la única manera de explicar cómo es posible que muchos docentes de lengua realicemos disímiles lecturas en CBC, Diseños y manuales …porque tenemos un marco teórico de referencia diferente.
Y entonces, es que vuelvo al inicio de estas disquisiciones, hablé de malentendidos y su desgraciada ingerencia en muchas de los tropiezos de la enseñanza de la lengua. Por lo tanto me propuse identificar diez de ellos, los más habituales, los más dañinos y -aún a riesgo de escandalizar a más de un colega- esos que están vivitos y coleando en nuestras aulas.
1- Hay que empezar la alfabetización en el Nivel Inicial…
¿Hay que enseñar las letras?
Obviamente no se propone empezar antes con lo de siempre, porque lo que se formula en la frase está instalado en otro marco teórico:
- los chicos al llegar a a la escuela ya tienen un montón de saberes, ideas, experiencias sobre la lengua escrita,
- aprender la lengua escrita no pasa por aprender en el orden que al adulto le conviene las unidades menores (letras, sílabas) y sumando luego partecitas... llegar a “la lengua”, sino que el proceso es mucho más complejo.
Aprender la lengua escrita no es sólo conocer la correspondencia fonográfica, sino aprender el “lenguaje de la escritura” (sus particularidades contextuales, paratextuales, textuales y oracionales; sintaxis, coherencia y cohesión, léxico, etc.), sus procesos de producción (escritura) y de interpretación (lectura). Todo lo cual se logra en la interacción con la lengua escrita en contextos comunicativos verdaderos, en la frecuentación de los soportes socialmente habituales para descubrir la función y características de los textos in situ.
2- Hay que trabajar con textos…
¿Se analizan oraciones de un texto, se sacan o marcan palabras en él, etc.?
Trabajar con textos no es sencillamente proponer actividades tomando una porción de escrito que tiene aparentemente un principio y final físicos, y un título.
Trabajar con textos supone una cuestión muy diferente. Todo intercambio lingüístico tiene una situación de producción en la que se inserta, un propósito, un contexto, un emisor y receptor real, un portador, cierto paratexto (si es escrito). Y el ámbito escolar debe proveer de todo elemento que contribuya a reconstruir sus propósitos, a hipotetizar activamente sobre su significado.
Los textos que leemos y escribimos en la escuela ya no pueden ser huérfanos por más tiempo, continuar constituyendo islas discursivas: fotocopias o retazos de un libro que reprodujo un texto de otro lado. Todo lo contrario, ya que si no es así no estamos enseñando a leer y escribir los textos que circulan socialmente, no estamos formando usuarios de la lengua, sólo simulamos hacerlo.
Por otra parte, con leer o escribir de vez en cuando una carta, un cuento o una noticia aislada, e incluso con anotar sus características, los chicos no se transforman en eficientes lectores y escritores. Tendrán que escribirse y leerse muchos textos para aprender la lengua escrita, pero además tendrán que escribirse y re-escribirse en un proceso que va desde la reflexión a la sistematización y a la puesta en uso continua de las reglas de la lengua. Otro aspecto fundamental de este malentendido es que debe aplicarse la gramática oracional a los textos, cuando el marco teórico en el que estos se convierten en objetos de estudio es otro. Estamos en el campo de lo que se denomina gramática trans-oracional… pero ese es otro malentendido…
3- Hay que enseñar gramática…
¿Hay que analizar oraciones y dar toda la descripción gramatical de la lengua?
Puede ser que haya quienes al escuchar esto me crean algo así como un fósil desubicado en el tiempo, probablemente esa persona no ha andado últimamente por algunas de las aulas de nuestro país.
Quien diga que ya no se recitan verbos de memoria o se aprende de un sopetón todo el paradigma, que ya no se analizan oraciones, que ya no se clasifican puntillosamente todos los adjetivos… es un optimista.
Muchas de nuestras escuelas están aún atrapadas sin salida en la gramática oracional, a veces con atisbos de otra que trasciende los límites de la frase, pero que no logra imponerse, y cuando logra asomar la cabeza tímidamente es sometida al aprendizaje memorístico. “¿Hay que enseñar o no hay que enseñar gramática?” Sí, aunque ustedes no lo crean, esto se pregunta, y bastante seguido...
Ahora bien, si entendemos en forma un poco simplista que la gramática supondría todas las reglas de un código lingüístico, …diríamos que sí, que hay que enseñarla, que debe aprenderse puesto que nuestro objetivo es formar usuarios de ese código. No obstante ¿todos entendemos lo mismo cuando decimos “gramática”? Parece que no. No sólo deberíamos distinguir entre una gramática explícita y una implícita, sino entre las distintas disciplinas que se ocupan de explicar y describir las reglas de un código lingüístico.
Veamos, cuando hablamos de gramática implícita nos referimos a las reglas que el hablante usa sin necesidad de explicarlas, que constituyen un saber hacer. Así, desde que empezamos a hablar usamos reglas como la concordancia en género y número, el orden sintáctico, la conjugación de verbos, etc. Pero, si nos pidieran que las explicásemos no sabríamos cómo. No podríamos “decir” la gramática explícita, que precisamente se ocupan de formular los lingüistas, los estudiosos de la lengua, intentando denominar y explicar lo que de hecho existe en el uso. Esa que por siglos la escuela ha querido meter a presión en las pobres cabecitas de sus alumnos.
Pero hay otra cuestión que complica la cosa, esta gramática explícita no es una, ya que la ciencia evoluciona y en distintas épocas los estudiosos han abordado la explicación de la lengua desde distintas perspectivas, instalando modelos o paradigmas predominantes en cierto momento histórico. Y aunque la escuela no se haya enterado la ciencia sigue su camino y la gramática oracional ya dejó de ser la explicación más actualizada acerca de la lengua, por lo que otras teorías han dado explicaciones más apropiadas: la pragmática, la lingüística del discurso, textual, etc.
Volvamos al interrogante inicial ¿hay que dar gramática? Sí. ¿Cuál? La de las teorías más actualizadas que nos ayuden a entender mejor este objeto de estudio que es la lengua. Pero ¿gramática explícita o implícita? Y acá nos metemos en otro berenjenal: el de la didáctica de la lengua.
¿Qué es saber lengua?, y por lo tanto ¿cuál es el lugar de los conceptos y los procedimientos? Saber lengua es saber usarla, es un saber hacer, por lo tanto el eje de la cuestión son los procedimientos, pero eso no quiere decir que no enseñemos y deban aprenderse conceptos que sostienen esos procedimientos. Lo que sí hay que tener en claro es que los conceptos siempre son un punto de llegada, jamás un punto de partida. Se explicita la información cuando es imprescindible para sostener y comprender los procedimientos, no de entrada como el objeto principal de la enseñanza y el aprendizaje lingüístico.
Hay que enseñar gramática reflexionando sobre los hechos del lenguaje, sobre las problemáticas de la comunicación lingüística, y por lo tanto el análisis de unidades oracionales y la descripción taxonómica de las categorías gramaticales, ya no sirven.
Pero esos nuevos conceptos a los que recurrimos para sistematizar las reglas del idioma cuando llevamos adelante la reflexión deben organizarse y acordarse institucionalmente en los distintos niveles de la escolaridad a partir del marco general: CBC, Diseños, PCI, las necesidades y saberes previos de nuestra población escolar.
4- No hay que corregir la ortografía…
¿Hay que dejar que los chicos escriban como sea?
Este es otro de los grandes despropósitos que la educación ha padecido en los últimos tiempos, y desgraciadamente uno de los más generalizados.
Enseñar la lengua escrita, es enseñar a escribir ortográficamente, mal que nos pese. Si no entendemos esa ley fundamental, dejemos la docencia. La lengua escrita con errores no existe, no comunica, representa nulo sentido. Pensemos que es posible transgredir las reglas sólo con una finalidad estética.
Si entendemos eso, es posible seguir hablando…
Cuando se dice no hay que corregir la ortografía se expresan dos cosas. Por un lado, se dice que la enseñanza de la escritura ortográfica no se da naturalmente por el hecho de que gastemos litros de tinta corrigiendo los errores de los escritos de nuestros alumnos. Pero, por otro lado, y en cierto contexto, se sostiene que si partimos en la alfabetización inicial desde la premisa de permitir al chico en ciertas circunstancias escribir como puede y como cree que se escribe, en esas puntuales y muy específicas situaciones didácticas no hay que corregir la ortografía.
Lo que no quiere decir que dejemos de enseñarla o que dejemos de marcar los errores, que por una tendencia obsesiva nuestra, muy sana y lógica no podemos dejar pasar y la birome se nos va sola… ¿Queremos calmar nuestra conciencia? Sigamos marcando las haches, las tildes, las b que tanto nos desvelan. Pero no nos confundamos, eso no es enseñar a escribir, no soluciona el problema, no hace que los chicos aprendan ortografía.
5- Hay que enseñar ortografía…
¿Hay que dar las reglas de ortografía?
Y como consecuencia de lo anterior… aprender ortografía no es saberse las reglas. Muchos usuarios de la lengua no saben recitar las reglas ortográficas pero escriben ortográficamente. Y muchos otros conocen las reglas pero no saben usarlas.
Por lo que, una cosa no hace a la otra, la enseñanza de la ortografía supone la reflexión sobre ese objeto particular que es la lengua, y si no hay una problematización del mismo, si no hay “duda ortográfica” no hay aprendizaje. Puedo seguir escribiendo con errores aunque me sepa todas las reglas, ya que la información sólo es válida cuando se necesita realmente, y además en el espacio curricular Lengua la información debe constituir el punto de llegada, no de partida.
Si el niño o adolescente no es capaz de responsabilizarse de su escrito (no por su culpa sino porque no se lo permitimos y no se lo enseñamos), participar en situaciones en las que pueda confrontar su escritura, conocer su valor, ver la necesidad de las pautas ortográficas ¿cómo va a aprender a usarlas, a verlas como imprescindibles, a sentir que hay una sola forma de usar el código?
La gran responsable en la problemática de la ortografía ha sido la escuela, ya que el adulto al corregir desde afuera como único modo de intervención ha quitado la responsabilidad al usuario de su propio decir, ha instalado la posibilidad de que el chico sostenga “total, usted me entiende ¿no?”, ha resignado su derecho y la obligación de enseñar la lengua escrita, y de exigir su respeto.
6- Los chicos deben saber leer en voz alta…
¿Hay que tomarles lectura en voz alta?
La lectura en voz alta ha sido un aspecto controvertido del aprendizaje escolar desde hace mucho tiempo y aún sigue sin solución en la mayoría de las aulas. La única manera en la que esta ha aparecido una y otra vez es o como una actividad a ser examinada (exigida al chico como modo de demostrar que “ha aprendido a leer”) o como participación voluntaria en la corrección de una actividad.
Ahora bien, pareciera que todos los adultos somos brillantes a la hora de leer en público y además… textos que no conocemos. Mentira. La mayoría de nosotros titubea, duda, se equivoca… si no conoce el texto, y aún conociéndolo si se halla nervioso o incómodo. ¿Entonces? ¿No es un poquitín hipócrita exigir de nuestros chicos algo que la mayoría de nosotros no sabe? Sí, y bastante disparatado. Sin embargo, la lectura en voz alta es un aprendizaje, y por supuesto un contenido de enseñanza, y como tal no debe ser penado ni evaluado permanentemente. Al contrario: debe desarrollarse en un contexto significativo; es decir, cuando tengo que comunicar a otros algo importante, que no saben, que necesitan hacer, que es entretenido, etc.
La escuela debe proponer múltiples situaciones que permitan leer a los chicos en un grupo pequeño o grande, pero además que posibiliten aprender a ponerse en situación de escuchar a otro, por eso necesitamos también buenos modelos lectores adultos.
7- Hay que leer por placer…
¿Dejarlos que lean lo que encuentren y tengan a su alcance?
Cabe introducir algunas consideraciones sobre el tan mentado “placer de leer”. Es imprescindible que restablezcamos en esta idea un sentido profundo, pues se ha ido desvirtuando desde que se convirtió en cliché de una moda educativa. En los últimos tiempos fue adquiriendo un peligroso parentesco con lo fácil, con lo que no requiere esfuerzo, con la no intervención, con el dejar hacer; lentamente fue asociándose a una “libertad” y un “gusto personal”, que no estando claramente definidos ni orientados, se transformaron en pérdida de tiempo y aburrimiento; por falta de sostén o marco, por ausencia de consejo, por temor a imponer. Sin guía y sin apoyo experto, los niños y los adolescentes tienen muchas más dificultades para encontrar lo que les agrada, para construir su gusto lector, y las experiencias frustrantes y tediosas pueden tronchar una valiosa y fructífera relación con la lectura en general y con la lectura literaria en particular.
La lectura en general, y la vivencia de lo literario, tuvieron durante mucho tiempo una doble vida, por un lado la lectura que se desarrollaba en el ámbito escolar: obligatoria, estructurada, vinculada a actividades programadas; por otro, la que paralelamente en forma voluntaria, casi azarosa y voraz, en la vida diaria fue vinculando a niños y adolescentes con todo tipo de material de lectura, a veces no reconocido ni admitido en la escuela puesto que la rigidez del canon de lecturas escolares era un escollo infranqueable. Luego, se empezó a hablar de “placer”, y las escuelas se llenaron de proyectos de lectura, de momentos del cuento, de horas de lectura… y en algunas ocasiones se hizo más daño que bien. O la lectura seguía siendo obligada, estructurada, no elegida por el niño, en silencio y cada cual en su banquito, o sin guía, cada cual librado al azar de encontrar el placer, sin ayuda, sin contagio, sin magia.
La pasión por los libros se contagia, no se logra por decreto. Y raramente se da sola, sin alguien que te lea, te ayude a elegir, conozca de libros y de tus gustos, te muestre que leer es divertido, apasionante y vale la pena; te deje optar, abandonar si no te gusta, releer, empezar de nuevo, saltarte partes, si no te ofrecen materiales interesantes, atractivos, emocionantes… ----------------- Hay aún tres aseveraciones más que consisten en una letanía cotidiana que origina consecuencias funestas desde cierta perspectiva teórica y didáctica.
8- Los chicos no saben interpretar ni resumir…
¿Se les dan pseudo textos sin paratexto y se les acumulan actividades de resumen reiteradas?
En primer lugar, es necesario aclarar varias cuestiones que intervienen en eso que esperamos de los chicos: que interpreten. ¿Qué entendemos por interpretar?, ¿qué esperamos que interpreten? ¿qué aspectos de la persona y del material intervienen en esa interpretación?, ¿el texto es claro, tiene una estructura, está completo, es un fragmento?, ¿su paratexto ayuda a su lectura?, ¿explicito los objetivos de la lectura cuando la solicito?, ¿y del resumen?, ¿sé -yo, docente- cuál es la estructura que tiene el texto y cuáles son sus palabras claves?...
Intentar construir sentido con una fotocopia sin pistas paratextuales (negrita, subrayados, subtítulos, gráficos), con algo que no es claramente un texto, sin tener en cuenta lo que ya se sabe y lo que no se conoce aún, sin considerar para qué se lee eso, …es como andar a ciegas.
El accionar en relación con la lectura en la escuela, suele apoyarse – aún hoy en el siglo XXI- sobre una serie de presupuestos falsos:
-el sentido (único) está en el texto y mi función es extraerlo
-todas las ideas importantes están escritas
-hay una única forma correcta de resumir
-los textos, no importa el tipo que sean (cuento, noticia, exposición científica, etc.) ni las características que tengan, pueden resumirse de igual manera.
El sentido NO está en el texto ni yo lo saco de allí, la lectura es una interacción entre lo que yo, lector, aporto y lo que el texto me provee, la lectura no es un recorrido lineal y único para todos los lectores, por lo tanto lo que es importante para mí puede no serlo para otro, pero además no todo lo importante está escrito: una serie de proposiciones expresadas en el texto pueden remitir a una idea general no escrita, más importante aún. Los textos, según el tipo, organizan la información o contenido de distinta forma, un cuento de trama narrativa o un texto de Historia pueden originar una recta temporal de sucesos y por tanto un resumen también narrativo, en tanto que una exposición explicativa de causa- consecuencia necesita un tipo distinto de esquema y resumen.
Planteado esto, considerando una nueva concepción de lectura y de los textos, se puede ayudar a construir la información relevante en cada situación comunicativa. El docente de cualquier área debe saber acerca de los textos de su disciplina para guiar su lectura, debe conocer cuándo está favoreciendo la construcción de sentido y cuándo no, debe tener en cuenta la estructura de los textos para ayudar a su resumen y enseñar a realizarlo.
9- Los chicos no saben escribir…
¿Se les dan reglas gramaticales y se espera que luego las apliquen?
Cuando se dice que los chicos no saben escribir, se me ocurre preguntarme cuántos adultos -incluidos docentes- sí saben escribir. No evado el problema ni lo justifico; pero, cabe la duda al respecto. Al fin de cuentas los adultos que no saben escribir fueron niños y jóvenes que no sabían escribir… Así las cosas, reconozcamos -puesto que es indudable- que niños y adolescentes tienen falencias en sus escritos; tanto en la organización, la coherencia, la ortografía, etc. Ahora bien, cabe además interrogarnos: ¿qué hace la escuela al respecto?, ¿no es su función elemental precisamente enseñar a leer y escribir?, ¿cuánto se escribe en la escuela?, ¿en qué situaciones?, ¿enseñamos esos aspectos de la escritura?, ¿cómo? Cuando se dice que a escribir se aprende escribiendo, no se hace uso de un lindo cliché, de un eslogan agradable y poético: se establece un hecho irrefutable de la didáctica de la lengua. La única posibilidad de aprender a escribir es haciendo uso del código en situaciones concretas y llegando a la construcción de las reglas de la lengua a partir del proceso de reflexión metalingüística. Esto supone: un propósito de escritura, un contexto comunicativo, algo que decir, espacio para analizar, confrontar, observar, reflexionar sobre el escrito, y posibilidad de formulación de las normas de la lengua desde la puesta en funcionamiento de la competencia lingüística hacia la construcción de nueva información.
10- Los chicos en lengua no aprenden nada…
¿Se espera que manejen conceptos, se enseñan conceptos y se espera que los chicos manejen procedimientos?
Hay dos aristas en esta afirmación cuando un adulto la enuncia: o espera que los alumnos hoy en día aprendan lo que ellos aprendían cuando niños o adolescentes, o bien están diciendo que los chicos no saben leer ni escribir.
Si el primero de estos sentidos está en boca de quienes no son especialistas en el campo de la lengua y su didáctica, su relevancia es relativa; puesto que no tienen por qué conocer las modificaciones que se han ido dando en este campo específico del saber, la evolución en los estudios de las ciencias del lenguaje, etc. Y además uno tiende lógicamente a suponer que lo que le enseñaban en la escuela era acertado: memorizar las reglas ortográficas y repetir renglones de palabras para aprender la ortografía, por ejemplo.
El segundo sentido es el que se trató en el punto anterior: las dificultades de uso de la lengua escrita son generalizadas y reconocibles por cualquiera, en un intento de honestidad tendríamos que ampliar la observación para ver si es sólo una deficiencia de los niños y jóvenes o toda la sociedad padece esta problemática.
El problema surge cuando esa misma aseveración está en quienes somos los responsables de que los chicos aprendan lengua. Y volvemos al origen del problema que resume además todo lo expuesto hasta acá ¿qué es saber lengua? ¿Es repetir las reglas del código o es hacer uso de este con adecuación en cualquier contexto comunicativo? Creo que ya hemos acordado que saber lengua es esto último. Ahora bien ¿cómo se aprende? También planteamos este interrogante y una posible respuesta: no describiendo, clasificando y repitiendo las normas de la lengua, sino reflexionando sobre los hechos del lenguaje en situaciones con sentido y llegando por medio de esa reflexión a las normas de uso.
Formar usuarios de la lengua en estos tiempos y para estos tiempos puede volverse un trabajo infructuoso si no efectuamos algunos acuerdos básicos, esta situación negativa no es una posibilidad futura, sino que nos está pasando en este preciso instante, y es por eso que se propone empezar a establecer acuerdos iniciando por desbrozar el camino de tergiversaciones.